Manuela Rodríguez Aybar, la mujer que imprimió su propia voz

Autor: Elsa Báez

En 1849, cuando la República Dominicana apenas tenía cinco años de existencia, una mujer escribía versos, los imprimía y salía a buscar a sus lectores. Poseía una pequeña imprenta de mano en su casa y desde allí intervenía en las discusiones que dividían al país.

Se llamaba Manuela Rodríguez Aybar y era conocida como La Deana. Sus armas eran la palabra, la poesía popular y la posibilidad material de reproducirlas. Su actividad incomodó tanto al poder que, según su testimonio, fue buscada por soldados y se comenzó a instruir una causa cuya sentencia contemplaba cuatro disparos.

Desde su imprenta producía hojas sueltas que distribuía personalmente entre trabajadores y habitantes de Santo Domingo. Fue una de las primeras dominicanas en utilizar la imprenta y la poesía como instrumentos de acción política. Sin embargo, su nombre permanece casi ausente de nuestra memoria cultural.
Una mujer fuera del lugar asignado


Manuela nació en San Juan de la Maguana hacia finales del siglo XVIII. Las fuentes difieren sobre las fechas de su nacimiento y muerte y algunos vínculos familiares. Unas la presentan como sobrina del doctor José Gabriel Aybar, deán de la Catedral de Santo Domingo; otras, como su ahijada. De esa relación surgió el sobrenombre de La Deana.

Vivió cuando el acceso de las mujeres a la educación era profundamente limitado. En Historia de una mujer, texto autobiográfico publicado en 1849, recuerda que fue casi un milagro que le enseñaran a escribir: «En aquellos tiempos había una ley que mandaba que a las niñas no se les enseñara a escribir, para que no le escribieran papelitos a los mozos».

Negarles la escritura también significaba impedir que participaran en la conversación pública, formularan opiniones y dejaran constancia de su existencia. Manuela rompió esa frontera: aprendió a escribir, produjo sus impresos y consiguió lectores.

Quisqueya Lora Hugi señala que poseía una pequeña imprenta de mano con la cual publicaba sus versos. Esa máquina también habría servido para reproducir El Grillo Dominicano, hoja política fundada y redactada por Juan Nepomuceno Tejera contra el régimen haitiano. Según Manuel García Cartagena, primero circuló de manera manuscrita y luego fue impresa en la rudimentaria máquina de La Deana. Su participación no habría sido fundar ni escribir la publicación, sino aportar el medio que permitió multiplicarla.

Manuela reunió funciones que hoy asociamos con la labor editorial: escribió, seleccionó qué comunicar, convirtió sus textos en objetos reproducibles y los puso en circulación. Fue autora, impresora, productora y distribuidora cuando esos espacios resultaban casi inaccesibles para una mujer. Aunque llamarla categóricamente la primera editora dominicana exige completar la comprobación bibliográfica, sus acciones la convierten en una precursora de la edición y la autoedición en el país.

En una sociedad que pretendía mantener a las mujeres dentro del hogar, ella convirtió su casa en un taller de producción cultural. Desde allí sus palabras llegaban a los trabajadores y las calles de Santo Domingo.
Poesía para intervenir en la realidad

La poesía de Manuela era popular, circunstancial y política. La décima podía viajar de la página a la voz, ser recitada, copiada y repetida. Sus composiciones informaban, persuadían, celebraban y atacaban.

Durante la crisis de 1849 convocaron a Pedro Santana, responsabilizaron indirectamente al presidente Manuel Jimenes y convirtieron la victoria militar en legitimidad política. Su poesía no fue escrita principalmente para permanecer inmóvil en un libro, sino para intervenir de inmediato en la realidad.

En aquellos años, literatura y política no constituían mundos separados. Hojas volantes, pasquines y décimas defendían posiciones, desacreditaban adversarios y movilizaban a la población. La poesía podía funcionar como creación, noticia, propaganda y consigna.

Manuela fue defensora de Santana y adversaria de Jimenes. Faustin Soulouque, presidente de Haití, había emprendido una nueva invasión; el avance de las tropas, la pérdida de Azua y la desorganización del ejército causaron temor. Ella vio en el regreso de Santana al mando del Ejército del Sur una posibilidad de salvar la soberanía y, tras Las Carreras, lo presentó como héroe nacional.

Explicar sus razones no significa compartirlas ni ocultar el autoritarismo de Santana, quien ya había gobernado bajo los poderes extraordinarios del artículo 210, perseguido opositores y expulsado a dirigentes trinitarios. Ahí reside una de las contradicciones más interesantes de Manuela: una mujer que desafió las restricciones impuestas a su género utilizó su talento y su imprenta para defender a un dirigente conservador. Recuperarla no exige convertirla en una heroína perfecta, sino reconocerla como una mujer con pensamiento y decisiones propias.

Una sentencia de cuatro balazos

La confrontación entre Jimenes y Santana convirtió a Manuela en objetivo del gobierno. Ella cuenta que llevaba sus décimas a los albañiles que trabajaban en las fortificaciones y que imprimió más de doscientos ejemplares de una composición. Uno llegó a manos de Mauricio de Silva, sobrestante de las obras del Estado, quien lo habría remitido al presidente.

Según su relato, el 11 de mayo Jimenes ordenó colocar un centinela frente a su vivienda. Advertida por los trabajadores, salió de noche y buscó protección en la residencia de Jonathan Elliot, agente comercial de los Estados Unidos. A la mañana siguiente, un ayudante y cuatro soldados fueron a buscarla. En las calles, partidarios del gobierno gritaban: «¡Viva Jimenes, muera el traidor y doña Manuela la Deana!».

Entonces escribió una de las afirmaciones más estremecedoras de su historia: «Mi causa se llegó a empezar a instruir: mi sentencia debía ser cuatro balazos». Todavía no se ha localizado el expediente judicial que permita comprobar una condena formal. Resulta más riguroso hablar de una amenaza de ejecución narrada por la propia autora, pero no puede ignorarse la precisión de su testimonio.

Manuela imaginó que, si era encarcelada, escribiría con carbón en la pared: «Presa en la cárcel estoy, / no tengo pena por eso, / pues no soy el primer preso / ni dejo de ser quien soy». Incluso privada de papel, tinta e imprenta, se representaba escribiendo.

El derecho a narrarse

En 1849 publicó Historia de una mujer en la Imprenta Nacional y dedicó el texto a Jonathan Elliot. No era una autobiografía completa en el sentido contemporáneo, sino una narración destinada a explicar los hechos que condujeron a su persecución. El título es revelador: no llamó al escrito simplemente defensa o relación de sucesos, sino la historia de una mujer. Reclamaba así autoridad para contar su vida y dejar su versión para la posteridad.

Catharina Vallejo ha considerado el documento transgresor de las normas culturales, mientras Lora Hugi plantea que probablemente sea el primer libro publicado por una mujer dominicana. El «probablemente» debe conservarse mientras la investigación bibliográfica siga incompleta. Aun sin depender del título de primera, sus aportes son extraordinarios: escribió en primera persona, publicó en los albores de la República, poseyó una prensa, produjo hojas volantes, participó en controversias nacionales y afrontó persecución por sus ideas.

Casi dos siglos después, las editoras independientes dominicanas seguimos enfrentando el costo de producir tiradas pequeñas, las dificultades de distribución y el desafío de hacer visibles nuestros libros. Recuperar a Manuela no es solamente rescatar a una escritora olvidada: es reconocer que las mujeres dominicanas participamos en la historia editorial desde el nacimiento mismo de la República.

Su pequeña imprenta doméstica constituye una genealogía inesperada. No sabemos dónde la adquirió, quién la operaba técnicamente ni qué ocurrió con ella después de su muerte. Tampoco se han localizado los originales de muchas de sus hojas sueltas. Son preguntas pendientes para los archivos dominicanos.

La invisibilidad de Manuela no se debió a falta de voz. Tuvo voz, imprenta, lectores y enemigos. Lo que faltó fue una memoria capaz de conservarla completa, con su valentía y también con sus contradicciones.

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