El regreso de las naves (1)

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Réplica de la nao Victoria, primera embarcación que dio la vuelta al globo.

El día 6 de septiembre del año 1522 entró la desvencijada nao Victoria en el puerto de Sanlúcar, España, con apenas dieciocho hombres a bordo. Estaba al mando de Sebastián Elcano y había dado la vuelta al mundo. Durante más de tres años, desde el 10 de agosto de 1519 hasta el 8 de septiembre de 1522, Antonio Pigafetta había documentado los pormenores de la azarosa travesía, pero en ningún momento menciona el nombre de Sebastián Elcano. Y además —como se verá más adelante— es posible que la crónica de Pigafetta que conocemos sea apenas un resumen, una apretada síntesis de todo lo que escribió.
La historia posterior al regreso de los hombres y las tres naves que sobrevivieron al primer viaje de circunnavegación del mundo es un dechado de intrigas, una historia tan apasionante como indignante, y ha sido contada de muchas maneras, pero yo prefiero una en particular. Una que me seduce de un modo especial. Ahora el narrador no es Pigafetta sino alguien mejor surtido en cuanto a recursos narrativos. Alguien que sabía elevar la tensión de cada peripecia en grado máximo y convertir al lector en espectador de los hechos que narraba: Stefan Zweig.

En su libro sobre Magallanes ( “La aventura más audaz de la humanidad “), Stefan Zweig dedica el último capítulo (“Los muertos no tienen razón”) al recuento de lo que sucedió a partir de la llegada de la nao Victoria a España. Stefan Zweig leyó todo lo que tuvo a su alcance para escribir la obra y estaba bien documentado, pero lo que escribió no fue un libro de historia, sino una historia novelada. Aun así, no hay que poner necesariamente en duda todo lo que afirma. De hecho, la narración puede ser tan confiable o fantasiosa como la de Pigafetta, aunque mucho más, infinitamente más novelesca:

Capítulo 13
Los muertos no tienen razón

Stefan Zweig
La impetuosa multitud se reunió en la ribera sevillana “para contemplar -según escribe Oviedo- este último barco famoso; la expedición en que tomó parte representaba la cosa más prodigiosa y el acontecimiento más grande que se hayan visto desde que Dios creó al primer hombre y el mundo”. Conmovidos, no pueden apartar los ojos de los dieciocho hombres del Victoria que salen del barco y, semejantes a esqueletos, pisan la tierra vacilantes, como contando los pasos, flacos, terroso el color, agotados y enfermos, héroes innominados que han envejecido diez años durante aquellos tres interminables. Rodéanlos, jubilosos y apiadados; les ofrecen manjares y bebidas reparadoras, les invitan en los hogares, les hacen contar una y otra vez sus aventuras, sus penalidades. Pero los repatriados rehúsan. Más tarde habrá tiempo de eso. Ahora han de cumplir la primera obligación, el voto que hicieron hallándose en trance mortal: la peregrinación a la iglesia de Santa María de la Victoria y de Santa María Antigua. El pueblo, guardando respetuoso silencio, forma una doble hilera para ver pasar a los dieciocho supervivientes, descalzos, vistiendo túnicas blancas, con sendos cirios encendidos, hacia la iglesia. Quieren dar gracias a Dios en el mismo sitio donde se despidieron, por la inesperada gracia de haberlos salvado de apuros tan grandes y devuelto a su patria. Vuelve el órgano a elevar sus acordes, levanta nuevamente el sacerdote, por encima de los penitentes arrodillados en la penumbra de la catedral, la custodia, semejante a un diminuto sol radiante. Cuando han dado las gracias al Todopoderoso y a los santos por haberlos salvado, tal vez formulen también los marineros una oración por todos los hermanos y camaradas muertos, a cuyo lado habían rezado, unánimes, tres años antes.
¿Dónde están los que entonces levantaban los ojos hacia Magallanes, su almirante, en el acto de desplegar la bandera de damasco que el rey le confiaba y el sacerdote bendecía?
Ahogados en el mar, asesinados por los indios, muertos de hambre y sed, perdidos o prisioneros... Y ahora, ellos solos son los que, elegidos por el destino en sus inescrutables misterios, gozan del triunfo y reciben las bendiciones. En voz baja, y con los labios temblorosos, rezan los dieciocho la oración de los difuntos en memoria del caudillo y de los doscientos muertos de la Armada.

Con alas de fuego rueda, entre tanto, la noticia de su feliz arribo, y despierta en toda España, primero, la atención de todos, y luego la admiración sin límites. Ningún otro acontecimiento desde el viaje de Colón ha entusiasmado hasta tal punto a los contemporáneos. Toda inseguridad ha desaparecido. La duda, esa enemiga encarnizada de toda humana ciencia, ha sido vencida en el campo geográfico. Desde que una nave salió del puerto de Sevilla hasta que ancló de regreso en el mismo puerto, ha sido probado incontestablemente que la Tierra es una esfera giratoria y que todos los mares forman un solo mar continuo. Por fin, la cosmografía de griegos y romanos ha sido superada, y vencida la oposición de la Iglesia, y la fábula ingenua de los antípodas que andan cabeza abajo. Ha quedado fijada para todos los tiempos la medida de la órbita de la Tierra; vendrán todavía otros valientes descubridores a contemplar la afirmación con otras particularidades de la forma terrestre, Pero la afirmación básica se debe a Magallanes y se mantiene incólume hasta nuestros días y para los sucesivos. La Tierra tiene puestos sus lindes y la Humanidad disfruta de su conquista. Con esta jornada histórica queda ensalzado el orgullo de la nación española. Bajo el pabellón español empezó Colón el descubrimiento del mundo, y bajo el mismo pabellón lo ha completado Magallanes. En un cuarto de siglo, la Humanidad ha aprendido más sobre su habitación terrestre que durante los miles y miles de años anteriores.
Instintivamente, la generación que en la dicha y la embriaguez de la gloria ha presidido esta transformación en el solo espacio de una vida, se siente poseída de esta realidad: un tiempo nuevo, la Edad Moderna, ha comenzado.

General es el entusiasmo ante el logro imponente que representa para el espíritu el cumplido viaje. Los mismos empresarios comerciales que armaron la flota, la “Casa de Contratación” y Cristóbal de Haro, pueden regocijarse. Ya daban por perdidos los ocho millones de maravedíes desembolsados para los cinco barcos, y de pronto, el único de éstos que vuelve a sus lares, no solamente nivela con su carga la partida, sino que deja todavía una insospechada ganancia. Los quinientos veinte quintales de especias que ha traído el Victoria de las Molucas dejan una ganancia limpia de unos quinientos ducados oro. El cargamento de un solo barco compensa de la pérdida de los otros cuatro. Una cuenta en la cual, a decir verdad, queda reducida a cero la otra pérdida: doscientas vidas humanas.

En la extensión del mundo, sólo una docena de hombres sienten de pronto oprimido el corazón al saber que un barco de la Armada de Magallanes ha dado la vuelta al mundo y ha vuelto felizmente al hogar. Son estos hombres los capitanes sublevados y su piloto, desertores con el San Antonio, en el cual llegaron a Sevilla un año antes; como toque de difuntos suena en sus oídos el grato mensaje. Se habían mecido en la esperanza de que aquellos peligrosos testigos y acusadores jamás volverían a España, en el protocolo judicial extendieron la papeleta de defunción a los valientes argonautas: “Al juicio y parecer de los que han venido, no volverá a Castilla el dicho Magallanes.” Con tal seguridad habían dado por supuesto que las naves y sus tripulantes se estaban pudriendo en el fondo del océano, que desaprensivamente, callando su rebelión, se alababan ante la Comisión investigadora de un acto de patriotismo y escondían el hecho de que Magallanes había hallado ya el derrotero en el momento crítico en que le abandonaron. Sólo hablaban muy someramente de una bahía en la cual habían entrado y de que la ruta buscada por Magallanes se revelaba “inútil y sin provecho”. Eran, en cambio, graves las acusaciones que hacían al ausente. Decían que se había deshecho arteramente de los hombres de confianza del Rey para dejar la flota a disposición de los portugueses, y que si ellos habían conseguido salvar su barco fue gracias a haberse apoderado de Mesquita, el primo de Magallanes, que éste había pasado de contrabando. (Stefan Zweig, “Magallanes, La aventura más audaz de la humanidad”), https://www.biblioteca.org.ar/libros/131355.pdf).

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