Una crónica atemporal del Divo de Linares, en su más reciente paso por República Dominicana…
La entrada de Raphael al escenario de la Sala Carlos Piantini, en el Teatro Nacional Eduardo Brito, fue de apoteósica, casi mítica. Tanto que muchos años después, frente al pelotón de bienvenida, César Suárez, el productor de este concierto de la gira Raphaelísimo en el país, habría de recordar la noche en que hizo las paces consigo mismo.
Era el día de su cumpleaños. Y el del artista había sido el día antes. De modo que Raphael esa noche del 6 de mayo, se entregaba entero al público, después del intro de la banda. Por eso comenzó cantando “La noche”, ataviado con un saco negro de lentejuelas que nunca se quitó.
Estaba inaugurando sus 83 años de edad y alargaba las notas redondas, y acortaba las que tiraban en busca de agudos que no quería exponer, porque así le iba bien. De maravillas. Piano de cola, cello y violín, teclado, acordeón bajo, guitarra rítmica y prima, drum y percusión menor. El saxo tomaba la guitarra clásica. De cuerdas a maderas, idas y venidas. Y se cantó “Yo sigo siendo aquel”, la canción que desde su juventud cantaba el Chino Papi, aquel tío medio asiático que ofrecía alquileres en el Paseo del Prado.
Raphael, Raphaelísimo, se apoyaba en el sillón de oficina, en el que se sentó en varias ocasiones durante la noche. Un cono de luz lo iluminaba desde arriba y atrás, en una búsqueda casi cenital y en la pantalla gigante su imagen era la real, en vivo. Para el teatro repleto de un público que aplaudía y deliraba. Público que ovacionaba casi cada canción.
“Cierro mis ojos”. Ovación y otra ovación más para los primeros acordes -se sentó- de “Digan lo que digan”. Con el mismo ímpetu de siempre. Se puso de pie y con él el público.
Apartó entonces el sillón y se cantó “Mi gran noche”, con coro. Y seguido, “Amo” a piano y violín. Una canción que recuerda las estaciones de Chopin. Otra canción en esa tesitura: “Si no estuvieras tú” (a piano y cello). El público de pie y él también, erguido, frente al toro manso.
Con la banda y de pie se hizo “Tema de amor”. ¡No bastó! Piano y contrabajo, luego cello y violín y acordeón: “Los hombres lloran también”. Y entonces, saxo y guitarra rítmica marcaron quedos, a sotto voce. Y él, sentado y recibiendo aplausos. Una y otra vez, toda la noche.
Pero Raphael es dueño de un ímpetu que le hace olvidar a veces sus 83 años. Así que, se disparó como un resorte y se puso de pie: “Somos un sueño imposible/ que busca la noche…”, eso, pero en tiempo de bolero. Un homenaje a Francia con “Padan, padan”… vals con acordeón, bien francés. Apoyado en el piano, recibió los aplausos de pie. Siguió por París, con Brigitte Veyne y Rixon Gato de la mano, cantando “La vie en rose”; “Himne l’amour” y el público de pie.
Luego Raphael caminó, apoyado en el respaldar del sillón de oficina con rueditas, desde el centro del proscenio al Steinway & Sons. Cantó “Malena” (solo a piano) de Homero Manzi y Lucio Demare.
Se tornó más movido ahora con “Estuve enamorado”, y se contorsionó como lo hacía en los años 60.
Cantó “Amor mío”. (Cuídate amor mío, cuídate…)… una de las mejores canciones de su repertorio que como todas las mejores se deben al genio creativo de Manuel Alejandro, el merecedor del Cervantes, así como Bob Dylan ganó el Nobel. así que otra vez… ¡el público de pie!


“Cuando tú no estás” (muy aplaudida y muy llorada por la señora que estaba sentada al lado del periodista). Cada canción es una historia que Raphael dramatiza. Son más de 60 años en la escena. Y como Aznavour hay una puesta en escena, de tantos años en las tablas, que le permite no fingir y sí conmoverse muy sinceramente… casi siempre. Como quien sabe que si no se conmueve no es él, Raphaelísimo.
Solo de guitarra española para el vals: “Que nadie sepa mi sufrir”. Bandoneón, contrabajo, guitarras acústicas y violín para “Llorona”. Mas “Estar enamorado”, como Dios manda, con la banda entera. Y el público de pie.
“Ámame”, con juego de luces en apoyo. Y la voz cada vez más templada, cantaba mejor. Se sentó y siguió con “En carne viva”, tan dramatizada que al final echó su lágrima.
Como de drama hablamos “Se nos rompió el amor”, del gran genio Manuel Alejandro. Entonces, Raphael se apoyó en el piano para interpretar “Qué sabe nadie” (breve y magnífico solo de saxo) y salió de escena. Falso final. Regresó.
“Yo soy aquel”, con arreglo de música electrónica. ¡Un año más señores…! dice Raphael, Raphaelísimo.
Y ya, sí, final con “Escándalo” en ritmo de discoteca y “Como yo te amo”.
Ya saliendo del escenario regaló un pedacito de una ñapa: los primeros acordes de “A mi manera”, un “au revoir”, que quería decir “!Vuelvo el año que viene”!
