PUBLICIDAD X
CONTINUAR A ELCARIBE.COM.DO

Todo dominicano sabe lo que fue la Era de Trujillo, de una manera u otra

Por el “Obelisco Hembra” salían los jonrones hacia el mar en la época en que el Memphis vigilaba callado y encallado y cuando tuvimos un presidente, o gobernador norteamericano llamado Harry Shepard Knapp representando al Presidente Woodrow Wilson.

Era la Era, que apenas tenía 10 años y después que Tomás Hernández Franco escribiera “La más bella Revolución de América”. La importancia de ese monumento es que en ese momento quedaba como testigo de que la República Dominicana cancelaba su deuda externa de unos US$ 9,271,855.55. “Un viaje e cuaito”, en esa época. Podría verse como una de esas excentricidades de Trujillo. ¿Pero por qué erigir un monumento para marcar el fin de una era de dependencias y amarres que venían desde que Ulises Heureaux había tomado aquellos préstamos para construir la famosa línea de tren que iba desde Sánchez (en la bahía de Samaná) hasta Puerto Plata, pasando por Moca, Tamboril, Santiago, Altamira? Aunque algunos tramos fueron hechos luego por Horacio Vásquez.

Ese préstamo, al igual que los intentos de vender la bahía de Samaná, fue el primer elemento para que desde el extranjero se sintieran con derecho a dominar nuestra nación. Fue ese el gran pretexto para ocupar el país en el 1916. La culpa era del “dictador y sanguinario” Ulises Heureaux. Mon Cáceres, que le sucedió hasta el 1911, no fue capaz de cumplir con los compromisos contraídos por los gobiernos anteriores. ¿Y cómo?, si las aduanas pasaron a ser abusivamente controladas por los visitantes del 16. Ese control forzado duró 8 años. Ocho años de cobros que equivaldría a varias veces el monto adeudado. Pero nadie dice que en realidad fue desde el 1905 que se pagaba el 55% de las entradas por aduanas a Estados Unidos. El Estado adquirió el National City Bank que pasó a ser el Banco de Reservas así como la Compañía de Electricidad que devino en la Corporación Dominicana de Electricidad o CDE. Lo que quiere decir que las aduanas estaban en poder de Estados Unidos durante los gobiernos de Mon, Horacio Vásquez y el mismo Trujillo hasta que se firmó el acuerdo y se finiquitó la deuda.

Por eso Trujillo se apresuró a pagar hasta el último chele endeudado de manera que le asegurara no volver a tener “administradores” aduanales extraños.

Todo dominicano sabe lo que fue la Era de Trujillo, de una manera u otra.

Luego del ciclón de San Zenón, que arrasó la ciudad, Trujillo construyó El Puente Duarte, El Palacio de Gobierno, La Voz Dominicana, El Manicomio del 28, El Monumento de Santiago, El Obelisco “Macho”, etc.
Desde hace mucho tiempo, se ha intentado demoler El “Obelisco Hembra”, (en realidad, Monumento a la Independencia Financiera o “Trujillo-Hull”, construido por los arquitectos españoles Joaquín Ortiz García y Tomás Auñón Martínez e inaugurado un 29 de febrero de 1944) como si fuese un acto machista contra la feminidad.

Hull y no Hulk, era el representante norteamericano Cordell Hull, famoso por haber sido partícipe en la creación de la ONU, pero también por ser uno de los responsables en negarle el asilo a miles de judíos proveniente de Rumania y otros lugares de Europa, condenados por el nazismo. Con el apoyo de Franklin Roosevelt fue nombrado Premio Nobel de la Paz en el 1945, lo que debió atribuírsele a Eleonor, la esposa del presidente, por sus esfuerzos para que se permitiera la entrada de los perseguidos.

Haciendo la comparación, el obelisco macho, representa más la tiranía que el hembra puesto que él marcó el inicio de cambio de nombre de la ciudad. Ese obelisco recuerda el momento en que la adulonería se casó con la megalomanía para designar a Santo Domingo como Ciudad Trujillo, una propuesta de Mario Fermín Cabral y Baéz, aunque banilejo, senador por Santiago. Construído en 1936 por Alfredo González Sánchez y el ingeniero Rafael García Bonelly, fue inaugurado el año siguiente. Ninguno de los dos debe ser destruído.

¿Tendríamos que derrumbar los dos “obeliscos”, El Palacio de Gobierno, El Monumento de Santiago, porque fueron construidos para satisfacer a Trujillo? ¿Deberíamos borrar el mural del Banco de Reservas de la Católica y de ñapa todos los otros murales de Vela Zanetti? Si aplicamos la misma lógica deberíamos derrumbar El Faro a Colón, un proyecto que hace homenaje al invasor que masacró a casi todos los aborígenes de la isla.

En la época de Chávez, una estatua a Colón en Caracas fue destruida por considerarse una aberración. Colón, decían los derrumbadores, era un ladrón y por tanto no merece una estatua. Igual suerte tuvo Leopold ll de Bélgica por sus crímenes y saqueo en el Congo. Robert Lee, el sudista de la guerra de Secesión, ya no es el héroe que simbolizó en sus esculturas. Todas esas esculturas deberían estar en el museo de la civilización y no en plazas públicas rindiéndoles homenaje.

En España casi todas las estatuas de Franco han ido desapareciendo a pesar del Partido Popular de Rajoy y por el sentimiento nazi que nunca fue proscrito allí y que hoy se fortalece en Europa como si nada. “¡¿Po tamo loco?!

De hecho, todas las estatuas a Trujillo fueron destruídas cuando cayó la Era.

En Santo Domingo arrastramos una cuestión de institucionalidad con respecto a la “administración de obras de arte públicas” (estatuas, bustos, monumentos, etc.) porque eso es y debe ser, por lógica, atributo, función del Ministerio de Cultura lo mismo que los nombres de entidades artísticas.

No pueden los diputados ni los senadores determinar que el Teatro del Cibao se llame Johnny Pacheco que no hizo nada por Santiago y aunque fue un salsero destacado, hoy día muchas de sus salsas contienen un machismo, racismo y misoginia inaceptables. Tanto el Ministerio de Cultura como la Academia de la Historia tendrían que tener estos atributos porque se ha demostrado que muchísimos diputados no saben absolutamente nada de nuestra identidad e historia.

Ni el Ayuntamiento, que está para velar por la limpieza de la ciudad, ni la Policía, ni ningún sindicato ni embajada puede andar por ahí colocando “obras” de arte de manera medalaganaria.

Para eso está el Ministerio de Cultura quien, de manera profesional debe saber dónde y qué colocar. No puede ser un carajo de la vela que quiera sembrar de toros la ciudad colonial porque sea amigo de un escultor que los haga. Menos que alguna embajada quiera erigir una escultura de la pareja perfecta, del amor perfecto, etc. Por esa política medalaganaria se buscó a un escultor de figuras abstractas para hacer aquel horrible busto a Don Juan y que duró algún tiempo frente a la Biblioteca Nacional. ¡Ni el Dumbo de Disney tenía las orejas tan grandes!

¿Había que demoler el Jaragua porque ya era obsoleto y porque fue Trujillo quien lo hizo? La lucha por impedirlo fue titánica. Los millones le pasaron por encima al arquitecto Emilio Brea, cuya única intención era conservar el patrimonio cultural. Con ese mismo empeño trabajó para impedir que se destruyera el mismo “Obelisco Hembra”.

En Santiago tumbaron la casa del pintor Yoryi Morel y nadie dijo nada y harán lo mismo con la de Tomás Morel, su museo folklórico situado en la Restauración. Serrulle arrasó con el último vestigio arquitectónico de los inicios de Santiago, aquella casa de Los Pepines que sobrevivió al incendio de 1863, perteneciente al general restaurador Teodoro Gómez.

Todo eso es parte de nuestra historia, de nuestro patrimonio cultural y Trujillo es parte de ella, que no se puede borrar. Su paso por la Historia debe ser explicado debidamente para que no vuelva a ocurrir una tiranía similar. Eso es otra cosa.

Un gran error fue saquear los locales del Partido Dominicano. Hoy conociéramos más las interioridades de los trujillistas si sus archivos hubiesen sido salvados y los calieses debidamente enjuiciados.

Si se quiere hacer un monumento, una escultura a los héroes de abril, a los “gavilleros”, que se exponga como necesidad de rendirle homenaje justo con los criterios profesionales del Ministerio de Cultura, de manera que se evite un adefesio panfletario y arcaico. Que se ubique un espacio-plaza sin tener que demoler la historia.

Posted in Cultura
agency orquidea

Más contenido por José Mercader