La Temporada Sinfónica 2025 cerró esta semana con un gesto, para quien suscribe, nada casual: una orquesta que decide terminar el año «mostrando músculo», apostando por un programa grande, exigente y emocionalmente intenso: Beethoven y Chaikovski, después de una obra contemporánea dominicana.
El concierto de clausura, celebrado el jueves 13 de noviembre, reunió tres universos distintos: la fanfarria ceremonial Novi Temporis de José Antonio Molina, la danza contenida pero imparable de la Séptima de Beethoven y el dramatismo casi teatral de la Cuarta de Chaikovski.
La intención (¿con «premeditación y alevosía»?) estaba clara: una tríada diseñada para medir la resistencia, color, disciplina y proyección de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), que este año mostró una madurez sonora a la que no se llega por accidente, sino por acumulación de trabajo y una mezcla creciente de músicos jóvenes y veteranos que ya empiezan a respirar como un solo cuerpo.
La fanfarria dominicana
Luego del Himno Nacional Dominicano, las cuerdas abrieron el espacio para dejarle todo el protagonismo a los metales, quienes respondieron, con claridad y presencia, a la apertura del concierto con la Fanfarria “Novi Temporis”, obra que Molina escribió hace casi dos décadas.
La selección, opinión personal, no fue casualidad: Molina, formado en la tradición sinfónica europea y estadounidense, entiende el valor simbólico de una fanfarria: anunciar, convocar, abrir un espacio.
Además, para los que conocen de historia, tiene un significado especial: fue un encargo de Philippe Entremont a Molina para la décima y última edición del Festival Musical de Santo Domingo, evento que, para los entendidos, es el parteaguas de la escena sinfónica local.
Por ende, que la temporada haya finalizado con la Novi Temporis no fue un gesto menor del director: es un recordatorio de tradición académica y una declaración de pertenencia.
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La 7ma de Beethoven: danza, estructura y diálogo
Un lugar común al escribir de la Séptima sinfonía de Beethoven es caer en los clichés. Romain Rolland la llamó «orgía del ritmo», Wagner la describió como «apoteosis de la danza». Ambas frases, aunque célebres, suelen repetirse sin explicar el porqué.
Así las cosas, la OSN con su interpretación del jueves, dejó un aporte sonoro para entenderlo de forma casi didáctica. El primer movimiento avanzó con un pulso firme, sin prisas, construyendo la tensión sin sacrificar claridad. Y el Allegretto, ese movimiento que tantas veces ha sido repetido como obra autónoma, mantuvo su carácter hipnótico: cuerdas graves marcando el paso, violas respirando en una misma frase y maderas entrando como si el sonido se abriera desde dentro. Fue uno de los mejores momentos de la noche.
Hay algo profundamente pedagógico en observar esta sinfonía en vivo: Beethoven no busca un ritmo «bonito», sino un ritmo que arrastre; eso exige precisión. Y la OSN respondió con un equilibrio que revela progreso: ataques más definidos, un fraseo menos apurado y una escucha interna más constante entre familias.
El scherzo y su trío mostraron soltura, y el Finale, rápido pero controlado, cerró con energía sin caer en el vértigo. Fue una Séptima sólida, clara, inteligible, interpretada con respeto por la estructura y con un pulso que supo crecer sin desbordarse. Y no es un logro menor.
Chaikovski: destino, vértigo y una orquesta que asume el reto
La Sinfonía No. 4 en fa menor de Chaikovski, por su parte, es de esas piezas que no perdona. Exige a los metales una estabilidad casi militar, a las cuerdas un sonido homogéneo incluso en los pasajes más feroces, y a las maderas la expresividad que sostenga el drama sin exagerarlo. Es una obra que pide todo.
El primer movimiento, tan temido por su fuerza y por sus contrastes, encontró una orquesta concentrada y en control. El famoso «tema del destino» surgió con el peso necesario, sin estridencias, y permitió que el segundo tema, más nostálgico, casi confesional, respirara con naturalidad.
El Andantino destacó por la voz cálida del oboe, sostenida por unas cuerdas que lograron un color homogéneo y bien empastado. El scherzo, con su escritura en pizzicato, mostró disciplina y coordinación, y el Finale liberó toda la energía acumulada. Fue un “cierre con mensaje”: la orquesta ya no le huye a los grandes formatos: los busca.
Chaikovski funciona como prueba de estrés para una agrupación sinfónica. Y, para quien suscribe, Molina quiso dejar claro que la OSN está lista para esa exigencia.
Una temporada de madurez artística

El concierto de clausura fue la síntesis de una temporada marcada por una evolución en tres frentes. Los dos primeros corresponden a la OSN: primero, la muestra de un sonido más consolidado, con ataques más limpios, mejor balance entre secciones y mayor control dinámico. Y el segundo, la muestra de una convivencia generacional fructífera: jóvenes que entran con impulso con veteranos que sostienen la tradición.
El tercer frente, no menos importante, lo representó un público que responde, con más presencia en sala, más curiosidad y más apertura al repertorio grande.
Cuando una orquesta crece, no solo mejora su sonido: mejora la escucha del país. Una sinfónica sólida eleva el estándar cultural, educa sin discursos, transforma sensibilidad. Y eso es lo que la Temporada 2025 debe dejar como balance: una orquesta que debe y tiene la responsabilidad de asumir su rol como referencia nacional, y un público que demuestra que sí tiene apetito por estas experiencias.
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Mirando hacia 2026
Las fechas preliminares de los conciertos de la OSN para el 2026 ya están en agenda: el 13 de enero inician con Tesoros de la Patria, a mediados de febrero inician su temporada didáctica y, en mayo, con una nueva Temporada Sinfónica. La OSN entra en una etapa clave: está lo suficientemente sólida para crecer, pero también debe estar lo suficientemente consciente de que su liderazgo artístico implica responsabilidad cultural.
El reto de 2026 debe ser mantener esa combinación de repertorio grande, obras dominicanas de peso y más propuestas, en cantidad y calidad, que emocionen. Si algo se demostró en la clausura es que, cuando la orquesta apuesta en serio y programa con ambición, coherencia y sentido artístico, el público sinfónico dominicano responde.
La música sinfónica no es un lujo: es una herramienta educativa, cultural y ciudadana. La Temporada 2025 puede sentar las bases. Y, si se mantiene este rumbo, 2026 puede convertirse en el año en que la Orquesta Sinfónica Nacional termine de afirmarse no solo como una institución musical, sino como un símbolo de lo que República Dominicana puede ser cuando apuesta por la excelencia.
