Bajo el cielo sin fronteras Memorias póstumas de Isabelle Eberhardt

BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA
Especial para elCaribe

Capítulo II.
La sombra ardiente del islam
Si Mahmoud no fue un disfraz: fue una iniciación. La conversión al islam no ocurrió en un instante teatral, sino como el deslizamiento de una duna bajo el viento. Durante meses escuché más de lo que hablé. Observé la regularidad de la oración, la inclinación de los cuerpos al alba, la humildad con que los hombres pronunciaban el nombre de Dios. No era una fe sentimental. Era una disciplina del alma.
Recuerdo la primera vez que entré en una zawiya sufí al sur de Biskra. El patio estaba en penumbra; el aire olía a tierra húmeda y aceite de lámpara. Un grupo de hombres murmuraba versos coránicos en un ritmo que parecía latido colectivo. Uno de ellos, de barba blanca y ojos penetrantes, me indicó que me sentara.
—Has viajado mucho —dijo sin preguntarme.
—No lo suficiente.
Sonrió levemente.
—El que viaja buscando algo, todavía no viaja por Dios.
Guardé silencio. Sus palabras no eran reproche, sino advertencia.
—¿Y cómo se viaja por Dios? —pregunté.
—Desapareciendo.
Aquella noche comprendí que el islam no era para mí una identidad exótica, sino un camino de disolución. La shahada no fue una renuncia a mi pasado, sino una afirmación de unidad. La pronuncié con una serenidad que jamás había sentido en Europa.
Escribí después: “En la sumisión hay una libertad que Occidente no comprende.” No me convertí para pertenecer, sino para profundizar mi extranjería. El creyente verdadero no pertenece al mundo; lo atraviesa.
Fui acogida por miembros de una cofradía sufí. En aquellas reuniones nocturnas, bajo la bóveda inmensa del Sahara, sentí por primera vez una fraternidad que no exigía máscara. Nadie me preguntaba por mi origen con hostilidad; solo querían saber si mi corazón estaba dispuesto.
Durante un dhikr especialmente intenso, el canto se volvió casi violento. Los cuerpos oscilaban, las voces repetían el nombre divino hasta que el yo parecía resquebrajarse. Sentí vértigo. Sentí miedo. Y luego, un instante de claridad absoluta.
El anciano marabú que me había hablado meses antes me susurró:
—Ahora sabes que no eres nada.
Asentí.
—Y en eso está tu fuerza.
No idealizo aquellos momentos. También había rivalidades, supersticiones, miserias humanas. Pero la aspiración a lo absoluto era sincera. Mi escritura cambió entonces. En varios relatos reunidos después bajo el título En la cálida sombra del islam intenté capturar esa vibración espiritual sin traicionarla con ornamentos europeos. Anoté: “El místico del desierto no huye del mundo; lo reduce a polvo ante la presencia de lo eterno.”
Fue en ese contexto donde conocí a Slimane. No fue un amor novelesco. Fue un reconocimiento. Él no me trató como rareza ni como conquista. Me observó con esa mezcla de ironía y paciencia que tienen los hombres habituados al viento.
—Dicen que eres europea —me dijo una tarde, mientras compartíamos té amargo.
—Lo dicen.
—Y que escribes.
—También.
Me miró fijamente.
—Es peligroso escribir.
—Más peligroso es callar.
Sonrió.
Nuestro matrimonio no fue una domesticación. Fue una alianza frágil entre dos naturalezas indómitas. Yo necesitaba el movimiento; él comprendía esa necesidad, aunque a veces la padecía. Hubo discusiones. Recuerdo una noche en que le anuncié mi intención de partir hacia una región tribal conflictiva.
—No es lugar para ti —dijo con severidad.
—Es precisamente por eso que debo ir.
—Eres obstinada.
—Y tú temes.
Me sostuvo la mirada largo rato.
—Temo perderte.
No supe qué responder. Amar siempre fue para mí una forma de riesgo.
Mi posición ambigua —europea convertida, cercana a los indígenas, crítica con el dominio francés— despertó sospechas. En 1901 sufrí un atentado. Un hombre me atacó con un sable en plena calle. El golpe fue brutal; caí al suelo sintiendo el calor de mi propia sangre. Mientras me desvanecía, pensé con extraña lucidez: “Así termina el viaje.” Pero no terminó. Sobreviví.
Más tarde supe que el agresor había sido incitado por tensiones religiosas y políticas que yo apenas alcanzaba a comprender en su totalidad. Era ingenua al creer que podía moverme entre mundos sin provocar ninguna reacción.
Durante la convalecencia, un oficial francés me visitó. Su tono era frío.
—Señor… —dudó—, ¿Mahmoud? ¿O debo decir mademoiselle?
—Diga lo que le resulte más cómodo.
—Su comportamiento levanta sospechas. Su cercanía con ciertos grupos no es bien vista.
—No pertenezco a ningún complot.
—Pertenece a una confusión.
Lo miré con serenidad.
—Tal vez el problema sea que ustedes necesitan fronteras más claras de las que la vida permite.
No respondió. Pero comprendí que mi margen de maniobra se estrechaba.
Viví lo suficiente entre tribus y puestos militares para ver el desgaste que la ocupación producía. No era una guerra abierta constante; era una erosión diaria: impuestos, humillaciones, desconfianza.
Un jefe tribal me dijo una vez:
—Los franceses hablan de orden. Pero su orden nos desarraiga.
—¿Y qué harás? —pregunté.
—Resistir mientras podamos. Luego, sobrevivir.
Aquella frase resumía el destino de muchos. Yo no era estratega ni revolucionaria. Pero mi pluma se volvió más incisiva. En uno de mis cuadernos escribí: “La colonización no solo ocupa tierras; ocupa relatos.”

Sabía que mis textos serían leídos en Europa. Quería que, al menos por un instante, el lector sintiera la dignidad de aquellos hombres reducidos a cifras administrativas.

Pero no todo conflicto era externo. También había en mí una fisura constante. ¿Era sincera mi conversión o una huida sofisticada? ¿Mi vida masculina era liberación o negación? ¿Amaba el desierto por lo que era o por lo que simbolizaba para mi rebeldía?

Desde esta distancia póstuma puedo responder con más claridad: fue todo eso a la vez. La pureza absoluta no existe. El viajero siempre mezcla búsqueda espiritual y fuga personal.

Una noche, después de una discusión con Slimane, salí sola hacia las dunas. El viento soplaba con violencia. Me arrodillé en la arena y recé. No pedí protección. Pedí coherencia. El desierto respondió con silencio. Y en ese silencio comprendí que la coherencia no es ausencia de contradicción, sino fidelidad al impulso más profundo.

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