Las vacaciones del sátrapa (2)

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Entre los días 12 y 25 del mes de julio de 1939, la bestia honró con su presencia a la ciudad de Nueva York, donde se estaba celebrando una feria o exposición mundial que se le quedaría grabada en la cabeza. A lo mejor pensó desde el primer momento que alguna vez haría algo semejante, aunque a menor escala, por supuesto. Pero algún día lo haría y sería su ruina. La ruina de la economía dominicana.

La feria tenía muchísimos atractivos y fue visitada por más de cuarenta y cuatro millones de personas. Para alguna gente, incluyendo a los periodistas, no había en ella ni en toda la ciudad nada más exótico e interesante que la presencia del tirano instalado a todo lujo en el fastuoso hotel Waldorf.

Para el alcalde Fiorello La Guardia, que le dió una formal bienvenida al evento, el sanguinario personaje no era más que un engorro y no puso mucho empeño en el agasajo. Parecía más bien dispuesto a desentenderse que a entenderse con él.

Sus anfitriones oficiales se desvivían, en cambio, por complacerlo. Lo llevaron de visita a Walt Street, confraternizó con los más encopetados banqueros, le organizaron una pomposa recepción en la Cámara de Comercio. A bordo del impresionante yate Ramfis, la bestia hizo un viaje por el caudaloso río Hudson y se asomó discretamente a las ciudades de Poughkeepsie y Albany. Pero todo no podía ser color de rosa.

Durante su visita a la feria tuvo que enfrentarse a un grupo de periodistas que le hicieron preguntas desagradables sobre la matanza haitiana. Hay que suponer que algunos de ellos eran lo que aquí llamamos bocinas, vulgares voces y plumas de alquiler, y que se establecieron ciertas medidas para evitar que la situación saliera de control y que el ilustre visitante fuera metafóricamente acribillado a fuerza de preguntas incómodas. Lo cierto es que el perínclito se defendió como gato bocarriba y no salió mal parado del encuentro. Contuvo de alguna manera el odio visceral que sentía por la gente del poder informativo y respondió las preguntas con una calma que no tenía. En ningún momento negó los hechos de sangre, sólo los redujo a su mínima expresión. Es decir, mintió descaradamente diciendo parte de la verdad.

Nunca hubo masacre, los muertos fueron unos pocos y por accidente. En pocas palabras, los hechos habían sido brutalmente exagerados. Fue algo incidental que había ocurrido en la frontera. Algo parecido a lo que sucedía normalmente entre estadounidenses y mexicanos. La muerte de miles de haitianos a manos de los guardias dominicanos era impensable. Ellos mismos se habrían encargado de evitarlo.

Trujillo estaba deslumbrado, estaba encantado, estaba feliz. Nunca pensó que sus amigos norteamericanos, o mejor dicho sus amos, le dispensarían una acogida tan privilegiada. En ningún otro país se podía recibir tan finas atenciones como en los Estados Unidos ni había en todo el mundo un pueblo tan acogedor y refinado. Un pueblo que lo había distinguido, que lo había tratado como se merecía. Como un César triunfante. De esa misma manera planeaba también volver a Santo Domingo, como lo que era, todo un César del Caribe, y reclamar de inmediato un triunfo a la manera romana, el que se le debía a todo general victorioso.

Tan contenta estaba la bestia que prolongó su estadía más allá de lo previsto. Sus afectuosos anfitriones no estarían quizás tan contentos como él, pero no pusieron reparo.

A principios de agosto se embarcó en el SS Normandie, un moderno crucero francés con turbinas turbo-eléctricas, y llegó felizmente a Cannes, donde nadie acudió a recibirlo.

Peynado lo había designado Embajador Extraordinario en Misión Especial ante los Gobiernos de Francia e Inglaterra, pero los maleducados franceses y los gélidos ingleses no se dieron por aludidos. Chapita estaría seguramente decepcionado, allí no reconocían su grandeza, su contribución a la paz y confraternidad del mundo libre. Pero en París le esperaba desde el día 10 de junio su casi recién nacida hija Angelita, la que sería la niña de sus ojos, la que sería algún día reina de belleza. Angelita y su adorable esposa María. Pero sobre todo Angelita, la que sería Angelita. Nacida en París de Francia o más bien en el aristocrático suburbio parisino Neully-sur-Seine. Es decir: María de los Ángeles del Sagrado Corazón de Jesús Trujillo Martínez. Hija predilecta del tirano. La que le haría mimos en público. Su amante biógrafa. La brillante escritora.

Por lo demás, la estadía de Trujillo en Francia pasó prácticamente desapercibida. Ni la prensa ni el gobierno se dieron realmente por enterados, no hubo recepciones ni agasajos oficiales, ni ceremonias conmemorativas. Los únicos que de verdad mostraron interés por su visita fueron unos izquierdistas revoltosos que se manifestaron frente a la embajada dominicana en su contra y que fueron sometidos al orden por una turba pagada por Porfirio Rubirosa. Quizás dirigida en persona por Rubirosa, que tomaría parte en la riña, luciéndose como boxeador. Con ese acto heroico, según se dice, logró reconciliarse con el querido jefe, de cuya hija Flor de Oro se había divorciado un año antes, no sin haberle propinado alguna golpiza. Rubirosa era un incondicional de la dictadura, había espiado para la dictadura y se involucraría en más de un asesinato por cuenta de la dictadura, incluyendo el de Galíndez. Pero de vez en cuando, alguna bellaquería diplomática o un cheque falsificado, por ejemplo, le hacía caer de la gracia de la bestia y perdía ocasionalmente el favor y el cargo. Los ingresos por la venta onerosa de visas a los judíos.

Como todos los funcionarios, caía alternativamente en gracia y en desgracia, pero Trujillo tendría muy en cuenta lo que hizo por su buen nombre en París. Lo recibiría con honores de héroe cuando Rubirosa regresó de visita a Santo Domingo. Sin embargo, y a pesar de lo mucho que se querían él y Trujillo, las visitas de Rubirosa —quizás por exceso de precaución —eran breves y esporádicas. Brevemente esporádicas. Esporádicamente breves. l

HISTORIA CRIMINAL DEL TRUJILLATO [53]
https://eltallerdeletras.blogspot.com/2019/04/historia-criminal-del-trujillato-1-35.html
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator.

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