La Bienal Nacional de Artes Visuales, inaugurada en 1942, es el evento más antiguo y emblemático del arte dominicano. Sin embargo, a más de ochenta años, sigue siendo objeto de controversias.
Es indispensable mejorar la presentación de portafolios, establecer un formato unificado para las fichas técnicas y crear un sistema de catalogación visual que acompañe el inventario de obras. Se propone registrar las piezas con imágenes y garantizar el acompañamiento de un personal especializado que revise las bases antes de admitir cualquier propuesta. Además, urge diseñar un programa educativo integral que fomente la formación crítica y curatorial de los participantes.
Es claro que hay una fragilidad institucional. El evento en sí no puede sostenerse sobre la improvisación ni sobre redes informales de comunicación. Es urgente repensar su estructura desde la raíz, transformándola en un proceso formativo y colectivo. En lugar de premiaciones en metálico —que históricamente han sido fuente de disputas—, podría pensarse en residencias artísticas, proyectos curatoriales o fondos de investigación. De esa forma, el reconocimiento se convierte en oportunidad de crecimiento y no en motivo de división.
Invalidar un premio después de haber sido otorgado por un jurado acreditado debilita la confianza en los especialistas y en las instituciones. Pero más grave todavía es no aprender de cada crisis. La Bienal debe rehacerse con comités plurales y permanentes, debe contar con bases revisadas colectivamente, además de mecanismos de documentación y rendición de cuentas que trasciendan los cambios de gestión.
El arte debe medirse por su capacidad de generar preguntas, reflexiones, diálogo. En lugar de descalificar, debemos revisar. Más que culpar hay que buscar soluciones y documentar los procesos. Lo que hoy parece una crisis puede ser, si se asume con madurez institucional, el punto de partida para refundar un evento con carácter, criterio y memoria.
