La llaman “la república pirata”, pero eso no alcanza para describirla…
Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Capítulo 3: Sombras en alta mar
El amanecer llegó teñido de humo. Nassau había sobrevivido al ataque, pero la ciudad mostraba sus heridas como un cuerpo maltratado: muros derrumbados, calles ennegrecidas, cadáveres aún sin recoger en las esquinas. El mar, indiferente, brillaba bajo el sol, como si las aguas se burlaran de la sangre derramada en tierra.
Los ingleses habían sido repelidos, aunque a un costo elevado. La república pirata permanecía en pie, pero todos sabían que aquello era apenas un aviso: Londres no dejaría impune el desafío. Había que prepararse para más embestidas, y la única respuesta posible estaba en el mar.
Isabela lo entendía bien. Aquella misma mañana se mezclaba entre los hombres que buscaban enrolarse en nuevas expediciones, aprovechando el desorden para encontrar su sitio en una tripulación. Llevaba años soñando con abandonar las calles y hacerse a la mar como su padre, y ahora, tras el ataque, sabía que era el momento.
Elías, en cambio, dudaba. Había pasado la noche en vela en la bodega donde se habían refugiado, reviviendo una y otra vez la imagen del soldado que cayó bajo su mano. Aunque el golpe no fue mortal, sí había ayudado a que Isabela lo rematara, y esa conciencia lo carcomía. Sin embargo, cuando ella lo sacó de su ensimismamiento y le dijo con firmeza: “Si te quedas aquí, los casacas rojas volverán y te colgarán. En un barco, al menos tienes la oportunidad de elegir tu destino”, supo que no había otra opción.
Así fue como ambos llegaron al muelle, donde un navío de tres palos llamado La Fortuna Escarlata se preparaba para zarpar. El capitán era un tal Edward Graves, inglés renegado con fama de cruel pero justo con su tripulación. Aceptaba enrolar a cualquiera que pudiera empuñar un arma o servir en cubierta, siempre que jurara obedecer los artículos de a bordo.
Elías se presentó con el corazón en la garganta, confesando sus habilidades como escribiente y copista de cartas náuticas. Graves lo miró con desconfianza, pero al ver la precisión de sus trazos en un mapa improvisado, decidió aceptarlo como escribano del barco.
—No todos los hombres saben leer el mar en papel —dijo el capitán, con voz grave—. Tal vez me seas útil.
Isabela, por su parte, no necesitó palabras. Demostró en un instante su destreza al trepar por los cabos del navío con la agilidad de un mono, deslizándose hasta la cofa como si hubiera nacido entre velas. Los marineros rieron y aplaudieron, y Graves, divertido, le permitió un puesto como marinera.
—Si caes, muchacha, nadie irá a recogerte. Pero si trabajas como lo has hecho, tal vez el mar te adopte.
La Fortuna Escarlata zarpó esa misma tarde, con más de cien almas a bordo y la promesa de un botín en las rutas mercantes que unían Jamaica con Charleston. Para Elías, fue el inicio de una vida nueva. Nunca había sentido la fuerza del océano bajo sus pies, ni la vastedad del horizonte que se abría en todas direcciones. El miedo lo acompañaba, pero también una extraña excitación que lo mantenía alerta.
Los primeros días fueron un infierno. Los marineros lo despreciaban por sus manos suaves y su torpeza con los nudos. Le lanzaban cubos de agua, le gritaban insultos y lo obligaban a trabajos humillantes. Elías soportaba en silencio, refugiándose en la tarea de copiar mapas y llevar el registro del barco. Solo en esas horas de tinta encontraba calma.
Isabela, en cambio, florecía en el entorno. Su energía parecía inagotable: subía a los mástiles con rapidez, manejaba cabos y velas con destreza, y reía incluso cuando la tormenta los castigaba. Su carácter fuerte le granjeaba respeto, aunque no faltaban quienes intentaban probar su temple con burlas. Ella respondía siempre con una lengua afilada o, si hacía falta, con un golpe rápido y certero.
En cubierta, cuando las noches eran tranquilas y el mar se extendía como un espejo negro salpicado de estrellas, Elías e Isabela encontraban momentos para hablar. Se sentaban cerca de la borda, compartiendo historias de sus pasados. Él le confesó su huida de Londres, sus deudas, su deseo secreto de escribir un libro algún día. Ella le habló de su infancia dura en Nassau, de su padre marino y de su sueño de conocer islas lejanas.
—El mar es la única patria que merece la pena —decía Isabela, mirando el horizonte—. Aquí nadie manda salvo el viento y la pólvora.
Elías la escuchaba fascinado. En su interior, una chispa crecía cada vez que estaba con ella. No sabía si era amor, admiración o simplemente la necesidad de aferrarse a alguien en medio del abismo. Pero lo cierto era que, sin darse cuenta, su vida empezaba a girar en torno a ella.
El viaje, sin embargo, no tardó en mostrarles la cara oscura de la piratería. Una noche, cuando navegaban cerca de las Bahamas, divisaron un bergantín mercante cargado de azúcar y ron. La Fortuna Escarlata lo persiguió bajo la luz de la luna, y al alcanzarlo, desató sobre él una lluvia de cañonazos. Elías, desde cubierta, vio cómo los proyectiles arrancaban maderas y cuerpos por igual, escuchó los gritos de los hombres que intentaban resistir, y sintió el estómago revolverse.
Isabela, en cambio, participó en el abordaje. Con daga y pistola, saltó al bergantín junto a los demás piratas. Elías la vio desaparecer entre el humo y el caos, y su corazón se detuvo. Pensó que nunca volvería a verla.
Cuando la batalla terminó, La Fortuna Escarlata emergió victoriosa. Los pocos supervivientes del bergantín fueron encadenados, el cargamento saqueado, y el barco incendiado para que no quedaran rastros. Isabela regresó cubierta de hollín y con una herida leve en el brazo, pero con una sonrisa desafiante.
—¿Viste, inglés? —le dijo a Elías, que aún temblaba en cubierta—. Así se gana la libertad.
Él no respondió de inmediato. Sentía repulsión y fascinación al mismo tiempo. Repulsión por la sangre, fascinación por ella. Sabía que estaba atrapado en una corriente que lo arrastraba más allá de lo que había imaginado.
Esa noche, mientras el botín se repartía entre la tripulación y los hombres celebraban con ron, Elías escribió en su cuaderno. No un registro para el capitán, sino palabras suyas, íntimas. Describió el mar, la batalla, el rostro de Isabela iluminado por el fuego. No lo sabía aún, pero estaba empezando a tejer la historia que un día se leería en puertos lejanos.
El océano los había engullido, y ya no había retorno.
