¡Escúchale!

A lo largo de estos últimos años he escuchado a miles de personas preocupadas por “oír la voz de Dios” y estoy convencida que de una forma u otra muchos la percibimos.

¡Escúchale!

Jesús nos aseguró que sus ovejas siempre oyen su voz y le siguen. Sus ovejas le conocen, le obedecen y le aman. Saben que Él es la voz del consejo, la protección y la seguridad. Cuando las tinieblas espantan y aúllan como lobos para intimidar,…

¡Escúchale!

A lo largo de estos últimos años he escuchado a miles de personas preocupadas por “oír la voz de Dios” y estoy convencida que de una forma u otra muchos la percibimos. Lo importante aquí es obedecerle, seguir a su lado, si es necesario quedarnos&#

¡Escúchale!

Jesús nos aseguró que sus ovejas siempre oyen su voz y le siguen. Sus ovejas le conocen, le obedecen y le aman. Saben que Él es la voz del consejo, la protección y la seguridad. Cuando las tinieblas espantan y auyan como lobos para intimidar,…

¡Escúchale!

A lo largo de estos últimos años he escuchado a miles de personas  preocupadas por “oír la voz de Dios” y estoy…

A lo largo de estos últimos años he escuchado a miles de personas preocupadas por “oír la voz de Dios” y estoy convencida que de una forma u otra muchos la percibimos. Lo importante aquí es obedecerle, seguir a su lado, si es necesario quedarnos juntamente con Él crucificados, con tal de no perder esa comunión sin la cual ya no sabríamos como vivir, y ese amor sin el cual respirar es simplemente existir.

Escuchar a Dios es exponerse a la sabiduría. ¡Oír su voz cuando se nos revela es hacernos como Él, oírle atentamente cuando nos llama es seguirle! Oírle diligentemente es servirle, oírle obedientemente es amarle; ¡oírle amorosamente es entenderle, oírle por sobre toda voz es conocerle y oírle sin atenderle es ignorarle! 

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Jesús nos aseguró que sus ovejas siempre oyen su voz y le siguen. Sus ovejas le conocen, le obedecen y le aman. Saben que Él es la voz del consejo, la protección y la seguridad. Cuando las tinieblas espantan y aúllan como lobos para intimidar, Dios se levanta con voz enérgica y pelea por nosotros, silenciando el temor ruidoso del alma, con su tierna voz de padre-amigo, íntimo consolador, a quien no le sorprenderemos con nuestras inquietudes o errores.

La voz de su paciencia calma nuestra sed de comprensión y se lleva nuestras ansiedades, ella renueva nuestras fuerzas como las del búfalo para emprender la marcha determinada e intrépidamente. Él nos conoce por nombre y sabe de qué tenemos necesidad antes que se lo pidamos.

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A lo largo de estos últimos años he escuchado a miles de personas preocupadas por “oír la voz de Dios” y estoy convencida que de una forma u otra muchos la percibimos. Lo importante aquí es obedecerle, seguir a su lado, si es necesario quedarnos juntamente con Él crucificados, con tal de no perder esa comunión sin la cual ya no sabríamos cómo vivir, y ese amor sin el cual respirar es simplemente existir. 

Escuchar a Dios es exponerse a la sabiduría. ¡Oír su voz cuando se nos revela es hacernos como Él, oírle atentamente cuando nos llama es seguirle! Oírle diligentemente es servirle, oírle obedientemente es amarle; ¡oírle amorosamente es entenderle, oírle por sobre toda voz es conocerle y oírle sin atenderle es ignorarle!

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Jesús nos aseguró que sus ovejas siempre oyen su voz y le siguen. Sus ovejas le conocen, le obedecen y le aman. Saben que Él es la voz del consejo, la protección y la seguridad. Cuando las tinieblas espantan y auyan como lobos para intimidar, Dios se levanta con voz enérgica y pelea por nosotros, silenciando el temor ruidoso del alma, con su tierna voz de padre-amigo, íntimo consolador, a quien no le sorprenderemos con nuestras inquietudes o errores. La voz de su paciencia calma nuestra sed de comprensión y se lleva nuestras ansiedades, ella renueva nuestras fuerzas como las del búfalo para emprender la marcha determinada e intrépidamente Él nos conoce por nombre y sabe de qué tenemos necesidad antes que se lo pidamos.

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A lo largo de estos últimos años he escuchado a miles de personas  preocupadas por “oír la voz de Dios” y estoy convencida que de una forma u otra muchos la percibimos.

Lo importante aquí es obedecerle, seguir a su lado, si es necesario quedarnos junto a Él, crucificados, con tal de no perder esa comunión sin la cual ya no sabríamos cómo vivir; y ese amor sin el cual respirar es simplemente existir.

Escuchar a Dios es exponerse a la sabiduría. Oír su voz cuando se nos revela es hacernos como Él, oírle atentamente cuando nos llama es seguirle.

Oírle diligentemente es servirle, oírle obedientemente es amarle, Oírle amorosamente es entenderle, oírle por sobre toda voz es conocerle y oírle sin atenderle es ignorarle.

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