Basado en hechos irreales

¿Se acabó el mundo de la edición de libros?
Tonino Benacquista, francés, se inventa a Bertrand Dumas Éditeur, que después de 40 años de servicio a la literatura, llega a la quiebra. La venta de sus libros ya no es rentable, y él rechaza esa fatalidad.

Pensando y repensando junto a su mujer, Coline de Bean, le pasan miles de anécdotas que, en su cabeza, pretenden encontrar la solución, incluyendo recurrir a su banquero, quien le ha confesado muchísimas veces, que él no lee sus regalos cuando le lleva la muestra de sus esfuerzos.

Con más de 641 volúmenes en su haber, Bertrand piensa en las pendejadas “inspiradas” en Baudelaire de uno de sus escritores, un tal Benoit, quien al parecer, hace suya la frase de Cyrano “Deplaire est mon plaisir, J’aime qu’on me haïsse”. Algo así como “joder es mi placer. Me encanta que me odien”. Y fue él quien, quizás, aceleró la caída.

Se recuerda Bertrand cuando Borges murió, quien no solo vio “un triste presagio, más una señal celestial”.
Un viejo que muere es una biblioteca que se quema, repetía.

Y, ahora, en su momento de desesperación, recurre a lo más desconocido del pensamiento de Sócrates quien “nos advirtió contra la lectura”. Y dizque dijo que “los libros nos dan la ilusión de ser sabios” porque “solo la conversación refina la conciencia, pone nuestro espíritu a prueba enfrentando palabras en una búsqueda común de lo bello y lo verdadero”. “En otros términos, la lectura es la fábrica de la ignorancia”. Y ahí mismo se quedó perdido en su laberinto dialéctico.

Entonces, ¿qué hacer con la era de las Luces de las Letras?, ¿dónde metemos a Voltaire, a Rousseau, Diderot y sus libros sobre la razón, la ciencia, la libertad de expresión, la laicidad, la educación pública, los derechos del hombre?
El pesimismo de Bertrand le da vuelta a su cabeza como un tiovivo: “El hombre no aprende nada, se niega a aprender que no aprende nada”.

“Durante la carnicería de 1914, usted puede creer que un puñado de jefes de estado, letrados, instruidos, diplomados, capaces de citar a Víctor Hugo o a Goethe, hubiera podido tener la buena idea de sentarse en una mesa… ‘hey muchachos, todos tenemos un hijo, un hermano, un amigo, un vecino que es este mismo instante se jode en el fondo de una trinchera, entonces los vamos a sacar de allí y, de aquí, no sale nadie antes de ponernos de acuerdo’”.

Bertrand sigue ahondando en el túnel más oscuro de su pensamiento como si viajara por un hoyo negro galáctico, “ah, si la buena inteligencia en los libros hubiese tenido alguna incidencia sobre el destino humano, todas las familias de todos los pueblos del mundo, vivieran en palacios, respetaran la Tierra en vez de destruirla… ni siquiera el genio literario ha servido. Fue escribiendo las 1,500 páginas de Don Quijote que Cervantes, y no su héroe, luchó contra los molinos. Dante, en vez de describirnos los círculos del Infierno, hubiera mejor podido dedicarse a su propio bienestar terrestre seduciendo a Beatriz. Flaubert que se empeñó en cartografiar la amplia estupidez humana, hubiera podido ser médico como su padre y en vez de querer sanar almas, hubiera salvado algunos cuerpos. Kafka pidió que se quemaran sus manuscritos después de su muerte, no porque los considerara flojos, como se ha pretendido, sino porque no los merecemos”.

El banquero fue claro. No le voy a financiar sus publicaciones, prefiero donar a organizaciones caritativas de las que puedo verificar sus resultados e impactos. Este capital debe servir para aliviar a verdadera gente en la verdadera vida, protegerla de las guerras, dictaduras, virus, catástrofes naturales…”

Las anécdotas desfilaban como las ovejas de un insomne.

Aquel autor que le dijo que si él tendría que resumir su novela en cuatro frases… para qué perder cuatro años en escribirlas. Terminó diciendo que él solo escribía para él, como si fuese un artista del pincel.

Bertrand no se atrevió a aceptar un cigarrillo de su amigo, porque su mujer, después de trabajar toda su vida como radióloga, se imaginaba que podía ver a través de su cerebro y su corazón.

Pero no todos los libros son inservibles y a Sócrates que se vaya al coño, sino, cuántas personas no aprendieron de los “cuadernos de prisión” de Gramsci, y de todas las lecturas impresa a 5 centavos para que cada cubano conociera el pensamiento de Martí, la historia de Cuba y todo el mundo e inmundo imaginable.

No importa que La Fontaine haya escrito el “Platero y el poeta” en el que ganó el primero.

Seguimos desconociendo a Sócrates y llorando la muerte de Porthos en Los 3 Mosqueteros, que eran cuatro.
Seguimos celebrando la venganza de Dantés en El Conde de Montecristo. Descubrimos, en la lectura, que el suicidio de Van Gogh no fue tal y que el retrato del Dr. Rey, que le sirvió para tapar un agujero en su gallinero, vale varias veces más que todo lo que él ganó en toda su vida de matasanos.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Cuarenta años en la edición, decenas de autores, cientos de libros, cantidad de anécdotas, como en toda casa editorial y como en las imprentas. Saliendo el autor de ella a la que acudió, como todos los autores, con la prisa que no tienen los prensistas que se tiran al suelo, muertos de risa

-¿Pa’ cuándo fue que dijo que lo quería?!!!

O cuando el editor se ve obligado, para cumplir con todos los escritores que tienen programada la fecha de lanzamiento oficial y deben conformarse con la portada rellena de papeles en blanco, si no es que ponen un libro viejo y, el autor, despistado, lee ante el público la presentación de uno de Matemáticas en vez de la introducción de su novela.

Y ahora, ¿cómo se hará Bertrand ante un público que quedó atrapado en la pantallita de un celular, que contiene la brevedad envuelta en chismes, difamaciones y falsas noticias? Y con la Inteligencia Artificial, una mezcla de todo lo escrito sobre un tema con datos falsos porque fueron así publicados y rastreados por IA, sin poder diferenciar lo correcto de lo falso.

El sensacionalismo engañoso atrapa a la juventud en una cadena interminable de persecuciones policiales, robos fallidos en el justo momento en que la razón se nos escapa; en jugadas extraordinarias que no existieron nunca, en declaraciones esenciales que van a resolver todos los conflictos, en acuerdos que nunca fueron y que creemos que creemos, en productos capaces de sanar cualquier enfermedad y eliminar la vejez; en ejercicios que nos devuelven la musculatura que Charles Atlas no logró en sus 15 minutos diarios y, al final, ¿cómo leer, si para leer hay que aprender a leer? La Historia es contada de nuevo con tantos desaciertos que solo el que leyó libros puede darse cuenta.

Tonino, que fue lector doble por ser escritor, le dio continuidad a la serie de historietas que inventó René Goscinny y Morrisy que millones de niños leen, millones de adultos releen, como para evitar que se les escape la niñez y poder quedarse en la edad de Peter Pan.

Junto a Daniel Pennac y el dibujante Achdé, lanzaron “Lucky Luke contra Pinkerton” aquella compañía de investigación que nos fascinó y que probablemente prolongara la vida de aquella editorial ficticia de Bertrand para que tantos lectores se deleiten con la lectura de un libro de papel.
(Escrito sin Inteliencia Artificial)… obvio.

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