A santiago vino y Alix se quedó (3ª. décima parte)

Juan Antonio fue el gran decimero dominicano, autor de obras trascienden hasta nuestros días

¿La primera edición de las décimas de Alix, como libro, ocurrió en 1927 y para esa ocasión el escritor puertoplateño José Ramón López hizo el siguiente prólogo:

De literatura dominicana
Mi querido artista:
Han deseado oír mi opinión sobre un asunto concreto. No. No me conviene. Mi profesión no es la literatura: y, ya que no me produce beneficio tengo derecho a que no me cause perjuicios.

Muchos amigos míos me honran dedicándome un ejemplar de sus obras que sacan de su caletre, y yo soy honrado. Si dijera de los buenos que me gustan, los […] mediateces y de los malos (que son las más) exigirían que también los criticase. Haciéndolo con sinceridad, y a ello me inclinaría el temperamento, diría que son detestables y ya tendría a estos autores malos, si bien excelentes y simpáticos muchachos, atufados enemigos, demostrándome ante una copa de ron o de refresco, dulce o liso, si no es que intentan romperme una costilla de un trancazo a la vuelta de una esquina, porque los hay valerosos, y aún a pocas líneas de la alevosía. Si, por el contrario, optara por el temperamento zorruno y declarara a los recalcitrantes sus tonterías génicas provinciales, nacionales y aun mundiales, me expondría a la risa de la gente sesuda, y yo quiero que estas canas que la endiablada naturaleza empieza a darme sean respetadas y consideradas.

Soy, pues, una tapia, de sordo y mudo, en los asuntos literarios concretos. Pero hablaré largo y tendido sobre literaturas generales, sin mentar persona que pueda resultar mortificada.

Soy dominicano y tengo aficiones artísticas. Títulos que me autorizan a meter la cuchara, siquiera sea donde no me miren de atalaya los valentones.

Hasta ahora no hay más que rarísimos esbozos de literatura dominicana.

Valverde, en su Idea del valor de la Isla Española y utilidades que de ella puede sacar su monarquía; el inmortal Galván en su Enriquillo; Salomé Ureña de Henríquez, en sus Poesías; José Joaquín Pérez, en sus Fantasías indígenas; José Gabriel García en su Historia; Arturo Pellerano Castro, en sus Criollas; el urbano autor de décimas rústicas, Juan Antonio Alix; Gastón F. Deligne, el mejor poeta de la isla, y el más dominicano de todos; y alguno que otro más que podría ser extraído del montón de literatos dominicanos de nacionalidad; pero extranjeros de ideas y de expresión.

Juan Antonio Alix, decimero inmortal

Estoy de buen humor y no me ocuparé en aquellas sectas literarias de las cuales puede decir la sinceridad sino que son estúpidos o tontas. Prefiero aquellos que no tienen más tacha, en un pueblo incipiente, que su carencia de nacionalidad o su forma frívola e insustancial en demasía.

Aunque batida ya en toda la línea, tiene la sectilla de los decadentes, mala sucursal de bisutería parisina. Creían ser originales, o a lo más, mercachifles de segunda mano. Nada de eso, amigo poeta. Eran serviles imitadores de tercera mano. Tú, que has leído mucho, habrás podido reírte de las tonterías de Góngora, el abuelo, el padrote de los decadentes, mandado a recoger, siglos ha, por haber fracasado su indiscutible talento en la vacía necedad de la parla nebulosa y envenenada.

Los decadentes, o por lo menos, los decadentes dominica -nos, organizaron una fábrica de anforitas de cristal de Bohemia, abiertas por arriba y por abajo. Rara vez eran artísticas. Casi siempre aburriguerescas y, sin casi, vacías.

Todo el arte decadente pseudo dominicano consistía en contorsiones y maniqueles del lenguaje y de las ideas.

Uno de los que entonces eran decadentes, artista de talento que ha evolucionado, hacia lo juicioso, publicó una vez esta dedicatoria: «Para la suave y la grave». La frasecita gustó a uno de los simios literarios de aquel tiempo, y la «perfeccionó» es- cribiéndole a una señorita «para la suávida y la grávida». Parece que la fémina era prudente y no hubo demanda ni trancazos y el público no saboreó la pimienta de un escandalillo.

Porque toda la labor literaria de esos al mes era labor de diccionarios. Ello no obstaba sin embargo, para que el señor agregara de su cosecha algunas arandelas arlequinescas, de las cuales se pavoneaba luego como de valiosas invenciones suyas.

Tú que eres poeta, habrás oído cómo se relamían al caletre algunos de esos tontuelos cuando revolucionaban la poesía. –¿Y qué has hecho?, le preguntaba uno–. Estás en la Edad Antigua, si no lo sabes. –respondía–. Horacio acentuaba de esta manera los endecasílabos y yo los acentúo de esta otra.

¡Pobres diablos que creen que el Arte es una forma, cuando el Arte es, principalmente, un alma llena de vitalidad y de acción! Ahora están en boga los modernistas, los parnasianos y otros… Cayetanos. Si respondieran a sus elocuentes patronímicos, menos mal.

Serían algo, serían mucho. Pero los señores modernistas son unos anticuarios, no arcaicos.

Vienen con un bagaje de aplausos que huelen a trufas y a champagne, porque su génesis fue la comilona y bebentinas que pagaron. Se les dice ahí que son modernos, que son originales, que son genios de generación espontánea, sin padre ni madre en la literatura. Pero abre uno cualquiera de los libros más viejos de la tierra, los que se avecinan o pasan de los dos mil años, y ahí encuentra el lector los patrones porque cortaron los neogenios de la República Dominicana. Cuando el pobre rey Salomón, en sus autores místicos profanos, cantaba en su palacio de Jerusalén no sospechaba (infeliz de él) que formaba el acervo, el almacén de remotísimos futuros genios originales.

Ahí están casi todas las figuras poéticas que les disparan a sus amadas o a sus pretendidas los noveles genios ricos de estos tiempos.

Y Voltaire le dijo: «El primero que comparó la mujer a la rosa fue un poeta; el segundo un tonto». Y los asuntos, la máquina interna de las creaciones de esos modernos literatos…

Uno quiere vivir en góndola, cantando serenata a las venecianas súbditas del Dux.

Otra echa de manos a los caballeros andantes, como si esos tipos, que fueron flor de una edad moral o intelectualmente diversa de la nuestra, pudieran sobrevivir donde hay escuadrones de la Guardia Republicana y Jueces rectos que aplican la ley.

Otro, enamorado a lo divino, no desea oír más armonía que la de la guitarra pulsada en noche de luna al pie de la ventana de su amada, sin acordarse de que esta es época de pianos, de fonógrafos y aún de orquestrófonos.

Los cañones Krupp no existe para esa gente. Hablan de ballestas, flechas, espadas y, a lo sumo, arcabuces, en estos tiempos de fusiles de repetición que agujerean a cualquiera a dos kilómetros de distancia. Y así, mi querido poeta, tienen estos hablistas el tupé de llamarse modernistas y otros istas expresándose tal como se expresa el rey sabio dos mil años ha, y pensando los mismos pensamientos que eran la moneda acuñada del espíritu en la Edad Media.

(continuará, siempre sin IA)

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