Capítulo 9. El misterio del Lago Enriquillo

BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA
Especial para elCaribe

El viaje al suroeste fue largo y sofocante. La carretera atravesaba tierras áridas, cactus y matorrales que parecían pertenecer a otro mundo. Finalmente, la vastedad del Lago Enriquillo apareció ante mis ojos: un espejo de agua inmenso, grisáceo, rodeado de un paisaje seco y calcinado por el sol.

No era un lago cualquiera. Estaba situado a más de cuarenta metros bajo el nivel del mar, con agua salobre, como si el océano hubiese quedado atrapado en el corazón de la isla. Y en sus orillas se movían lentamente los cocodrilos, únicos en el Caribe.

Los lugareños me habían dicho que aquel lago era un umbral. Que en sus aguas se escuchaban voces, que a veces se veían luces como de hogueras en las islas que emergían de su centro.

En un colmado cercano, un anciano me habló con reverencia:

—Este lago lleva el nombre de Enriquillo, el cacique taíno que se rebeló contra los españoles. Dicen que su espíritu aún protege estas aguas. Pero no es el único. Aquí se cruzan mundos.

Me contó que en noches sin luna se aparecían los behíques, sacerdotes taínos, caminando sobre el agua, y que quienes los veían quedaban marcados para siempre.

Contraté una pequeña barca para recorrer el lago al atardecer. El barquero, un hombre moreno y callado, aceptó a regañadientes.
—Yo lo llevo, pero no me quedo hasta de noche —advirtió.
El sol caía como plomo sobre la superficie inmóvil. A lo lejos, la isla Cabritos se levantaba como un montículo reseco. Las aves revoloteaban sobre ella, y el eco de sus graznidos se perdía en el viento.
Mientras avanzábamos, el barquero murmuró:
—Mire bien, periodista. Este lago devuelve lo que usted trae dentro.
No entendí la advertencia.
Al llegar cerca de la isla, el cielo comenzó a oscurecer. Entonces lo vi: pequeñas luces anaranjadas, como hogueras, encendiéndose y apagándose en la orilla.
—¿Fuegos? —pregunté.
El barquero negó con la cabeza.
—No hay nadie ahí. Son los espíritus de los que se ahogaron buscando oro.
Las luces parecían llamarme. Sentí el impulso de saltar del bote y nadar hacia ellas. Pero el barquero me sujetó del brazo con fuerza.
—No mire tanto. Se lo llevan.
De pronto, el agua alrededor del bote se agitó. Entre las olas emergió una figura: un hombre alto, desnudo, con piel cobriza y cabellera larga. Llevaba un arco en la mano. Sus ojos eran dos brasas encendidas.
—Enriquillo… —susurré sin querer.
El espectro apuntó su flecha hacia mí. No habló. Solo me observó con una intensidad insoportable.
El barquero gritó una oración y remó con furia hacia la orilla. El agua se cerraba detrás de nosotros como si algo nos persiguiera. Llegamos a tierra jadeando. El barquero se negó a mirarme a los ojos.
—Usted no debía venir. Ahora el lago lo tiene.
Lo vi alejarse sin volver la vista atrás. Yo, temblando, abrí mi libreta. Allí estaba la inevitable frase: “El agua guarda la memoria. Y tú ya flotas en ella.”
Sentí un frío recorrerme el cuerpo, a pesar del calor sofocante. Supe que, de algún modo, el lago me había reconocido. Y que lo que había visto no era una alucinación, sino una advertencia.
Esa noche soñé con hundirme en aguas oscuras, mientras cientos de manos invisibles me sujetaban para no dejarme salir.
Capítulo 10. El desenlace en Santo Domingo
Volver a la capital después del Lago Enriquillo me produjo una sensación de cierre. Como si el viaje circular me hubiera llevado, no solo de vuelta al punto de partida, sino al momento en que todo debía resolverse.
Sin embargo, Santo Domingo no era la misma ciudad que había conocido. Las calles estaban iguales, pero yo ya no era el mismo. Sentía miradas en cada esquina, sombras en cada portal, voces en cada silencio.
Caminé hasta la Zona Colonial, donde todo había empezado con aquella entrevista inocente sobre leyendas. La plaza frente a la catedral estaba tranquila. Turistas fotografiaban palomas, niños corrían. Pero yo veía superpuesto otro mundo: el de las figuras que me habían seguido desde entonces.
La anciana del rosario negro estaba allí, sentada en un banco. Me miró con calma, como si me hubiera estado esperando desde el primer día.
—Ya caminaste suficiente, Fidel —dijo con voz grave—. Ahora entiende lo que viste.
Me senté frente a ella, incapaz de hablar.
—Las historias que recogiste no son cuentos —continuó—. Son la memoria viva de esta tierra. Cada espíritu, cada sombra, cada milagro oscuro es parte de un tejido que nos une. Tú fuiste elegido para mirarlo de frente, porque tu pluma podía llevarlo más allá del rumor.
—¿Elegido por quién? —logré preguntar.
La anciana sonrió apenas.
—Por ellos. Por los que ya te escriben.
Me extendió la libreta. Yo no recordaba habérsela dado. Al abrirla, encontré no una frase, sino páginas enteras escritas con aquella caligrafía ajena. Era mi viaje completo, narrado desde una voz que no era la mía, pero que conocía cada detalle de lo que había vivido.
La tarde cayó y el aire se volvió frío. La plaza se vació de gente sin que yo lo notara. De pronto, estuve rodeado. Las figuras aparecieron una tras otra: la Ciguapa, el espectro de Enriquillo, el perro negro del Bacá, la anciana que caminó en Higüey, los fantasmas del Callejón. Todos en silencio, observándome.
—¿Qué quieren de mí? —grité.
La anciana del rosario respondió:
—Nada más que tu palabra. Escribe lo que viste. Dale forma. Que quede. Así ellos tendrán existencia. Y tú… tendrás paz.
Temblando, comprendí el precio. No podía escapar. Cada paso del viaje me había empujado hacia este momento: el momento en que yo debía ser el cronista de lo invisible.
Abrí la libreta y empecé a escribir, sin detenerme, sin pensar. Las palabras fluían solas, como si me dictaran desde otro lugar. Escribí sobre el Duende, la Ciguapa, el Tesoro Maldito, el Bacá, la Virgen de los milagros oscuros, el Callejón, el Lago. Todo.
Cuando terminé, la plaza estaba vacía. Las figuras se habían desvanecido. Solo la anciana quedaba, sonriendo.
—Ahora ya no son leyendas —dijo—. Son historia.
Me encontré al amanecer en mi habitación del hotel. La libreta estaba sobre la mesa, cerrada. No recordaba cómo había llegado allí.
La abrí con manos temblorosas. Todas las páginas estaban llenas, con mi letra esta vez. Una narrativa completa, coherente, lista para publicarse.
En la última página había una frase final, escrita en aquella otra caligrafía: “Las historias te escogieron, Fidel. Ahora el mundo sabrá que caminan de noche.”
Cerré la libreta. Afuera, Santo Domingo despertaba con su bullicio habitual. El sol brillaba sobre las piedras coloniales. Todo parecía normal, pero yo sabía la verdad: nada volvería a serlo.

Epílogo
Crónica desde la frontera de lo real
Por Fidel Madera
Hay viajes que empiezan con una agenda clara: recopilar datos, entrevistar fuentes, contrastar versiones. Eso hice yo cuando partí hacia la República Dominicana con el encargo de escribir sobre las leyendas más conocidas del país.

Lo que no sabía entonces era que esas leyendas no estaban muertas ni dormidas. Que no eran folclore para engalanar un artículo turístico, sino entidades vivas, heridas abiertas en la memoria de un pueblo, pulsando en las calles, en los montes y en las aguas.

Vi al Duende burlarse de la lógica en un solar de Santo Domingo. Sentí la atracción imposible de la Ciguapa en los pinares de Constanza. Escuché los gritos de soldados fantasmales protegiendo un cofre en las ruinas de La Isabela. Presencié el hambre insaciable del Bacá en San Juan. Me estremecí ante los milagros oscuros en la basílica de Higüey. Caminé por un callejón que existe y no existe en la Zona Colonial. Y en el Lago Enriquillo, un cacique rebelde me apuntó con una flecha desde las aguas.

Cada episodio me fue despojando de la arrogancia del periodista que cree tener control sobre la realidad. Terminé comprendiendo que yo no buscaba historias: eran las historias las que me buscaban a mí.

Lo más perturbador fue descubrir que alguien —o algo— escribía conmigo. Mi libreta, testigo silencioso, se llenaba de frases que yo no había escrito. Advertencias, amenazas, revelaciones. Hoy ya no me pregunto quién las trazó. Acepto que eran la voz de aquello que necesitaba ser contado.

Porque esa es, al fin y al cabo, la tarea del cronista: dar palabras a lo innombrable, fijar en papel lo que de otro modo se disolvería en el miedo o en el rumor.

No pretendo convencer a nadie. El escepticismo es saludable. Solo digo lo que vi, lo que viví. Si alguna noche recorren las calles de Santo Domingo y sienten que alguien los sigue sin estar allí; si en Constanza escuchan un susurro femenino llamándolos por su nombre; si el mar o el lago les devuelve un eco imposible… entonces sabrán que estas líneas no son literatura fantástica. Son la verdad que camina de noche.

Cierro esta crónica con una última cita que encontré escrita en la última página de mi libreta, en esa caligrafía que no era mía: “Las leyendas no necesitan creyentes. Solo necesitan testigos.”
Yo fui uno de ellos.

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