De visita en el Purgatorio

Imagen del Purgatorio, según La Divina Comedia de Dante Alighieri (1265-1321).
A la memoria de Pepe Arnaiz, con quien tanto hablaba de estos asuntos…

La Tierra es el centro del universo y está inmóvil; el Sol, la Luna, las estrellas, las nubes y los planetas no son sino esferas transparentes que giran alrededor de nuestro mundo. Hecho a imagen y semejanza del Creador, el hombre (y su morada, la Tierra) está en el centro del universo. Así lo había dicho el griego Claudio Ptolomeo, y así lo creyó la humanidad durante quince siglos.

El astrónomo polaco Nicolás Copérnico —canónigo de Frauenburg, Alemania— descubre la falsedad del argumento ptolemaico, pero teme divulgar el hallazgo. Copérnico fallece en 1543, meses antes de que su libro, ‘De revolutionibus orbium coelestium’, destrozara las verdades oficiales de la teología medieval.

Galileo Galilei nace en Pisa, Italia, veintiún años después de la muerte de Copérnico. Telescopio en mano, Galileo accede a portentosos descubrimientos: la rotación de la Tierra, los satélites de Júpiter, la descomposición de la Vía Láctea, los anillos de Saturno. El sabio italiano desnuda la verdad, como lo hiciera Hipérides con el busto de Friné ante los jueces.
La Santa Inquisición presenta contra Galileo, en 1633, los cargos siguientes:

“1. Sostener decididamente que la Tierra se mueve y el Sol permanece estático; 2. Atribuir erróneamente los fenómenos de las mareas a la estaticidad del Sol y al movimiento de la Tierra; 3. Mantener un silencio doloso tocante a lo mandado en 1616: a saber, que abandonara del todo la idea de que el Sol es inmóvil y el centro del universo así como de que la Tierra se mueve, y que en lo adelante se abstuviera de sostener, enseñar o defender dicha opinión en cualquier forma, ya verbalmente o por escrito”.

El 22 de junio de 1633, tras una ruda interpelación, Galileo se arrodilla delante de los inquisidores y jura:

“Yo, Galileo Galilei, de setenta años, hijo del extinto Vicenzio Galilei, habiendo sido traído a comparecer en juicio, postrado ante Vosotros, Muy Eminentes y Muy Reverendos señores Cardenales, Inquisidores generales de la República Cristiana Universal contra la depravación herética... en virtud de que se ha mandado por este Santo Oficio abandonar la idea falsa de que el Sol es el centro inmóvil del Universo... y he sido juzgado como gravemente sospechoso y de herejía... con sincero corazón y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los dichos errores y herejías y en general todo otro error y herejía contra la Iglesia Sagrada... Yo, he abjurado, jurado, prometido y comprometídome en los términos que preceden, para constancia de ello de mi puño y letra he suscrito mi abjuración”.

La fábula —sólo la fábula— dice que, tras la penitencia, Galileo murmuró muy para sus adentros: “Y, sin embargo, se mueve”. Lo único cierto fue que el sabio se retiró a Arcetri y trabajó en silencio hasta morir, pobre y olvidado, en 1642.
Por demostrar lo que demostró, el manso de Galileo hubo de pasar algunos calurosos siglos en los intermitentes fogones del Purgatorio. Muy pocos años han transcurrido desde que el Sumo Pontífice ordenara apagar la estufa, con lo cual cesaba la expiación. Hemos de reconocer que en asuntos de astrofísica, aunque infalible, la Iglesia es calmosa en sus dictámenes. Justamente se tardó trescientos cincuenta años para admitir que el cacharro ptolemaico de las siete esferas transparentes no era más que un embuste, y que el barbudo de Pisa estaba en lo cierto.

Hace algún tiempo, el Papa argentino, Francisco, divulgó una Exhortación Apostólica nombrada ‘Evangelii Gaudium’ (Alegría del Evangelio), en cuyo texto el Pontífice afirma que no se puede confiar en la mano invisible del mercado, como tampoco en la empresa privada y, mucho menos, creer en la ley de la oferta y la demanda para establecer el precio equitativo de un bien o de un servicio.

Parecerían, así, las ideas del Papa ajenas, incluso, a la realidad del siglo XVIII, cuando se realiza la más fructífera y progresista de las transformaciones pacíficas conocidas por la humanidad: la Revolución Industrial inglesa.

Después de 1750 comienzan en Gran Bretaña los cambios que aniquilan el modelo económico de la sociedad feudal. El nuevo sistema genera un aumento espectacular en la producción y en la productividad. El salto será grandioso: cambiarán las condiciones de trabajo y el aspecto de las ciudades, surgirán nuevas maquinarias y nuevas formas de pensamiento, cambiarán de curso los antiguos sistemas de valores y las costumbres tradicionales. Al mismo tiempo, el debate de la ‘cuestión social’ hará que aumente el salario de los trabajadores y se reduzcan las jornadas laborales, que disminuyan los precios de los alimentos y de los bienes de consumo, a la vez que progresan los servicios y las prestaciones sanitarias en los nuevos centros urbanos industriales.

Galileo Galilei (1564-1642).

Resulta fácil comprobar ahora cuán imperecederos han sido los frutos de aquella serena y poderosa convulsión socioeconómica; en cuya noción acerca de la libertad individual y el trabajo se forjó, asimismo, el credo de las sociedades más prósperas de la Tierra. Y era ése, no otro, el escenario tangible que Adam Smith —el economista británico amigo de Voltaire, de Hume y de Quesnay— describía en su ‘Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones’.

Carlos Alberto Montaner ha escrito: “Como todo el mundo es hijo de su circunstancia, el argentino es un detractor del mercado. Creció en medio de la jerigonza peronista en materia económica (aunque los peronistas no lo quieren demasiado y algunos, injustamente, lo acusan de contubernio con la dictadura militar). En todo caso, es muy difícil haber alcanzado la edad adulta en medio del ruido y la furia del populismo y que no hayan quedado cicatrices y deformaciones”. (A propósito, evoco la expresión de Jorge Luis Borges al definir el peronismo: “Los peronistas no son ni buenos ni malos: simplemente son incorregibles”).
Después de cerrar las páginas del ‘Evangelii Gaudium’ percibí un raro olor. Emanación extraña, como de pellejo escocés chamuscado. A partir de ese instante, cuestión inexplicable, tengo la corazonada de que el virtuoso de Adam Smith se retuerce —como lo hiciera Galileo hasta finales del siglo XX— en alguno de los furtivos braseros del Purgatorio.

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