Desde La Habana VIII

En la Plaza San Francisco de Asís, además del convento homónimo en cuyo jardín reposa una escultura de la Madre Teresa de Calcuta, está la Terminal Sierra Maestra, el edificio de la Aduana, la Galería Carmen Montilla, la fuente de los leones y varias esculturas como son la de Federico Chopin sentado en una banqueta frente a la que fuera la casa del Marqués de San Felipe y Santiago de Bejucal, actualmente sede del Hotel Palacio.
Asimismo, se encuentra por allí la obra “La conversación” realizada por el artista contemporáneo francés Étienne Pirot, próximo a la Lonja de Comercio; “El Cruceiro”, escultura tradicional franciscana, así como la pieza monumental que evoca a fray Junípero Serra con un aborigen a su lado.

En medio de este complejo se erige la estatua del Caballero de París, captando la atención tanto de los cubanos como de los extranjeros. Este fenómeno lo atribuimos al entramado histórico que rodea al personaje, la configuración cuasi perfecta en tanto pieza escultórica o, sencillamente, al rumor de que es de buena suerte pisarle un pie, agarrarle el dedo índice y, a su vez, la barbilla, “todo a un tiempo” como reparara alguna vez el Dr. Enerdo Martínez (especialista en arte caribeño). De origen español, López Lledín llegó a La Habana a principios del siglo XX siendo muy joven. Cuentan que perdió la cordura luego de haber estado en prisión acusado de forma injusta. A su salida de la cárcel, empezó a deambular por las calles, fingiendo ser un gran señor, mostrando gran educación y cultura, ganando el afecto de quienes tuvieron la oportunidad de tratarle.

Tanto se ha esparcido el rumor sobre la buena fortuna que depara el Caballero de Paris que su índice ya luce desgastado, mientras que su barbilla y pie izquierdo se muestran lustrosos por el constante roce de quienes se le acercan en busca de mejor destino. Lo cierto es que probablemente ni el propio José María López Lledín hubiese imaginado lo famoso que sería en el tiempo, al encarnar una figura como el Caballero de Paris, en tanto leyenda urbana, convirtiéndose en símbolo de La Habana Vieja.

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