Damari Núñez
Especial para elCaribe
Luis Cernuda Bidou (o Bidón), nacido en Sevilla el 21 de septiembre de 1902 y fallecido en México D.F. el 5 de noviembre de 1963, es considerado sin duda uno de los grandes poetas españoles y un miembro destacado de la Generación del 27. Su infancia estuvo marcada por una educación estricta debido a la condición militar de su padre. Su interés por la poesía surgió desde niño, siendo las obras de Gustavo Adolfo Bécquer una de sus primeras lecturas y gran influencia. En 1919 comenzó sus estudios de Derecho en Sevilla, donde forjó amistad con su profesor, el también poeta Pedro Salinas, quien lo ayudó con sus primeras publicaciones.
La obra poética de Cernuda, que él mismo recopiló bajo el título Entre la realidad y el deseo (cuya primera edición apareció en 1936), se concibe como su biografía espiritual, utilizando estos dos extremos (realidad y deseo) como fórmula para entender su obra y su actitud vital. Cernuda nunca ocultó su condición homosexual ni en su vida ni en su poesía, una postura que lo llevó a ser considerado un “raro” y un rebelde en la España de la época. La antítesis entre lo que el poeta anhela (el deseo) y la frustrante sociedad o existencia que lo rodea (la realidad) es un tema central en su poesía.
La sección inicial de su obra, Primeras Poesías (1924–1927), se sitúa en su etapa de aprendizaje, reflejando ya esta tensión fundamental, explorando la soledad, la naturaleza y el anhelo del yo poético. Un análisis detallado de las estrofas VII, X y XXI (dentro de esta secuencia inicial) revela cómo Cernuda articula su búsqueda existencial del deseo, del amor y, crucialmente, del olvido, ante la conciencia de una realidad limitante.
La Afirmación del Ser a través del Deseo (estrofa VII).
La estrofa VII comienza con una declaración existencial supeditada a la percepción del mundo: “Existo, bien lo sé, / Porque le transparenta / El mundo a mis sentidos / Su amorosa presencia”. Esta transparencia amorosa del mundo, sin embargo, contrasta inmediatamente con un fuerte rechazo a la realidad inmediata y abstenida. El yo poético expresa su disconformidad con los elementos de su entorno, buscando la liberación y el horizonte en un deseo idealizado: ”Mas no quiero estos muros, / Aire infiel a sí mismo, / Ni esas ramas que cantan / En el aire dormido”.
El verdadero horizonte y la “muda gloria” que persigue el poeta se materializan en una imagen de amor absoluto y absorbente, aunque posiblemente destructivo: ”Quiero como horizonte / Para mi muda gloria / Tus brazos, que ciñendo / Mi vida la deshojan”. La metáfora de la vida que se “deshoja” al ser ceñida por los brazos amados sugiere una entrega total, una consumación que implica pérdida o aniquilación de la vida anterior, en pos de un único y unánime afán: ”Afán de amor y olvido”. Este deseo de olvido es fundamental, ya que ofrece una vía de escape de la realidad (“Soy memoria de hombre; Luego nada”) y prefigura el anhelo de paz y cese del sufrimiento que se desarrollará en obras posteriores.
En la estrofa X vemos cómo se establece el amor no solo como una emoción personal, sino como una fuerza universal y fundamental: ”El amor mueve al mundo, / Que descansa perdido / A la mirada”. La estrofa presenta un momento de transición y revelación; al caer la noche y marcharse las luces cotidianas (“El cotidiano éxodo”), el espacio queda ”solo y quieto”. Es en esta calma donde surge el elemento místico o inspirador: ”Y el ángel aparece; / En un portal se oculta. / Un soneto buscaba / Perdido entre sus plumas”.
La aparición del “ángel” y la “palabra esperada” que ilumina los ámbitos es un claro símbolo de la llegada de la inspiración poética o el resurgimiento del deseo, a menudo visto por Cernuda como una manifestación divina o trascendente, que da un nuevo sentido a la existencia postrada. La consecuencia directa de esta manifestación es la renovación sensorial y la paz temporal: ”Un nuevo amor resurge / Al sentido postrado”. Los sueños olvidados son llevados por el aire, y la ternura se permite el ”Reposo”. Este poema ilustra el ciclo donde el deseo (el amor y el ángel) trae momentáneamente la plenitud, moviendo el mundo del poeta, aunque esté destinado a ser efímero.
La estrofa XXI traslada la acción a la noche, donde la luz se retira y la sombra invade el espacio: ”Va la sombra invasora / Despojando el espacio / Y la luz fugitiva / Huye a un mundo lejano”. En este interior desértico, la lámpara se convierte en la única defensora del recinto, simbolizando la conciencia o la luz interior que resiste la oscuridad.
Sin embargo, a pesar de la defensa de la luz interior, la reflexión final es melancólica y existencial. La soledad, aunque “necesaria” y apacible, se resucita ”Cuán vanamente atónita”. El poeta se confronta con la ambigüedad de la existencia y la duda sobre lo real: ”¿Soñar? Soñaremos que sueño”. La paz alcanzada no es la plenitud del deseo realizado, sino la cesación de la lucha, una rendición que conduce al olvido: ”Es la paz necesaria. / No se sabe; se olvida”. El poema concluye con la aceptación de una realidad nocturna que acuna una ”dicha vacía”. Este oxímoron, “dicha vacía,” resume la melancolía temprana de Cernuda: el logro de la calma se da a costa de la plenitud vital, disolviendo el ser en el olvido.
Para finalizar, estimo que las estrofas VII, X y XXI de Primeras Poesías establecen los pilares del universo lírico de Luis Cernuda. En ellos se perfila la identidad del poeta, que se siente confirmado por la presencia del mundo pero rechaza su confinamiento (VII). El deseo, o el amor, aparece como una fuerza transformadora y cósmica que trae la inspiración y el resurgimiento (X), aunque de manera temporal. Finalmente, el camino de Cernuda hacia la paz (XXI) no es la victoria del deseo sobre la realidad, sino la aceptación de la soledad y la llegada a una “dicha vacía” a través del olvido. Estos versos iniciales ya reflejan la dicotomía realidad/deseo y la constante búsqueda de una verdad trascendente que sólo se logra a través de una anhelada aniquilación o el “afán de amor y olvido”.
Si la vida del poeta es una lucha constante por armonizar el anhelo interior con la aspereza del mundo, estas estrofas representan los destellos de una fe en el deseo que, al chocar con la realidad, busca refugio en la luz tenue de la conciencia solitaria antes de caer en la sombra y la “paz necesaria” del no ser.
