Valentín Amaro
Especial para elCaribe
Nuestra invitada en “Espejo de tinta” es Gladys Rodríguez Valdés: cubana y dominicana aplatanada, ingeniera química de profesión. Desde temprana edad sintió inclinación por la narrativa y la poesía, escribiendo por afición para compartir con sus estudiantes obras que siempre consideró «de juguete».
En 2013 ingresó al Taller Literario Narradores de Santo Domingo, convirtiéndose en una narradora en formación. En tan fructífero e importante grupo ha recibido, y continúa recibiendo, las herramientas necesarias para cumplir el sueño de escribir cuentos para ella y para emocionar a los lectores.
Ha participado en diversas Ferias del Libro leyendo sus relatos. Actualmente tiene dos semilibros artesanales publicados para tales fines: Improbables quimeras y la micronovela Cabra en festival. Además, su cuento «Botero inclusivo» forma parte de una antología sobre las buenas palabras coordinada por el maestro Héctor Santana, cuyo lanzamiento se realizó en la Feria del Libro 2026.
Gladys es una hormiga laboriosa. No hay consigna que no moldee como el alfarero a su barro. Posee la destreza de edificar historias en cuestión de minutos y salir siempre airosa en la creación de sus criaturas. La recuerdo feliz, leyendo sus primeros borradores con la devoción de quien ha dado a luz algo único y valioso.
Para mí constituye un gratísimo honor publicar sus microrrelatos en esta columna, concebida para impulsar la literatura de nuestro Caribe.
¡Adelante, hormiguita y diosa creadora! Tus historias laten con vida propia y profunda sabiduría.
INCIDENCIA
Lo nuevo, no por diferente, es malo para quienes estamos acostumbrados a lo viejo. Ponderaba hacer el amor en autos: el ruido de motores diferentes incitaba a movimientos suaves y constantes; cariñosos golpes en traseros, chirridos de placer en la pareja. El traqueteo llevaba a emitir silbidos antes del sonido explosivo del clímax.
Hoy pondero hacer el delicioso, invadida por las ruedas invisibles de redes sociales verticales. Inspiradoras. No morbo. Retórica que aumenta el tiempo sensual en actos de servicio. Mente y cuerpo en naturaleza, reflexiones, ocio… con disfrute, alimentos… Etéreo. Excitante. Hace expulsar un flujo continuo de contenido interno.
MAROTEO DE CIGUAPA
Cada verano, el vecino va tarde en la noche a la finca del hombre para hartarse con sus frutas: ciruelos, cerezos y mangos que tapizan el húmedo terreno; aguacates, sandías y melones que aumentan el colorido. Hierbas con aroma acompañan el deleite. Todo hace olvidar las querellas que el dueño dirige al intruso.
Esta noche, el vecino ha puesto en práctica un plan que consiste en caminar de espaldas para confundir al dueño si este anda por ahí. Luego del hartazgo, se ha retirado pisando fuerte con la planta de los pies y ligero con los talones. De repente, su espalda tropezó con algo firme y cubierto de vestiduras. Asustado, intentó volverse, pero una jaula de finos palos cayó sobre él. Se revolvió temblando y pudo ver a un hombre en piyama y semidormido frente a él, que gritaba:
—¡Ciguapa, te atrapé como siempre en mis sueños!
LAS BRUJAS DE HOY
Aparecieron en una casa del barrio tres mujeres que de noche paseaban en bicicleta y de día se alimentaban con una sopa que preparaban ellas mismas, la cual despedía desde la cocina un olor a metal que se esparcía por los alrededores. De repente, algunos niños del lugar comenzaron a languidecer y, en las observaciones médicas, solo aparecían en sus cuerpos picaduras de mosquitos. Se pensó en virus asintomáticos, en nuevos tipos de dengue o fiebre amarilla, y en enfermedades desconocidas transmitidas por zancudos.
Alguien hizo un comentario sobre las mujeres aparecidas insinuando que podían ser brujas chupasangre, y todos comenzaron a espiarlas día y noche. Detectaron que en sus paseos nocturnos llevaban enormes cajas repletas de mosquitos, las cuales abrían ante ventanas donde cerca dormían niños. Los insectos dípteros, ahítos de sangre, regresaban tiempo después a las cajas; parecía que estaban entrenados para esas excursiones.
Por el día, todos pudieron observar a escondidas cómo las mujeres sacaban parte de los insectos y preparaban con ellos la sopa. Se identificaba el olor a metal y, sorprendidos, vieron cómo el trío femenino ingería el alimento alegres y con gran apetito.
Días después, un niño enfermó de dengue en el barrio. Nadie lo supo hasta que lo internaron; se recuperó de manera satisfactoria. Las brujas murieron como consecuencia de una ingesta.
GALIPOTE
Galipó es el apodo de un obrero de la construcción que visita nuestro vecindario. Yo asocio ese alias al asfalto, la brea o el alquitrán. Tengo un primo tartamudo de mi edad que se desenvuelve muy bien, y por eso estamos juntos en la escuela.
La pasada semana, un lunes temprano en la mañana, encontramos a Galipó borracho y tirado en la sucia acera, justo en medio del camino hacia nuestras clases. Nos detuvimos e hicimos ademán de levantarlo. Un hombre que se acercaba gritó:
—¡Levántate, Galipó! ¡Hoy haces honor a que eres un escupitajo en el suelo!
Mi primo, cancaneando de manera ruidosa, añadió:
—¡Galipo-te, Galipo-te, te… te… tienes que quitar de nuestro camino!
El borracho se encogió sobre sí mismo de tal forma que semejaba un ovillo de piedra, e interrumpió todo el paso. Mi primo y yo nos lanzamos a la calle para seguir adelante bordeando aquella mole. Temíamos llegar tarde a la escuela. No sé por qué olvidamos el trayecto y terminamos perdidos en el parque central del pueblo.
HOSPITALIZADO
Cada vez que alguien visitaba las montañas de Bahoruco, regresaba con el comentario de que allí había serpientes y fantasmas llamados Biembienes, los cuales son caníbales.
Ayer, después de una discusión sobre el tema, propuse a mis amigos visitar el lugar y ofrecerles a los fantasmas no comer gente, sino hartarse con las serpientes. Nadie quiso acompañarme en esta aventura y he tenido que viajar sola. Pienso que si los fantasmas se llaman Biembienes es porque viven bien o porque vienen por buenas cosas.
El mimetismo de los reptiles no me impidió localizarlos en las ramas y en la hojarasca. Capturé algunos y los puse en un saco; luego esperé la llegada de la noche. De madrugada, unas sombras con aspecto humanoide me rodearon. Traían tridentes, machetes y hojas de yagua. Abrí el saco y les ofrecí, sin temor, las serpientes. Estas corrieron a anudarse en sus brazos y cuellos. Las sombras saltaron sobre mí y eché a correr. Sentía pinchazos en todo el cuerpo.
A la mañana siguiente, mis amigos me encontraron en la habitación de un hospital, con suero hidratante puesto y llena de heridas.
PROPUESTA
Salí a la calle en su busca. Ayer escuché que obtuvo el permiso para ser auditada en cuanto a su rendimiento deportivo. No pude alojar la idea de que lo lograra: su peso y estatura, puestos de acuerdo, aplauden una invasión tumultuosa de grasa en todos sus tejidos. Excedidos los límites.
—Me esfuerzo —repetía ella siempre—. ¡Disciplina y maratón para mis piernas, rodillas, tórax y estómago!
—¡La resistencia es lo que más vale! —le ripostaba yo—. ¡No la tendrás!
—¿Por qué? No cargo nada negativo en salud. Mis últimos conteos son espectaculares. Establezco mis tiempos y distancias, con cierto excedente. Si hubiera maratón para aficionadas como yo, otro sonido escucharías. Es lo que pretendo: debe haber una primera vez, o una debutante; después, otras me seguirán. Estímulo o apoyo. Mi cerebro me ayuda: inyecta placer mientras corro, troto o duermo. Es mi aliado.
La busco hoy. Nuestros diálogos y porfías me hacen muecas al recordarlos; mi rostro se torna compulsivo.
¡Oh!… ¡Ahí está! Un círculo de personas la rodea; amplio, porque ella está en el centro y ocupa gran espacio. Tiene un papel en la mano y el rostro sonriente.
Me acerco… Una niña, que exhibe gran sobrepeso, abandona el grupo gritando:
—¡APROBADO EL MARATÓN PARA GORDAS! ¡VIVA YO!
