Félix (Cocó) Gontier y Alfredo Cordero artistas del grabado

Gontier y Cordero se interesaron en la serigrafía, después de la muerte de Trujillo.

Al adentrarnos en el universo de Félix (Cocó) Gontier y Alfredo Cordero, de inmediato surge el deseo por saber cómo se inclinan por el arte. De ahí que, visitamos su taller para saciar la curiosidad. Don Cocó inicia el diálogo contándonos lo siguiente: “disfrutaba dibujar y aplicar colores, así que decidí inscribirme en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Era muy joven, debía tener entre 12 ó 14 años, por lo que no querían aceptar mi inscripción”. No obstante, apuntó que el director era el maestro José Vela Zanetti y, al saber que era nieto de Narciso Félix, le dijo: “ven mañana, que estarás inscrito. Mi abuelo y el maestro Vela Zanetti fueron buenos amigos, se conocieron en Europa, cuando mi abuelo se desempeñaba como cónsul dominicano en Burdeos, Francia. De manera que, gracias a esa amistad inicié mi carrera como artista”. Explicó que con el tiempo, se fue a España, se inscribió en la Academia de San Fernando, pero no pudo quedarse, entendiendo que debía estar en su país ante la contienda de Abril de 1965, “en este interregno es que me reencuentro con Alfredo Cordero, mi socio.

“Aquí el grabado ha tenidomuy buena aceptación”

¿Por qué en la Zona Colonial?

Fue algo que no tiene que ver con la planificación, diríamos que se trató de algo fortuito. Alfredo vivía aquí con su familia, donde ahora tenemos el taller. Llegó el momento en que necesitábamos tener un local, así empezamos en 1967.

¿Ha tenido éxito la serigrafía?

Aquí ha gustado mucho el grabado y ha tenido buena aceptación, sobre todo, a través del apoyo de un hombre que supo entender el valor de la serigrafía, Roberto Nicolás Nader. Él pasaba por aquí para ir a su galería, cuando esta parte se transitaba. Un día se desmontó para ver lo que estábamos haciendo y nos invitó a pasar por su oficina. Cuando fuimos, le encantó lo que le llevamos. Nos dijo que hiciéramos tantas obras de este artista y de este otro. Así comenzó, en 1980 un momento de esplendor para nosotros y para el arte dominicano.

¿Con cuáles artistas iniciaron?

l En ese entonces, hicimos serigrafías de Ramón Oviedo, de Ada Balcácer, de Teté Marella, de Alberto Lestrand, de Jorge Severino. Prácticamente de todos los artistas. De Cándido Bidó hicimos joyas, de Guillo Pérez, de Alberto Ulloa, de Dionisio Blanco y de Iván Tovar.

De Iván Tovar fue con él directamente, le gustaba venir a hacer sus grabados con nosotros. Tovar lo que hacía era tirar dos colores y, luego, intervenía las líneas con lápices de colores en tonos pasteles. Hacía una maravilla. Se tomaba mucho tiempo colocándole los colores a las serigrafías, las intervenía de forma individual. Cada una terminaba siendo una obra diferente.

¿Además de Tovar, algún otro artista ha venido al taller?

Los artistas normalmente no vienen a aplicar o seleccionar color, esto le corresponde a Cocó. Gustavo Fermín, ha sido de los pocos jóvenes artistas que se ha interesado en venir a aprender el proceso de la serigrafía. Andrés, el hermano de Cocó siempre ha venido de visita, últimamente está integrado y da gusto ver el trabajo que hace.

¿Alguna anécdota por compartir sobre el proceso de impresión?
En una oportunidad había un color que no le encontrábamos definición visual, pasó por aquí la artista, así que le pregunté cómo consiguió ese color en su paleta. Pero muchas veces, los artistas introducen el pincel y, cuando toman otra muestra, puede quedar un poco de la pintura que habían seleccionado previamente, por lo que generan otro color.

Entonces, me dijo que no le preguntara eso, que lo sacara como pudiera. Estaba reconociendo que no recordaba, a través de qué combinación compuso el color.

¿Y qué hicieron en ese caso?

En el tiempo, hay una cosa que enseña que es la práctica. Basado en ese criterio, fuimos agregando elementos a la impresión en lo que tiene que ver con la tinta, los cuales no eran componentes de serigrafía, no estaban contenidos en ninguna norma. Por ejemplo, José Cestero, tiene una gran libertad en su expresión pictórica, ese es su sello. Él comienza una línea, la corta, sigue por aquí, por allá, los colores básicos los aplica más fuertes en un lado y, en otros, los difumina. A la perspectiva en primer plano, no le da profundidad. De lo que se trata es de superponer planos, pero cuidado, que él es un maestro de la perspectiva. Nosotros reprodujimos una guagua de la OMSA que había pintado, que lo único que pedíamos era que no se le fueran los frenos a ese vehículo. Al estar en una bajada, pensamos que iba a salir del cuadro. (Risas). La valorización de ese gran artista será luego, con el tiempo ¡eh Cocó!

¿Cómo inicia la amistad entre Alfredo y Cocó?

Estando en la escuela, nos convocaron a un desfile en tiempos de Trujillo. En el receso converso con Jacques Viau, un amigo de nacionalidad haitiana. De pronto, Jacques llama a Cocó. Yo siempre me quejaba con él de que Cocó me parecía un niño rico engreído.

Jacques insistió, le dijo ven acá”. Jacques y yo estábamos en contra de la dictadura. Él era hijo de un exiliado haitiano, que había sido precandidato presidencial. Qué sucede, Jacques hablaba conmigo contra Trujillo, peligrosísimo, también hablaba con Cocó de lo mismo, pero yo no sabía. En ese momento susurró yo voy a amistar estas dos personas, - luego vociferó- Cocó, cuando te vayas, escucha Radio Habana en 45 o búscala en 31. Al decir eso, confirmo que Cocó es también antitrujillista, porque esas emisoras conspiraban contra el régimen. Desde ese momento, ya Cocó no era un muchachito bien peinado con los zapatos lustrosos, sino un confidente en torno al antitrujillismo. Al poeta Jacques Viau Renaud le agradecemos mucho, fue un gran amigo, un gran luchador por la democracia. Se unió a la causa constitucionalista de nuestro país, durante la Guerra de Abril de 1965, donde murió como combatiente.

¿Cómo es que ambos se interesan por la serigrafía?

 En un exilio voluntario, después de la muerte de Trujillo, muchos jóvenes nos fuimos del país, no éramos exiliados económicos, ni políticos, sino un grupo medio aventurero, por lo que, instalado en Nueva York, empiezo a trabajar serigrafía como obrero. Cuando regreso al país, el esposo de mi hermana Lilian me propuso trabajar en su taller “Serigrafía dominicana”, ya Cocó era jefe del Departamento de Arte, yo entro como impresor. Luego, me surgió la idea de formar un taller con Cocó. Él había ganado un premio en el concurso de E. León Jimenes, el equivalente en metal de su premio lo tenía en el banco. Si me hubiese caído a mí, hace tiempo no habría quedado nada. (Risas). Ese iba a ser su aporte y preguntó qué tenía yo, a lo que respondí que tenía un martillo, un serrucho (todo eso era simbólico), un destornillador, un alicate y, algo más; una gran voluntad de trabajo. Eso fue suficiente para que entendiera, y así iniciamos, con su dinero y mis voluntades.

¿Podría referir algún encargo comercial?

Trabajamos para las elecciones de 1970. Realizamos cincuenta mil carteles. El volumen, el gasto físico es mayor en la producción comercial. Ahora con los plotters es más rápido, porque trabaja con cuatro colores básicos, en cambio, nosotros debemos trabajar, según la cantidad de colores que tenga la obra, uno a uno, color por color, impreso a mano. La serigrafía no ha evolucionado mucho, sigue tan rural, tan primitiva en términos de impresión, siendo justamente lo que le da mérito, por eso se numera y la UNESCO reconoce hasta 150 tiradas con un valor primario, después de ahí tiene otra apreciación.

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