El terremoto de Venezuela de 2026

Este 24 de junio de 2026, a las 6:04 p. m., Venezuela fue sacudida por una “secuencia sísmica de gran magnitud (Mw 7.2 y Mw 7.5), con epicentros en Morón–Yumare”, al oeste de Caracas, pero el nivel de destrucción es conmovedor y muy superior al esperado, especialmente porque desde mitad del siglo 20 la Universidad Central de Venezuela ha incorporado la ingeniería sismorresistente, y se han establecido normas para el diseño sísmico de edificaciones. Aunque las normas, cátedras y programas académicos, no garantizan que todo lo construido sea sismorresistente, ni que las edificaciones antiguas, informales, modificadas, o deficientemente supervisadas cumplan con el esperado buen desempeño sísmico.

Como explicación inicial del alto nivel de destrucción, se ha señalado que ocurrieron dos terremotos casi simultáneos: uno de magnitud 7.2 y otro de magnitud 7.5, que multiplicaron los daños, sin embargo, el mecanismo tectónico corresponde a una falla de rumbo o falla de desplazamiento lateral (strike-slip), donde 2 bloques tectónicos se desplazan horizontalmente, y en el caso de Venezuela, este sistema de fallas define el límite entre la placa del Caribe y la placa de Suramérica, expresado en el complejo de fallas activas de Boconó, San Sebastián y El Pilar.

En fallas de rumbo, la ruptura no debe asumirse como un punto único, sino como un proceso dinámico que se propaga a lo largo de segmentos de falla, rompiendo zonas con distinta rigidez, distinto nivel de esfuerzo acumulado y distinta resistencia al corte. Para este evento de magnitud Mw 7.5, la longitud de ruptura puede alcanzar cerca de 200 kilómetros; de San Felipe a Caracas.

Este tipo de movimiento guarda similitud con otros grandes terremotos producidos en contextos tectónicos transcurrentes. Entre ellos el terremoto de Haití del 12 de enero de 2010, asociado al sistema Enriquillo–Plantain Garden; el terremoto de San Francisco de 1906, vinculado a la falla de San Andrés; el terremoto de İzmit de 1999, en la falla de Anatolia del Norte; y la secuencia de Kahramanmaraş, Turquía, en 2023, asociada al sistema de Anatolia Oriental.

En el caso de Turquía 2023, la secuencia incluyó un evento Mw 7.8, y otro evento Mw 7.5 unas 9 horas después. El USGS definió el segundo evento como una réplica, aunque ocurrió a 95 km al norte del primero y sobre otra falla. Por ello, planteamos inmediatamente que no era una réplica, sino un segundo terremoto, porque una gran ruptura sísmica puede redistribuir esfuerzos y producir sismos vecinos. El USGS posteriormente reconoció que se trataba de un segundo terremoto, y no de una réplica.

La clasificación sismológica de una doble secuencia debe apoyarse en los tiempos de origen, hipocentros, mecanismos focales, distribución de réplicas, directividad, registros acelerográficos y modelos de ruptura.

Si los sismógrafos registran dos eventos con tiempos de inicio diferenciables, magnitudes distintas, y epicentros distintos en fallas distintas, puede hablarse de doblete sísmico. Pero, desde la perspectiva de las edificaciones y de la percepción humana, dos sacudidas superpuestas se sienten y actuan como un único tren de movimiento sísmico fuerte, de gran duración efectiva y con gran daño primario, es decir, un mismo terremoto.

El somero punto en profundidad donde se inició la ruptura sísmica, o hipocentro, ha contribuido en la magnitud del desastre, pero lo más determinante ha sido el tipo de suelo, tal y como hemos señalado desde el terremoto de Haití de 2010, y como también se observó en Ciudad de México en 1985, los daños tienden a concentrarse en zonas construidas sobre depósitos sedimentarios blandos tipos D y E: rellenos secundarios, abanicos aluviales, arcillas, limos, arenas y gravas poco consolidadas. En esos materiales, las velocidades de las ondas de corte (Vs) son bajas; por tanto, se amplifican y aumentan las demandas o empujes laterales sobre las estructuras.

La Guaira, Catia La Mar, Maiquetía, Caraballeda, Naiguatá, y sectores costeros y portuarios dañados, fueron desarrollados sobre sedimentos blandos o rellenos antrópicos que experimentaron pérdida de rigidez, asentamientos diferenciales, amplificación dinámica e incluso licuación en arenas sueltas y saturadas. En Caracas, sectores destruidos como San Bernardino, Altamira y Los Palos Grandes coinciden con abanicos de piedemonte y sedimentos blandos que incrementaron la respuesta sísmica local.

Esta negativa condición sismogeotécnica respalda nuestro planteamiento de que “el estrato superficial blando, con Vs baja, controla de manera decisiva la respuesta sísmica local”. Por ello es fundamental conocer la geología urbana, hacer microzonificación sísmica, y medir velocidades de ondas de corte (Vs) y período dominante del suelo, antes de un diseño sismorresistente.

La pregunta fundamental vuelve entonces al punto inicial: ¿qué ocurrió con la aplicación práctica de la sismorresistencia en Venezuela? La respuesta no debe buscarse solo en las universidades y en las normas.

Debe buscarse en la brecha entre conocimiento científico y aplicación, ausencia de microzonificación sísmica urbana y análisis de respuesta sísmica local, incumplimiento de los códigos y pobre supervisión de obras, malos diseños y mala calidad de materiales, modificaciones estructurales no autorizadas y falta de evaluación periódica de viejas edificaciones, hasta llegar al reforzamiento sísmico de construcciones informales y construcciones levantadas sobre suelos blandos.

Puerto Plata 2003 fue un pequeño aviso local y República Dominicana no lo atendió, Puerto Príncipe 2010 fue un gigantesco aviso insular y el Caribe no reaccionó, Puerto Rico 2020 fue otro aviso regional que se ignoró, y Los Cayos de Haití 2021 reiteró la destrucción sin atención. Ahora, Caracas y La Guaira nos muestran que la memoria sísmica suele ser corta, mientras los sufrimientos de los afectados suelen ser largos, y que las sociedades tienden a olvidar los terremotos hasta que una nueva ruptura tectónica vuelve a colocar frente a nosotros otra indeseada tragedia sísmica.

La lección es clara: los terremotos no matan únicamente por su magnitud; matan por la combinación de fuerza sísmica, suelos blandos, vulnerabilidad estructural, informalidad constructiva, falta de fiscalización y desconocimiento de la población respecto a las amenazas sísmicas. Si en lo adelante el Caribe quiere reducir pérdidas de vidas y de propiedades, debe convertir la sismorresistencia en una obligatoria política pública, y no en una reacción emocional y sentimental posterior a cada desastre sísmico regional, porque otros terremotos vendrán.

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