El pasado miércoles 21 de enero la República Dominicana celebró con diversas actividades culturales, sociales y religiosas el día de Nuestra Señora de la Altagracia protectora del pueblo dominicano. En la Basílica Catedral de Nuestra Señora de la Altagracia (principal santuario altagraciano) el Santuario Arquidiocesano Nuestra Señora de la Altagracia en la zona colonial; la Parroquia Santuario Arquidiocesano de la Altagracia en Santiago de los Caballeros, el Santuario Diocesano de la Altagracia en Loma de Cabrera así como en diversas parroquias y capillas se realizaron misas solemnes, procesiones, novenarios, salves y actividades sociales y culturales que resaltan la devoción y la importancia de quien es considerada la madre espiritual del pueblo dominicano.
Cariñosamente llamada “Tatica” las actividades en su honor no se limitan al ámbito nacional, sino que han cruzado fronteras, consolidándose como un símbolo de fe, identidad y unidad para los dominicanos en cualquier rincón del mundo. Por ello, la devoción a la Virgen de la Altagracia permanece viva, especialmente entre las comunidades dominicanas en la diáspora. En lugares con presencia dominicana como Aruba, Curazao, Puerto Rico, México y Venezuela, así como en ciudades de Estados Unidos como Nueva York, Miami, Boston y Nueva Jersey, y países como España, Holanda, Italia entre otros, la tradición se mantiene vigente. Se celebran misas solemnes, procesiones, exposiciones y diversas actividades sociales y culturales.
Desde sus orígenes Nuestra Señora de la Altagracia ha estado vinculada a la historia, la sociedad y la cultura dominicana. Diversos historiadores consideran que Juan Pablo Duarte Padre de la Patria fue devoto de la Virgen de la Altagracia, su invocación en la lucha independentista y su coronación en el marco de la primera ocupación militar de Estados Unidos es un testimonio de su vinculación histórica con la nación dominicana.
Cada año con motivo de la festividad de Nuestra Señora de la Altagracia, los obispos de la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED) dirigen a los fieles de todo el país una Carta Pastoral que este año la han titulado “Renovación y compromiso bautismal, desde una perspectiva sinodal”. Este documento estructurado en cuatro partes y con 52 números es un valioso texto que llama a la reflexión y al compromiso desde el espíritu del Concilio Vaticano II, el Magisterio de la Iglesia, la sinodalidad y la realidad nacional.
En la carta pastoral los obispos destacan que “numerosas barreras se interponen entre los seres humanos, impidiendo las relaciones saludables de comunión y participación que emanan del bautismo”. Señalan que “basta con observar los medios informativos para constatar un mundo de relaciones heridas y fragmentadas en todos los niveles”. Resaltan como ejemplos de esa realidad “las familias desintegradas, la violencia doméstica, la prepotencia, la difamación y el descarte del otro por diversas razones. Estas relaciones distorsionadas adquieren tal poder que influyen inconscientemente en la forma de pensar, hablar y actuar”. Afirman que “en medio de este mundo de injusticia y de violencia nace Cristo y envía al Espíritu Santo para que podamos nacer de nuevo para la esperanza”.
Subrayan la necesidad del diálogo para sanar divisiones sociales, advirtiendo contra el uso negativo de medios digitales e invitan “aprovechar los nuevos medios de comunicación y el internet para la escucha, para difundir el bien, fomentar el diálogo, proteger a los débiles, promover la verdad y la buena nueva”.
Sitúan a la familia en el centro del compromiso bautismal y social. Reconocen que muchas realidades familiares desgarran el corazón del ser humano, y evocan las lágrimas de Jesús ante la tumba de Lázaro para expresar su cercanía a quienes sufren. Resaltan que las familias sufren como consecuencia de “las muertes por la violencia intrafamiliar; las muertes por la delincuencia y la inseguridad ciudadana; las muertes de tantos jóvenes involucrados en el crimen y las drogas; las muertes en los accidentes de tránsito, por la imprudencia y el irrespeto de la ley; las muertes de tantos enfermos cuya medicina les fue negada por las manos manchadas por la corrupción; las muertes de los niños y niñas abortados, a quienes no se les permitió nacer”.
Plantean que “las lágrimas de Jesús deben llevarnos a dar testimonio de nuestra fe, donde el bautizado brille siempre por su seriedad y honestidad. Y que la mano de la justicia, sin privilegios para nadie, sepa sancionar de modo ejemplar a todos según el tamaño del daño causado a la sociedad por la corrupción”.
Destacan que nos “alarmamos al observar grandes cantidades de desechos plásticos y toneladas de sargazo cubriendo nuestras playas, pero, al mismo tiempo, nos resulta difícil transformar esa preocupación en medidas concretas que impliquen un cambio real en nuestro estilo de vida”. Asimismo, exhortan a impulsar acuerdos internacionales para la protección del medio ambiente y resalta la importancia de comprometernos con pequeñas acciones. Proponen reflexionar sobre cómo gestionamos nuestros residuos y qué podemos hacer para reducirlos. Además, resaltan la necesidad de que prevalezca “el bien común sobre el interés económico de una explotación minera que no respete el medio ambiente y el interés superior del ser humano”.
Cierran con una invitación a todo el Pueblo de Dios, a renovar el bautismo haciendo vida estas dos realidades: renuncia y compromiso. La renuncia “a toda maldad y a todo lo que rompa nuestra relación con Dios y entre nosotros” y a comprometernos “a vivir como hermanos y en unión amorosa con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. Llama a caminar “en la fe como discípulos misioneros”, vivir “como familia” y, como familia, continuar “luchando contra toda corrupción, violencia, especialmente hacia los niños y niñas, y en actitud de servicio siendo testigos del resucitado, haciendo visible su reino y dejando el mundo mejor de como lo hemos encontrado”.
Finalmente, que, por la intercesión de nuestra protectora, la Virgen de la Altagracia, cuya devoción representa los valores del amor, la fe, la maternidad, la humildad, la esperanza, la protección, la unidad y la paz, y que constituye un símbolo y patrimonio cultural esencial para la nación dominicana, se nos conceda la gracia de renovar nuestro compromiso bautismal en una Iglesia de escucha y misión.
¡Felicidades en la fiesta de la Virgen de la Altagracia!
Centro estudios caribeños. PUCMM.
