Alguien, nadie, cualquiera

Una fábula que se atribuye al psicólogo norteamericano Charles Osgood, cuenta que una vez había cuatro individuos, uno llamado “todo el mundo”, otro “alguien” y los demás, “nadie” y “cualquiera”. Entre ellos, había un trabajo importante que estaba obligado a realizar “todo el mundo” quien apenas se preocupó porque entendía que “alguien” lo haría. En realidad, le correspondía a “cualquiera” pero, luego, fue “nadie” el que lo hizo. Como fue “nadie” quien se ocupó, “alguien” se inquietó porque el deber de hacerlo era de “todo el mundo”. Al final de la historia, “todo el mundo” le atribuyó la culpa a “alguien” cuando “nadie” hizo lo que “cualquiera” podría haber hecho y acabaron señalándose los unos a los otros para escurrir la encomienda.

Esa historia se repite en la tendencia colectiva de evadir responsabilidad, distribuirla y repartirla, hasta que parezca desaparecer con el paso del tiempo, hundida en el olvido e ignorada por la desidia. Quiérase o no, siempre habrá un culpable, aunque existan distintos grados de participación y pese a que se intente diluir entre pretextos y explicaciones tardías, si de tender excusas se trata. Cuando la responsabilidad es de todos, no es de nadie, en vista de que la parte que pesa sobre cada cual, y toca a cada uno, luego se quiere repeler para arrojarla al otro, como si de jugar ping pong se tratara. Nada ocurre sin una acción, pero sí puede justificarse con una omisión.

Por consiguiente, la complicidad no se limita a una participación secundaria en un evento, también en el silencio sospechoso de no denunciarlo, habiendo podido hacerlo por la cobardía de no involucrarse.

Somos espectadores de acontecimientos en los que todos lo sabían, nadie alzó la voz, cualquiera podría haberlo evitado, pero nadie decidió hacerlo.

Al final, la falta se comete, no únicamente si se habla y actúa, también al callar, omitir o ignorar cuando ocurren sucesos ante nuestros ojos que pudieron haberse impedido. Para inculparse, no basta con aplaudir, presenciar o, como muestra de abandono, resignarse, toda vez que la inacción es, en sí misma, un pecado capital de difícil perdón. Recordemos lo que en su momento dijo el gran maestro: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Y a eso añadimos, que quien vio la piedra y tuvo la oportunidad de detenerla y asir el brazo del lanzador es, en ese momento, tan responsable como aquel.

Posted in Opiniones

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas