La excepción y la regla (1)

La excepción y la regla es uno de esos pequeños libros que cambian la vida de la gente. Cuenta la historia de un viaje y tres viajeros por la tierra de Gengis Kan, por una extraña Mongolia más o menos imaginaria, pero no tiene nada que ver con uno ni con otra. Es un viaje didáctico, al estilo de Bertolt Brecht, en el que siempre se enseña y se aprende algo. El viaje de un comerciante abusador y dos abusados. Un explotador y dos reventados.

Uno de los abusados es un guía que conoce la región y el otro es un changador, una especie de bestia de carga, uno de esos seres llamados coolí o culí. Es decir, el término despectivo con el que se designaba a los trabajadores oriundos de China, India y otros países asiáticos. Los mismos que murieron por millares durante la construcción del primer ferrocarril transcontinental de Estados Unidos y en la construcción del Canal de Panamá.

El hecho es que al comerciante le urge llegar a la ciudad de Urga (Ulán Bator) para reclamar una jugosa concesión petrolera y no puede permitir que nadie se le adelante si no quiere perder el negocio. Ha contratado al guía y al cargador, sin los cuales no podría realizar la peligrosa travesía, pero la única manera que se le ocurre para apresurar el viaje es maltratarlos sin cesar. Los maltrata con insultos, con golpes, con el desprecio que lo convierte a sí mismo en despreciable. Con el manifiesto desprecio de un hombre despreciable.

Lo que pretende descaradamente Bertolt Brecht desde el inicio es que observemos “con atención la conducta de esta gente” durante el viaje. Una conducta que podrá parecer “rara, pero admisible, / Inexplicable, aunque común, / Incomprensible, mas dentro de las reglas”.

Lo que pretende el taimado subvertidor del orden establecido es algo antisocial. Pretende que aprendamos a desconfiar “del acto más trivial y en apariencia sencillo”. Pretende que examinemos, “sobre todo, lo que parezca habitual”. Suplica expresamente que no aceptemos “lo habitual como una cosa natural”.

El ateo y disociador Bertolt Brecht jura y perjura que “en tiempos de desorden sangriento, / De confusión organizada, / De arbitrariedad consciente, / De humanidad deshumanizada, / Nada debe parecer natural, / Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Aparentemente quiere decirnos que las cosas habituales, las cosas que se hacen y deshacen diariamente no son, por habituales, necesariamente naturales. En las películas del oeste parece habitual y natural que los vaqueros maten a los indios, pero esto es solamente habitual, no natural. Tampoco es natural que haya tanta gente pobre. Todo esto es habitual, no natural. No es natural ser pobre. No es natural que los negros feos sean los malos de la película y los blancos bonitos sean los buenos. No es natural la explotación del hombre por el hombre y mucho menos la esclavitud. Es solamente habitual. Aberrantemente habitual.
Todo o casi todo en La excepción y la regla invita a reflexionar, a pensar y repensar de una manera distinta sobre estas cosas habituales y naturales. Nos invita, reiteradamente, a que examinemos, “sobre todo, lo que parezca habitual”. Suplica expresamente que no aceptemos “lo habitual como una cosa natural”:

I
CARRERA EN EL DESIERTO UNA PEQUEÑA EXPEDICIÓN
MARCHA APRESURADAMENTE POR EL DESIERTO.
COMERCIANTE (A SUS DOS ACOMPAÑANTES, EL GUÍA Y EL COOLI QUE LLEVA EL EQUIPAJE): Rápido, haraganes; pasado mañana tenemos que llegar al puesto Han. Cueste lo que cueste debernos lograr un día de ventaja. (AL PUBLICO.) Soy el comerciante Karl Langman y viajo a Urga para ultimar los detalles de una concesión. Detrás vienen mis competidores. El que llegue primero cierra el trato. Gracias a mi astucia, a mi energía para vencer dificultades y a mi mano dura con el personal, logré recorrer la distancia en la mitad del tiempo habitual. Lamentablemente, mis competidores desarrollan igual velocidad. (MIRA HACIA ATRÁS CON SU ANTEOJO LARGAVISTA.) ¡Vean un poco, otra vez pisándonos los talones! (AL GUIA.) ¿Por qué no apuras al changador? Te empleé para eso, pero vosotros queréis pasear a costa mía... ¿Sabes cuánto me cuesta este viaje? Claro, el dinero no es vuestro. Si no colaboráis conmigo, me quejaré en Urga a la agencia de colocaciones.
GUÍA: (AL CHANGADOR): Vamos, camina más rápido.
COMERCIANTE: No hablas como es debido, nunca serás un verdadero guía. Debí tomar uno más caro. Están acortando distancia a cada momento. ¡Pégale de una vez! No soy amigo de los golpes, pero ahora son necesarios. Si no llego primero, estoy arruinado. Empleaste de changador a tu propio hermano. Confiésalo. Es pariente tuyo y por eso no le pegas. ¡Si los conoceré yo...! Crueldad les sobra. ¡Pégale o te despido! Luego podrás reclamar tu salario ante la justicia. ¡Por amor de Dios, que nos alcanzan!
COOLI (AL GUIA): Pégame, pero no con todas tus fuerzas, porque si debo llegar al puesto Han tengo que ahorrar energías. EL GUÍA GOLPEA AL COOLI
GRITOS DESDE ATRÁS: Hola, ¿es este el camino a Urga? ¡Somos gente de paz! ¡Espérennos!
COMERCIANTE (NO RESPONDE NI TAMPOCO SE DA LA VUELTA): ¡Que el demonio se los lleve! ¡Adelante! Serán tres días de apurar a mi gente, los dos primeros con injurias, el tercero prometiendo que en Urga todo se arreglará. Mis competidores no dejan de pisarme los talones, pero durante la segunda noche no pienso detenerme. Así me habrán perdido de vista. (CANTA):
El no haber dormido me dio ventaja.
Apurarlos me hizo adelantar.
El hombre débil se queda atrás
y el fuerte llega primero.

xxx
El comerciante, por lo que puede verse, es todo un filósofo. Un hombre superior, enérgico, que se mira a sí mismo por encima de sus semejantes, a los que considera quizás poco menos que hormigas:

II
AL FINAL DE LA RUTA TRANSITADA
COMERCIANTE (FRENTE AL PUESTO HAN): Henos aquí en el puesto Han. Gracias a Dios llegué un día antes que cualquier otro. Mis hombres están exhaustos. Además se sienten amargados, no sirven para batir records. No saben luchar. ¡Miserable chusma! Naturalmente, no se atreven a decir nada, pues gracias a Dios existe aun la policía para mantener el orden.
DOS POLICIAS (SE ACERCAN): ¿Todo bien, señor? ¿Está satisfecho con el camino? ¿Conforme con el personal?
COMERCIANTE: Todo en orden. Hice el viaje en tres días, en lugar de cuatro. El camino es miserable, pero yo consigo lo que me propongo. ¿En qué estado se encuentra la ruta a partir de aquí? ¿Qué viene ahora?
LOS POLICÍAS: Ahora, señor, viene el desierto Jahí, totalmente deshabitado.
COMERCIANTE: ¿Se puede lograr escolta policial?
LOS POLICÍAS (ALEJÁNDOSE): No, señor, somos la última patrulla que encontrará.

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