El viaje a Higüey me devolvió un poco de esperanza. Después del Bacá, sentía que la oscuridad me había marcado. Necesitaba luz, aunque fuera prestada. Y en la República Dominicana no había símbolo más poderoso que la Virgen de la Altagracia.
Llegué al pueblo en plena mañana. El aire olía a café recién tostado y a incienso. La basílica, con su arco enorme apuntando al cielo, dominaba el paisaje. A sus pies, cientos de fieles entraban y salían con velas, rosarios, estampitas.
Entré con ellos. El interior estaba iluminado por vitrales de colores, y en el altar mayor brillaba el famoso cuadro de la Virgen: una imagen sencilla, casi ingenua, con María inclinada sobre el Niño Jesús.
Me impresionó la devoción de la gente. Había mujeres de rodillas, hombres con lágrimas en los ojos, niños dejando flores. Todo el país parecía condensarse en ese acto de fe.
Un anciano me habló en voz baja:
—Aquí no solo se piden milagros. Aquí se reciben. Y algunos, señor periodista, son más de lo que uno desea.
No supe qué contestar.
En una esquina encontré a una mujer llamada Juana, de unos cuarenta años. Me contó que había venido desde San Pedro de Macorís porque su hijo estaba enfermo.
—No había cura —dijo—. Los médicos lo desahuciaron. Pero vine aquí, recé toda la noche. Y al volver al hospital, el niño estaba sano.
Vi la fe brillar en sus ojos. No era mentira. Para ella, aquello era tan real como el aire que respiraba.
Sin embargo, bajó la voz al añadir:
—Desde entonces, él no duerme tranquilo. Dice que ve sombras en su cuarto. Dice que la Virgen le devolvió la vida… pero que algo se quedó mirándolo.
Se estremeció y yo con ella. Me quedé en la basílica hasta la noche, observando. Los fieles seguían llegando, algunos en peregrinación de rodillas. En un momento, una mujer anciana gritó, se levantó de su silla de ruedas y caminó, mientras todos aplaudían y lloraban.
Yo quise alegrarme, pero algo en su rostro me perturbó. Sus ojos no miraban al altar, sino hacia el vacío, como si una presencia invisible la guiara.
De pronto, la mujer cayó desmayada. El murmullo se volvió caos. La cargaron entre varios, y al pasar cerca de mí, escuché cómo sus labios murmuraban una frase incomprensible en un idioma que no parecía español. Sentí un escalofrío.
Decidí hablar con un sacerdote de la basílica. El padre Esteban me recibió con paciencia.
—Los milagros —dijo— son reales. Pero no todos provienen de la misma fuente. El demonio también sabe conceder favores, si con eso logra confundir.
Su mirada se endureció.
—Y a veces, periodista, la fe de la gente abre puertas que deberían permanecer cerradas.
No dormí esa noche. De regreso a mi habitación, abrí la libreta. El mensaje estaba allí, escrito con esa caligrafía que ya conocía demasiado bien: “No confundas milagro con redención. Lo que brilla también quema.”
Me quedé observando la frase una y otra vez, con el eco de la anciana que caminó y luego habló lenguas extrañas. Pensé en Juana y en su hijo, que veía sombras. Pensé en la posibilidad de que, en mi búsqueda de verdad, estuviera caminando en un terreno donde ni siquiera la fe ofrecía protección total.
Y por primera vez desde que había llegado al país, sentí que la oscuridad no solo me rodeaba: empezaba a entrar en mí.
Capítulo 8. El callejón de los fantasmas en Santo Domingo
Volver a Santo Domingo después de Higüey me resultó extraño. La ciudad bullía como siempre: vendedores de frutas en las esquinas, turistas recorriendo la Zona Colonial, motocicletas que zumbaban como enjambres. Todo parecía normal, demasiado normal, después de tantas experiencias en el interior del país.
Sin embargo, ya sabía que en este lugar lo cotidiano escondía grietas. Y en una de esas grietas se encontraba el Callejón de los Fantasmas, al que todos aludían con un gesto nervioso, pero que nadie señalaba en un mapa.
Comencé preguntando en cafés del centro histórico. Algunos se reían:
—Eso es para asustar muchachos.
Otros se ponían serios y cambiaban de tema. Finalmente, un taxista veterano, de nombre Camilo, accedió a hablar:
—Usted quiere problemas, periodista. Ese callejón no sale en los planos, pero está. Queda detrás de unas casas viejas, cerca de la iglesia de Regina Angelorum. Solo aparece de noche.
—¿Cómo que “aparece”? —pregunté.
Camilo me miró de reojo.
—Es como si la calle cambiara de forma. Usted dobla una esquina y, de pronto, está allí. Y si tiene mala suerte, no sale nunca.
Decidí ir solo. A medianoche caminé por la Zona Colonial. Las farolas iluminaban los adoquines húmedos. La catedral, imponente y silenciosa, parecía mirarme con severidad.
Di varias vueltas hasta que encontré un pasaje estrecho, uno que no recordaba haber visto antes. Dos paredes descascaradas lo cerraban, y más allá solo había oscuridad. Un letrero oxidado, apenas visible, decía: Callejón de los Fantasmas.
Me temblaron las manos. Pero avancé. El aire se volvió denso. Mis pasos resonaban como si alguien más caminara detrás de mí. La pared de la izquierda tenía marcas extrañas, como rasguños. A la derecha, viejas puertas tapiadas con madera.
De pronto, escuché susurros. Primero ininteligibles, luego cada vez más claros: “Fidel… Fidel…”. El corazón me dio un vuelco. Nadie sabía mi nombre allí.
Apuré el paso. Pero el callejón se alargaba sin fin. No había salida. Las sombras comenzaron a tomar forma. Rostros desfigurados surgían en las paredes: ojos vacíos, bocas abiertas en gritos silenciosos. Reconocí algunos. El hombre muerto en La Isabela. La anciana que caminó en Higüey. El perro negro del Bacá. Todos estaban allí, mirándome, reclamándome.
El aire se heló. Una figura se materializó frente a mí: la mujer de cabello larguísimo, la Ciguapa.
—Te lo dije, Fidel —susurró con su voz hipnótica—. El camino es hacia mí.
Intenté retroceder, pero los muros se cerraban. De pronto, una campana sonó a lo lejos. Era el tañido de medianoche de la catedral. El sonido atravesó el callejón como un rayo. Las figuras se retorcieron, gritaron y se deshicieron en humo. El callejón vibró y, en un parpadeo, me encontré de nuevo en una calle normal, frente a la iglesia de Regina Angelorum. El letrero había desaparecido.
Regresé al hotel con las piernas temblando. Abrí mi libreta. Allí estaba la frase escrita con esa caligrafía que ya conocía: “No huyas. El callejón eres tú.”
Cerré la libreta con un golpe. Por primera vez sentí que ya no había distancia entre lo que investigaba y lo que era. Las leyendas no solo me rodeaban: estaban empezando a habitarme.
La autora del artículo es estudiante de la Licenciatura en Lengua y Literatura en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).
