La Fortuna Escarlata: crónica de Nassau

La llaman “la república pirata”, pero eso no alcanza para describirla…

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe

Capítulo 7: El precio de la libertad
El amanecer llegó como una herida sobre el horizonte. El mar estaba en calma, pero en la cubierta de La Fortuna Escarlata reinaba el silencio pesado de los cementerios. La madera del barco estaba ennegrecida por el humo, las velas rotas colgaban como trapos, y en cada rincón había manchas de sangre que ni el agua salada lograba borrar.

Los sobrevivientes se movían con paso torpe, arrastrando cuerpos, atando tablones, reparando velas. Los gritos de los heridos se mezclaban con el crujido del casco que pedía alivio. Elías sentía que el barco respiraba como un animal herido, que cada movimiento era un recordatorio de lo cerca que habían estado de ser devorados.

Habían vencido al navío inglés, sí, pero la victoria había costado más de lo que nadie quería admitir. Una treintena de hombres habían caído en combate, y otra docena agonizaba con miembros destrozados o heridas purulentas. Entre ellos estaba Black Tom, un artillero al que todos respetaban, que había perdido la pierna bajo un cañonazo y deliraba entre quejidos.
Isabela, con el hombro vendado por la bala que la rozó, recorría la cubierta ayudando a los heridos. No era de naturaleza compasiva, pero aquella mañana sus manos parecían saber lo que hacían: limpiaba heridas, improvisaba vendas, ofrecía ron a quienes lo pedían como último consuelo. Elías la observaba con una mezcla de asombro y dolor.
—Nunca los había visto así —le dijo él, acercándose con una jarra de agua—. Son hombres que ayer gritaban como demonios, y ahora parecen niños perdidos.
Isabela suspiró, sin apartar la vista de un marinero que moría lentamente.
—Esa es la cara de la libertad, Elías. Nadie nos obliga a estar aquí. Elegimos este camino… y este es el precio.
Él la miró, incapaz de aceptar la frase con la misma frialdad.
—¿Y vale la pena?
Ella giró hacia él, con el rostro endurecido, aunque sus ojos tenían un brillo extraño.
—¿Tú qué crees? —preguntó.
Elías no respondió. Sus pensamientos eran un torbellino: había matado por primera vez, había sentido el calor de la pólvora y el beso de Isabela, y ahora la muerte lo rodeaba como un coro mudo. No sabía si sentirse vivo o condenado.
El capitán Graves apareció en cubierta al mediodía. Su figura imponía respeto, aunque estaba cubierto de cortes y moretones. Sus ojos, sin embargo, ardían con la misma obsesión que antes.
—¡Hombres! —tronó su voz—. Hemos derrotado a la corona inglesa, ¡y nadie lo olvidará! Somos libres, y seremos más ricos de lo que jamás soñaron los reyes. El mapa nos llama, y juro por mi vida que nada nos detendrá.
Un murmullo se elevó entre los piratas, pero era débil, carente de entusiasmo. Los hombres estaban exhaustos, hambrientos, heridos. El discurso del capitán, que antes los encendía, ahora sonaba como un eco lejano.

Harker había muerto en la rebelión, pero otros empezaban a sentir el mismo veneno de la duda. Uno de los marineros, Dawson, murmuró lo suficiente para que Elías lo oyera:
—Libertad dicen… ¿qué clase de libertad es esta, con cadenas de sangre?
La frase quedó flotando en la mente del joven como un clavo ardiente.
Esa noche, la tripulación enterró a sus muertos en el mar. Envuel¬tos en lonas, los cuerpos fueron lanzados uno a uno mientras un silencio reverente dominaba el acto. El sonido de cada cuerpo golpeando el agua era como un latido apagado. Elías, con el cuaderno en la mano, anotaba los nombres para no permitir que se borraran en la nada. “Si nadie los recuerda, entonces habrán muerto dos veces”, escribió.

Cuando llegó el turno de Black Tom, que no sobrevivió al día, los hombres se quebraron. Era uno de los veteranos, y verlo hundirse en el mar fue como arrojar parte de la tripulación entera. Algunos lloraron sin vergüenza; otros bebieron hasta perder la conciencia.
Isabela se acercó a Elías mientras observaban las olas cerrarse sobre el último cuerpo.
—¿Ves? —susurró—. Esto es lo que somos. Nadie nos recordará salvo tú y tu cuaderno. Quizás por eso me gusta que escribas: porque, aunque muramos, nuestras voces seguirán.
Elías la miró con una ternura silenciosa.
—Entonces escribiré hasta quedarme sin tinta, para que no se pierdan.
Ella sonrió, tocándole el rostro con la mano vendada.
—No olvides escribir también lo que aún no hemos vivido.

Esa noche compartieron el rincón más oscuro de la bodega, buscando calor entre la penumbra, aferrándose el uno al otro como si el mundo pudiera desmoronarse en cualquier momento. Elías entendió que aquel amor no era un consuelo, sino una hoguera: algo que ardía con más fuerza precisamente porque estaba rodeado de tinieblas.

Pero mientras ellos encontraban refugio en su intimidad, en otros rincones de la nave crecía el resentimiento. Dawson y varios marineros empezaban a murmurar con insistencia: que Graves estaba loco, que el mapa era un embrujo, que más valía dar media vuelta antes de que todos acabaran en el fondo del mar.

Elías escuchó fragmentos de esas conversaciones. No sabía si compartirlas con Isabela o callar. El barco no solo estaba herido en su madera: estaba fragmentado en su alma. Y en el corazón del joven crecía la sospecha de que la próxima batalla no sería contra un navío inglés, sino contra ellos mismos.

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