Antonio: con la vida al cuello

Don Antonio Isa. Mercader
En 1953 fundó en la capital la Editorial Duarte (Mercedes con Meriño) que luego se transformó en Editora Taller

Eran las tres de la tarde y en el muelle de Santo Domingo, por debajo del Puente Ulises Heureaux, no cabía ni un mirón más aquel 5 de febrero de 1903 cuando llegó el único barco que tenía que llegar ese día.

Don Antonio había viajado desde el Líbano hasta España. Disfrutó del paseo por el Mediterráneo con la costa griega, la bota de Italia, a la derecha y Egipto, Argelia, Libia, Marruecos a la izquierda como si los hubiesen dispuesto en la Asamblea de la Revolución Francesa. Cuando al final tomó el barco que acababa de llegar, tuvo una parada en las Canarias para recoger algunos pasajeros que se dedicarían a los conucos y a la “siembra de hielo” en el sur. En realidad, se hacía un hoyo en la tierra del tamaño de un baúl, y se colocaban los bloques de hielo envueltos en paja de arroz o aserrín, a falta de las neveras portátiles de ahora. Se les quedó el mote para siempre a los banilejos.

Don Antonio Isa no tenía prisa, el mar te enseña la paciencia de Confucio y la calma de Budha. Rechazó varias ofertas de carreteros para llevarlo con to y maleta a donde fuera en la ciudad, por un peso.

-No grazias, esbero la barga de Sánchez.
Dijo en un esbañol gasi berfecto.
-La goleta de Sánchez es aquella. Le indicó un jovencito mirón tocado de gorra de la época y pantalones a dos pulgadas debajo de las rodillas.

Sánchez era un pueblito que en los pocos años que llevaba funcionando el ferrocarril de Lilís, se había transformado como una “Tortilla Gulch” del oeste americano en tiempo del oro, cuando el “gold rush”. Tomó el tren y vio los terrenos que había comprado Gregorio Riva, pensando que podía engañar al señor Presidente al que se los ofrecía 15 veces el valor que pagó. El tren tocó su silbato para alertar a más mirones.

En Macorís se asombró de la similitud con el dibujo que había visto en la Revista Militar española, realizado por Samuel Hazard. Más que un pueblo, era un conglomerado de chozas de campesinos dedicados al cultivo del cacao, arroz, plátanos y yuca. En ese conglomerado de casas de tabla de palma en su mayoría, se destacaban las casas comerciales de mampostería de grandes puertas con bisagras y trancas antirrobo, que albergaban los 79 comerciantes ya establecidos.

Él también llegó a San Francisco, pero no de California. Entre los comercios que se destacaban se contaban tres farmacias y tres chocolateras. Los campesinos que vendieron tierra para que pasara el tren todavía estaban esperando que sus cosechas mejoraran con el humo que fumigaba los insectos y plagas cuando llegó Antonio Isa y que la gente pensaba que vendía búhos. Fue Juan Antonio Alix, en una décima burlona, que convenció a los campesinos para obtener el trillo necesario para el paso del tren y conseguir los beneficios del humo.

Al cabo de un corto tiempo, lo único que necesitaba Antonio era una mujer para afincar, lo que ocurrió cuando conoció a Julia Cuello Salas, que no se sabía si era de Jobas, la Jaya, Los Ranchos o Cenoví. Al final se supo era de las Guásumas, llamado así por la abundancia de este árbol que produce una frutita no comestible. Guazumal, como cañaveral, es otro campo en Tamboril que también se caracterizaba por la presencia de estos árboles.

Sin que se dieran cuenta les llegaron dos hijos que nombraron Graciliano y Antonio, quien salió “ecupío como ei pai” y con cara de asustao pero con un espíritu y una claridad para cambiar el destino de su vida: estudiar. Con estos dos, Julia sumaba cuatro porque ya tenía un par (Anacleto y Paulina) a pesar de sus 22 años.

Los negocios no salieron como el turco Antonio pensaba y un día recogió sus ajuares mínimos y regresó a su país, más por el pelo que más jala que por la nostalgia y vicisitudes. Al cabo de un tiempo regresó con Florinda Dájer y su pelo, probablemente pariente de los Dájer que fabricaban salchichón de burro en Tamboril.

A los cinco años Antonio Cuello, que no llevó nunca el Isa, y menos cuando el padre se apareció con su turca arrastro, leía de corrido como una carretilla, parándose en las comas y los puntos y seguido. Con grandes esfuerzos y la ayuda de su profesora María Padrón que lo protegió para que llegara hasta donde él quería, terminó el octavo que era lo más que se enseñaba en San Francisco.

Al fin logró irse a la capital, donde consiguió un trabajito por la dormía y la comía en el Colegio Santa Ana del profesor Pérez Garcés que quedaba en Las Mercedes, casi frente a la Escuela de Bellas Artes, cuando estaba al lado de la Iglesia.

De ahí se mudaron a una casona que quedaba donde estuvo el cine Triple en los 70 y 80 por el malecón, una antigua quinta de Lilis al mismo tiempo que el jovencito Cuello seguía estudiando y aprendiendo todo lo que se impartía en La Academia, que equivalía a lo que es hoy Administración de Empresa y que ellos titulaban como Perito Comercial. Se convirtió en el secretario personal del director y luego en profesor. El paso del ciclón de San Zenón arrasó la capital en el 1930 y el profesor Garcés decidió mudarse a Santiago.

Antonio Cuello, siguió apoyando el proyecto del profesor cuando este se instaló en la calle del Sol esquina Piedras (hoy Sánchez) hasta que se cansó de sus arbitrariedades que hizo que se fuera y fundara la famosa Academia Santiago que estuvo en la San Luis con Traslamar (Beller), en la San Miguel con Comercio (Restauración con España) y al final se instaló en el vacío que dejó la Santa Ana cuando el asunto de Garcés no le cuajó.

La Academia Santiago arrancó en 1933 con 76 Underwoods por cuyas teclas pasaron no solo jóvenes interesado en el comercio, sino una gran cantidad de intelectuales que aprendieron a escribir a máquina sin mirar el teclado, con los dedos colocados como lo indicaba el propio manual elaborado por Don Antonio quien le dedicó 20 años sin interrupción a su escuela.

La personalidad afable, pero estricta, de Cuello emanaba respeto y entusiasmo al estudio y sin haber clase de Moral y Cívica y menos de religión ni de ninguna índole filosófica, se aprendía allí a ser ciudadano honesto y de servicio para la sociedad cuando insistía en sus ejercicios de contabilidad para que se cuadrara el balance con el mínimo chele que se registraba en los hipotéticos casos, con rigurosidad de hierro. Esto lo aprendieron los primeros contables que fueron los pioneros de los bancos de la ciudad. Ahí tenían que amanecer, cuando el balance no cuadraba como le ocurría a mi tío político Plutarco Martínez en el Banco de Reservas de la San Luis con Sol. Plutarco era amigo de Maricusa, hija de don Antonio y quien me facilitó una beca para tener que recordar esa hermosa experiencia de aprendizaje. El teclado es una máquina del tiempo que me lleva a la Academia de finales de los 60. Don Antonio venía de vez en cuando e impartía sus magistrales cátedras. Ya en esos años, tenía grandes compromisos que le impedían seguir al frente de la escuela, desde que en 1953 fundó en la capital la Editorial Duarte (Mercedes con Meriño) que luego se transformó en Editora Taller con el Gordo Cuello de timonel publicando libros que nadie leía. Contó la Academia con el concurso de Ángel Miolán como profesor, quien luego tuvo que exiliarse para regresar como vicepresidente del Partido Revolucionario Dominicano de Juan Bosch.

A la Academia se entraba por la Sánchez. En el frente, a tres casas de la esquina vivía Yoryi en una casa patrimonial que desapareció, ido el pintor, cuando Patrimonio Cultural se hacía la gallinita ciega.

En la parte baja del local estuvo la Farmacia Santa Eduvigis, la Escuela Oficial de Artes y Oficios, el Banco Agrícola, The General Sales Company y la Librería Santiago que no resistió los embistes de la contemporaneidad en su afán arrollador, comercial, transculturador que trajo al coronel Sanders con sus pollos fritos que cualquiera cree que es un local del partido de Trotsky.

Don Antonio no escribió sus memorias, pero anotó en una libreta todos los datos importantes que le sirvieron a Ángela Peña para escribir “Una vida” junto a sus propios apuntes en los múltiples encuentros con el profesor. El libro aparece sin el nombre del autor, igual que el de la otra Ángela que la mediocridad quiso sumergir en el anonimato. De mi estancia en la Academia quedaron los mejores recuerdos: Altagracita, compañera y amor platónico que hizo que se borraran todos los demás y que vivía en el Simón Bolívar, detrás del Play; Filiberto, profesor de Aritmética con una calma de resaca, con una estructura muscular de quien levanta pesas y unos bigotitos de quien vio a Chaplin o a Trujillo; mis ejercicios mecanográficos aaññ, ssll, ddkk, ffjj, la pulcritud del uniforme de pantalón kaki y camisa blanca con corbata anudada como se debe; los ejercicios del método Palmer para escribir como todo el mundo que llevara un libro de contabilidad o las actas del Club Primavera. El Arte venció la Contabilidad. La fama de hombre recto y honesto impidió que la dictadura lo pusiera en jaque mate, aunque siempre con la vida al cuello.

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