Fredesvinda Halls Budajir de Collado

Don Simon Halls y Tomasina Budajir llegaron en el mismo tren que José Sesin Abinader (abuelo del presidente)

En 1920, Santiago es un pueblo pequeño e intranquilo desde que los soldados de la ocupación norteamericana izaron la bandera de las estrellas y barras rojas, como si imitaran las de una prisión.

Ya, 60 años atrás, cuando la anexión, se había vivido la misma angustia de la dominación extranjera. La soldadesca norteamericana repetía aquellos episodios odiosos de Buceta molestando a la ciudadanía desde temprano, humillando a los infelices vendedores ambulantes, abusando de los comerciantes.

La bandera, en el tope de la torre de la Fortaleza San Luis, era, más que un insulto, un acto repugnante, parecía más bien un sello maligno.

Los norteamericanos, que tenían el control de las aduanas para cobrar, abusivamente, una deuda que ningún gobierno honró, decidió, más que por un acuerdo con aquella Comisión de Peynado, Horacio, Meriño con Mr. Hughes, retirarse en cuatro años.

Existía la presión de los gavilleros y de Ercilia Pepín que dictaba conferencias por todos lados en pro de que la República Dominicana recuperara su soberanía.

En ese ambiente, del Santiago del Ferrocarril Central Dominicano, los aguateros abasteciendo cada casa, cada comercio; La Tabacalera, antigua Habanera, perfumando las calles por el lado sur cercano a La Barranca; el recién inaugurado Puente Yaque; el luto de dos años por la ida sin retorno del poeta popular Juan Antonio Alix; las melodías que retumbaban en el Parque Central frente al Centro de Recreo con las voces de aquel limpiabotas puertoplateño de apellido Brito, es cuando nace Fredesvinda Halls Budajir.

Era el momento que culminaba la gran emigración árabe o turco-libanesa cuando el Imperio Otomano se desgranaba en Oriente Medio desde 1880. Ahora llegaban a Santiago para enriquecer el comercio como lo hicieron las familias Yapur Dumit, los Fadul, Haché, Sued, Sadhalá, Tallaj, Zaiek, Zouain, Tactuk, Khouri, Abinader…

Don Simon Halls y Tomasina Budajir llegaron en el mismo tren que José Sesin Abinader (abuelo del presidente) cuando el barco que los trajo de España atracó en el muelle de Puerto Plata.

Simón se radicó en la calle Las Rosas frente a la casona que les sirvió a los restauradores para instalar el primer gobierno después de la anexión cuando Pepillo Salcedo, muy jovencito, se constituyó en el primer presidente de la dignidad y orgullo patrio. En ese lugar, 8 años después, la Srta. Ercilia Pepín construyó su famosa Escuela México, bautizada en honor a la Revolución de Pancho Villa y Zapata.

En ese Santiago pobre, polvoriento, creció doña Fredé. Allí inició sus estudios primarios en alguna escuela cercana y los completaría en la México que le quedaba al cruzar la calle.

Alrededor de 1933 ingresó a la Escuela Normal Ulises Francisco Espaillat (hoy Onésimo Jiménez), también llamada El Liceo en la época en que Sergio Hernández era profesor de Historia. Ella eligió el cuarto especializado en ciencias físicas y naturales del que se graduó como bachiller. Ya para ese momento, don Sergio era el director y Trujillo se consolidaba como el férreo gobernante que mantuvo el poder hasta 1961.

Los estudios en la recién abierta Academia Santiago de Antonio Cuello (local que aún existe en la Sánchez con Sol, encima de los pollos Kentucky) le sirvieron para conocer la contabilidad, aumentar sus conocimientos de matemáticas y dominar el teclado, con los ojos cerrados, de las Underwoods del salón de mecanografía, lo que le sirvió para redactar cartas y poemas de don Juan, con quien casó.

Llegaron a Tamboril en 1940, cuatro años después de la muerte de don Sergio en Moca.
La escuela que dirigía Amantina López frente al parquecito del “Joyo de los Perros” llevó el nombre de aquel ilustre profesor.

En 1954 se inauguró la escuela nueva construida con el mismo plano que Trujillo aprobó para el país y con el mismo ritmo que edificaron el Partido Dominicano como si fuera una competencia con las iglesias. A esa escuela la nombraron Sergio A. Hernández frente a la Estación Tamboril del ferrocarril, cuando este hacía dos años que había sido desmantelado.

A don Juan Antonio collado lo nombraron director y a doña Fredé, profesora. Ese plantel lo ocupa hoy el Braulio Paulino desde que se hizo la nueva escuela en la misma avenida Altagracia y que tomó el nombre de don Sergio, signo que marcó el cambio de los tiempos, reemplazando autoridades cultas.

Al llegar doña Fredé a la Sergio, que era como se le llamaba simplificadamente, ya tenía una gran experiencia como profesora en La Academia Santiago en la que aprendió de su director, la profesionalidad de ejercer el magisterio combinando amabilidad con rigurosidad. Para ella la disciplina era fundamental en el éxito de los estudios. Y era la misma actitud generalizada en todo el país, siguiendo las normas dictadas desde las más altas instancias y que fueron aplicadas por don Juan y doña Fredé y el cuerpo profesoral que los acompañó.

Aunque parecía un manual exigente, era coherente con la política asumida en todas las instituciones públicas: las filas obligatorias, hembras por un lado y varones por el otro; las marchas marciales en desfiles conmemorativos obligatorios; los ejercicios de educación física que en cierto momento emulaban los de La Guardia con sus rifles de palo, uniforme impecable de kaki, corbata negra y gorra de tela; el izamiento puntual, a las 8 rayando, con su canto correspondiente “…a las clases, que ya es hora…”

Y tanto don Juan como doña Fredé tuvieron que ser fieles guardianes de ese comportamiento escolar que les tocó vivir.

Del matrimonio con don Juan, tuvieron la dicha de tener dos hijas ejemplares para Tamboril: Albanery e Icelsa. La primera era el retrato de su padre de quien heredó la pulcritud, rectitud y honestidad, lo que demostró con creces ejerciendo como jueza en Santiago. La segunda, la imagen viviente de su madre, posee la calma, humildad y espiritualidad que la hace ser una de las personas más serviciales y sociables de esta comunidad, donde ha vivido toda su vida.

El Tamboril de ese entonces era tan pequeño que parecía que en él vivía una sola familia donde todo el mundo conocía la tienda de Bololo, el colmado de Euclides, a Víctor y Minón en la Farmacia La Fe, al dr. Ico Martinez, a Cachipo y su afán justificado de querer tumbar el gobierno desde las filas del 14 de Junio; al profesor Fausto Germosén, al músico Usaíno, a los locutores Cheita, McDougald, Arismendy; el pan de Pikilín, las diablerías, en las patronales, de Franciquito La Perra; los volibolistas que arrasaban en todos los campeonatos regionales; los tabaqueros con la V de la Victoria atribuida al triunfo de Horacio en el 24; el Anillo de Oro de Abreíto; La Flor de Licey, los Norys, Palma; los salchichones de los Dajer y don José Espaillat y tantos más que la conocían y respetaban.

La Escuela Sergio A. Hernández fue construida en el mismo año en que la capilla Santa Ana pasó a ser Parroquia San Rafael y cuando el pañete del Ayuntamiento aún estaba fresco y recién pintado en 1954.

El antiguo revolcadero de burros, que había sido el play del pueblo, se convirtió en el Parque donde guayaeros, billeteros, vagos, feligreses, limpiabotas, borrachos, se mezclaban junto a las palomas, debajo de aquel inmenso laurel que les daba su sombra, desinteresadamente, y que el Miedo Ambiente se llevó, como el viento de aquella película.
Los carros circulaban con la frecuencia del caer de las hojas de almendra en febrero para llevar a tamborileños y cebos al pueblo. Allí se orientaban a partir de la tienda La Elegancia de José Gutiérrez. Fin, Chencho, el Piloto, el Cacú, Chanchán, Felix Reynoso, Pablito “el Cagao”… manejaban con la prudencia imprescindible que les evitaba llevarse de encuentro cualquier vaca suelta, burro o penco.

El tiempo era interminable, como si fuera el mismo que narrara García Márquez al recorrer sus páginas en Macondo en su “Cien Años de Soledad”. El único que lo domaba era Francisco Rodríguez quien nos dejaba tieso para siempre con una cortina detrás que Teo, su hijo arreglaba meticulosamente.

Doña Fredé se iba a pie desde la casa de la Presidente Vásquez (frente, más o menos, a la fonda de Manuel) hasta la escuela. No había coche de caballo, ni motores de concho. Y ese ejercicio de ir también a la farmacia, a la iglesia, les daba una vitalidad que podía competir con cualquier poción para la eterna juventud. A ella le resultó, como lo comprueba el tiempo vivido en salud y pleno juicio.

A don Juan lo jubilaron en el 61 a la caída de Trujillo y doña Fredé lo reemplazó en la dirección, una responsabilidad que ella asumió con el entusiasmo de una abuela rodeada de nietos que iban desde cinco a 13 años, que cursaban el octavo.

En el día del árbol los estudiantes sembraban árboles o preparaban el huerto en que se fortaleció, en calidad y método, cuando la Alianza para el Progreso, en su programa de dominio continental, nos enviaba folletos sobre el cultivo de hortaliza, quesos rancios, leche en polvo, tan dura como piedras, que había que pulverizar a martillazos; harinas con gorgojo y otros productos ya pasados de fecha en los grandes supermercados de Norteamérica y que “La Alianza” acopiaba para “el beneficio” de los pueblos hambrientos del continente.

El día del libro era también especial para doña Fredé y nunca faltó un acto en el salón del segundo piso, para celebrarlo con “artistas” de las mismas aulas de su escuela.

Cuando Julio Rosario era síndico, histórico como todos, la sala capitular la declaró hija adoptiva. En una foto dedicada a ella Julio escribe en el dorso: “A la distinguida Prof. doña Fredesvinda vda. Collado, con motivo de haber sido declarada por el Ayuntamiento Municipal como hija adoptiva de Tamboril. Atentamente Julio C. Rosario, síndico municipal, 16/8/83. A ese reconocimiento siguieron otros de sus exalumnos, profesores y munícipes.

Su retiro ocurrió en el 1977 en los duros años de Balaguer y, a pesar, de que este había dicho públicamente que “los maestros son aves de paso”, le otorgó la pensión correspondiente, por los años de servicio brindados.
El mayor homenaje, sin embargo, es haberle puesto a esta escuela su nombre donde hoy se erige este mural-mosaico que honra su memoria.

La iniciativa de hacerlo fue de su director Rafael Sánchez, quien, al solicitarnos su elaboración, manifestó su deseo de dejar un recuerdo perenne, lo que a la vez demuestra en él un hombre de servicio a la comunidad y una clara vocación cultural que tanto necesitamos para nuestros niños hoy amenazados con una tecnología hipnotizante, mal manejada.

Este gesto de Rafael lo coloca en el mismo trayecto de aquellos que se dedicaron, cuerpo y alma a la educación, tal como fue el caso de doña Fredé. 
Doña Fredé abandonó este mundo en el año 2004 dejando tras de sí un legado ejemplan como educadora, madre, esposa y ciudadana.

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