A parte de chismes y leyendas, lo cierto es que el reino de Saba se extendió en la historia por un periodo de más de mil años, entre los siglos XI a. c. y el siglo III d.c., y se lo considera, con sobrada razón, «una de las civilizaciones más fascinantes y duraderas de la antigüedad». Saba es el nombre que recibía originalmente una importante confederación o unión de tribus locales en el actual Yemen. Formaba parte del territorio que griegos y romanos llamaban Arabia Felix. La Arabia Feliz.
Ocupaba probablemente una gran parte de la zona montañosa de la región y una buena porción del desierto. En su capital, Marib, se concentraba el poder político y militar, pero el reino se extendía hasta el cuerno de África y ejercía su dominio en las dos orillas del mar Rojo. Tuvo, como se sabe, una notoria presencia en Etiopía. A los sabeos se le atribuye la introducción del alfabeto y un notable ascendiente en la cultura de esa zona, incluso en la religión. No por nada el mito fundacional de los etíopes se remonta a la descendencia de Salomón y Makeda, como llamaban a la mitológica reina de Saba.
Además, a través de la llamada ruta del incienso, tenía asentamientos comerciales y oasis protegidos a través de Arabia. Sus bien equipadas caravanas extendían su alcance hasta puertos del mismo mar Mediterráneo.
No cabe duda de que los sabeos dejaron una huella profunda y perdurable en la historia, grandes huellas espirituales y materiales. Al desarrollo del comercio y el esplendor de su cultura se acompaña la construcción de ciudades monumentales. Pero aparte de sus logros arquitectónicos causan asombro sus logros en ingeniería hidráulica. La agricultura de riego, en base a una tecnología muy avanzada para la época, transformó zonas áridas y desérticas en verdaderos oasis y la agricultura alcanzó un desarrollo y una productividad sorprendentes. No sólo construyeron una amplia red de canales, sino también un famoso dique, la llamada Presa de Marib, en las cercanías de la ciudad homónima, un dique que se construyó alrededor del siglo VIII y duró casi mil años, y del cual se conservan vestigios.
La presa fue algo que se construyó en la más apropiada forma y zona posibles, entre montañas y desfiladeros, sacando el mayor provecho al accidentado terreno. Se construyó precisamente en un desfiladero por donde corrían las aguas torrenciales de los monzones, en la abertura entre dos montañas a las cuales unieron con un muro que les permitió retener las aguas y mejoró el sistema de riego en forma revolucionaria. La eficiencia del mismo transformó de tal manera la agricultura que se pudieron poner a producir miles de hectáreas de zonas desérticas y alimentar plantaciones de incienso y mirra, de enorme valor comercial.
Se dice que llegó a tener unos catorce metros de altura y que tenía compuertas y aliviaderos, esclusas y compuertas verticales reguladoras para descargar las aguas y distribuirlas por la mencionada red de canales, algunos de piedra y mampostería. Hoy y ayer se la consideraba una de las grandes obras maestras de la ingeniería.
Dicen los historiadores que la dilatada existencia y esplendor del reino de Saba se deben a esa obra, al conjunto de obras de ingeniería hidráulica que permitió el gran desarrollo de la agricultura y el comercio. El reino de Saba duraría, en efecto, más o menos lo mismo que su presa y su gran red de canales de irrigación.
Los sabeos se extendieron también por la difícil geografía de Arabia del norte hasta donde fue posible, porque la falta de agua constituía una barrera infranqueable e impidió un mayor avance. No les fue posible adueñarse y unificar todo el territorio, y quizás tampoco les interesaba. Crearon en cambio colonias a lo largo y ancho de las principales rutas comerciales. El comercio, como suele suceder, daba vida a la inmensa región.
La prosperidad de Arabia Feliz y su exagerada riqueza no pasaron, por supuesto, desapercibidas. Llamaron desde época temprana la atención. Comenzó la etapa en que los pueblos de la Arabia Feliz, al igual que todas la civilizaciones, iban a tener que incorporar a la lucha por la producción de bienes alimenticios y de consumo diario la lucha contra los invasores. Por extraño que parezca, a pesar de encontrarse entre el imperio persa y los egipcios, el reino de los sabeos nunca había sido conquistado.
En el 24 a. C. recibieron la visita nada cordial de los romanos, toda una expedición que el emperador Augusto envió al mando de Elio Galo, el prefecto de Egipto, un país que formaba entonces parte de sus dominios.
El interés primordial de los romanos no era la simple expansión territorial. Creían que el reino era un gran productor de oro y plata, aunque no era más que un simple intermediario. También había interés en la mirra y el incienso y, por supuesto, en el control de las posesiones costeras del mar Rojo. Algo que significaba el libre acceso al comercio con la India, sin pagar peaje a los pueblos árabes.
La expedición de Elio Galo se haría famosa por lo mal planeaba y desastrosa y por haber sido saboteada o traicionada desde adentro. Fue, en efecto, uno de esos fracasos estrepitosos que las grandes potencias suelen sufrir a causa de pueblos a los que menosprecia.
Galo partió de Suez con miles de soldados a bordo de sus naves, atravesó el mar Rojo y desembarcó en Leuke Kome (la ciudad blanca), situada en una región árida y desértica de la costa noroeste, con el propósito de dirigirse a Marib. Sus considerables tropas incluían varios miles de legionarios romanos, unos mil soldados nabateos al mando de un ministro de nombre Sileo, enviado por Obodas III, rey vasallo de la fabulosa ciudad de Petra, tallada en roca en una montaña. Sileo sería el guía principal de la expedición, que incluía a unos quinientos judíos que allí se encontraban por cortesía de Herodes, llamado el Grande.
Herodes era un aliado, que sólo buscaba congraciarse con sus amos romanos, a los cuales debía su reino, pero los nabateos (un pueblo árabe semi nómada), cooperaban de mala gana. Sileo fue prácticamente impuesto como guía por su conocimiento del terreno (las mismas rutas comerciales que usaban los nabateos), y esta imposición le costó cara a los romanos.
Leuke Kome era una importante ciudad portuaria que pertenecía al Reino Nabateo, y se encontraba en la ruta del incienso, bajo el control de los nabateos, que cobraban tributo a caravanas y casi a todo los que se movía. Leuke Kome estaba a unos mil doscientos kilómetros de Marib. Era de hecho una trampa. El inicio del plan macabro que había urdido Sileo.
Sileo no facilitaría a los romanos apoderarse de los rutas y puntos comerciales que estaban en manos de su pueblo. Guiaría a las tropas por caminos de pesadilla, que eran además los más largos y tortuosos, alejándolas de los oasis y de las rutas consolidadas, las hizo avanzar traicioneramente por los peores lugares, por zonas áridas y de calor extremo donde escaseaba el agua y sobraba sol, un sol candente. Kilómetros y kilómetros de interminable caminata. Los hombres se debilitaron, se produjeron brotes de enfermedades. Tras seis meses de penurias el ejército se redujo y se debilitó en grado extremo. En el trayecto había podido apoderarse de algunas localidades sin importancia, pero cuando llegaron a Marib estaban vencidos. Tras unos pocos días de asedio abandonaron la empresa y Elio Galo ordenó la retirada. A su llegada a Roma, Sileo sería ejecutado por orden del emperador Augusto.
Los sabeos se libraron pues de los romanos pero el reino ya había comenzado su decadencia. Un brote de guerras civiles y la falta de mantenimiento de canales y presas provocó el declive de la agricultura y un catastrófico final de la represa de Marib. Casi al mismo tiempo, los sabeos cayeron bajo el dominio de los himyaritas. El reino duró tanto como sus obras de irrigación.
