La resurrección de la bestia

Foto de Trujillo después de la operación de ántrax.

A la muerte de Jacinto Bienvenido Peynado y Peynado en 1940 —a mitad de su período como presidente títere de la República—, ocupó la presidencia otro títere de nombres y apellidos igualmente rimbombantes: Manuel de Jesús María Ulpiano Troncoso de la Concha.
Al igual que Peynado, Troncoso era un abogado manso y culto, una de esas personas en las que la bestia confiaba, si acaso era capaz de confiar en alguien. Se lo impedía el instinto, su natural instinto de fiera que le salvó la vida muchas veces. Pero con Troncoso no tendría la bestia ningún tipo de problemas.

Sin embargo, el inicio del gobierno de Troncoso fue poco auspicioso. Durante el mes de mayo, poco tiempo después de su juramentación, se le presentó a la bestia el peor de los problemas que había tenido que enfrentar hasta el momento, una inesperada situación de vida o muerte. Esta vez no era un enemigo externo sino interno. Una enfermedad infecciosa muy grave e indeseable, el ántrax, que se contrae a través del contacto con animales y puede ser mortal en muchos casos. Aparte de grave, el ántrax es desagradable: la infección se presenta en lo profundo de la piel y forma una protuberancia, un forúnculo que se compone de pus y líquido y tejido muerto.

El de la bestia era un ántrax cervical, ántrax de cuello, que provocó rápidamente una septicemia, un envenenamiento de la sangre, y puso a la bestia al borde de la tumba. La situación era tan desesperada que muchos lo daban por muerto, incluyendo a su médico de cabecera, su médico personal, el Dr. Francisco Benzo, que también era secretario de salud pública y un frecuente acompañante. Uno de los más prestigiosos cirujanos del país. Un catedrático de fama.

El asunto se manejó con la discreción que es posible imaginar en un régimen de terror, lo que no pudo evitar que la noticia se filtrara y circulara a cuenta gotas, como un chisme de patio, como un secreto a voces.

En los círculos del poder, y sobre todo en el ámbito familiar, cundía el nerviosismo y una gran preocupación. Entre los opositores menos piadosos, entre la mucha gente que tenía razones de más para odiar al tirano, había motivo de júbilo, un merecido júbilo. Era como el anuncio de una tragedia inminente para unos pocos y una luz al final del túnel para la mayoría. Esa mayoría confiaba seguramente en la divina providencia, rogaba seguramente a la divina providencia para que le concediese a la bestia un desenlace fatal. Felizmente fatal.

En aquellas circunstancias no había gente más presionada y nerviosa que los médicos dominicanos y extranjeros que habían sido convocados al lecho del enfermo para tratar de salvarlo. Un cubano, el Dr. Pedro Castillo, se declaró partidario de extirpar el forúnculo infeccioso sin pérdida de tiempo. Pero la operación conllevaba riesgos que la mayoría de los médicos se negaba a asumir. Los que se mostraban dispuestos sugerían, por obvias razones de prudencia, que el paciente fuese trasladado e intervenido en Puerto Rico, donde se contaba con medios más avanzados. Lo decían, tal vez, a sabiendas de que la propuesta sería desestimada. La enfermedad de la bestia era un asunto de estado que de ninguna manera podía darse a conocer oficialmente, ni someterse al escrutinio público. La prensa extranjera se hubiera dado banquete con semejante noticia y la habría convertido en espectáculo de circo.

Designaron entonces al Dr. Francisco Benzo para que realizara la operación, pero Benzo se mostró en desacuerdo con la opinión del médico cubano y se negó a intervenir. Dicen que dijo, si acaso se atrevió a decirlo, que no estaba en disposición de operar a un muerto.

Sabía desde luego, el riesgo que corría al negarse, pero también sabía que lo que le pasara a la bestia le pasaría a él, que la muerte de la bestia sería su muerte. Temía en fin por la vida de Trujillo tanto como temía por la suya. Quizás creía que no había nada que hacer o quizás no quería hacer.

Apareció entonces un valiente, un médico temerario, el Dr. Darío Contreras Cruzado, que acudió o tuvo que acudir al llamado de los familiares de la bestia y se prestó de manera más o menos voluntaria o involuntaria a hacer la operación. Hay quien dice que fue a Darío Contreras que Benzo le dijo, en francés, que iba a operar a un muerto. Lo cierto es que había que tener valor para no operarlo y había que tener valor para operarlo.

La controversial cirugía, secretísima, no se realizó en una clínica sino en un quirófano improvisado en la llamada Estancia Ramfis y el vaticinio de Benzo estuvo a punto de cumplirse. La bestia permaneció varias semanas en condiciones críticas, debatiéndose entre la vida y la muerte, pero a mediados de junio comenzó a recuperarse y se recuperó poco a poco, lentamente y sin pausas, aunque la convalecencia sería larga.

Muchos criticaron o más bien acusaron al Dr. Darío Contreras durante años de haberle salvado la vida a la bestia, pero en realidad no se ha establecido si se salvó gracias a la operación o se salvó a pesar de la operación y del ántrax al mismo tiempo. Algunos médicos atribuyen su recuperación a su recia anatomía o quizás a un milagro, a una jugarreta de un destino endemoniado. El hecho es que la bestia volvió a la vida, resucitó de entre los muertos vivos y seguiría viviendo durante más de veinte años.

Benzo cayó en desgracia, naturalmente, a raíz de su negativa a intervenir en la operación. No mucho tiempo después aparecería en la primera plana del periódico La Nación del 9 de agosto del 1940 la noticia de que había sido arrestado y enjaulado y despojado de todos sus cargos. Decía, con mayor lujo de detalles en el citado diario, que el Dr. Benzo había sido detenido por malversación de fondos en el Hospital Padre Billini, que había sido llevado preso a la Fortaleza Ozama, que había sido despojado de su condición de secretario de Estado y que había sido cancelado su nombramiento como profesor de la Universidad de Santo Domingo.

Al Dr. Conteras le fue un poco mejor, mucho mejor, aunque siempre se lamentó de que sólo lo recordaran como el médico que había salvado a la bestia. La bestia, desde luego, se lo agradeció: “El 15 de julio del año 1959, mediante el decreto No. 4979 se ordenó la construcción del Hospital Dr. Darío Contreras, que fue inaugurado en agosto del 1960”. En ese mismo hospital murió en 1973 a los 94 años de edad.

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [55]
(https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html)

Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator
Doctor Francisco E. Benzo Chalas
Herbert Stern11 noviembre, 2017 (https://www.elcaribe.com.do/gente/cultura/doctor-francisco-e-benzo-chalas/).

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