Autor: Miguel Taveras
La historia dominicana demuestra que la soberanía no siempre se pierde en los campos de batalla. A veces, comienza a cederse silenciosamente desde las finanzas públicas.
A finales del siglo XIX, la República Dominicana atravesaba una de las peores crisis económicas de su historia. Durante el gobierno de Ulises Heureaux, conocido popularmente como “Lilís”, el país acumuló grandes empréstitos con acreedores extranjeros. Para garantizar esos compromisos, las aduanas nacionales —principal fuente de ingresos del Estado— quedaron comprometidas como garantía de pago.
La situación empeoró con la circulación masiva de las llamadas “papeletas de Lilís”, billetes emitidos sin suficiente respaldo que provocaron inflación, pérdida de confianza en la moneda y un fuerte deterioro económico. Mientras tanto, el gobierno seguía recurriendo a nuevos préstamos para cubrir deudas anteriores.
Tras el asesinato de Heureaux, en 1899, la República Dominicana quedó endeudada, políticamente inestable y bajo una creciente presión internacional. Varias potencias extranjeras exigían el pago inmediato de las acreencias pendientes y observaban con preocupación la debilidad económica del país.
En 1903, el gobierno aceptó acuerdos promovidos por los Estados Unidos para reorganizar la deuda externa. Poco después, las aduanas pasaron a convertirse en garantía directa de pago ante intereses extranjeros.
Todo culminó con la Convención Dominico-Americana de 1907. Mediante ese acuerdo, los Estados Unidos asumieron la administración de las aduanas del país y limitaron considerablemente la capacidad del gobierno para tomar decisiones económicas sin supervisión extranjera. Muchos defendieron aquel convenio como una salida necesaria para evitar conflictos mayores y estabilizar las finanzas nacionales.
Otros lo consideraron una grave herida a la soberanía dominicana.
Esa pérdida gradual del control financiero abrió el camino para la ocupación militar norteamericana de 1916.
Más de un siglo después, aquella etapa de nuestra historia sigue dejando una lección clara: una nación no solo debe defender sus fronteras, también debe proteger su estabilidad económica y su capacidad de decidir libremente su destino.
Porque la soberanía también puede perderse desde la deuda.
