Ética y aristocracia

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Cuando una persona asume una Función Pública asume, también el riesgo de que los inconformes, los pesimistas, los pobres, los alineados y hasta los de la Entente califiquen su gestión de acuerdo con sus intereses.
El peligro más notorio cuando se hace el Estado de Resultados de una acción de servicio público es el cruce de un Aristócrata como mediador al bien común que supone el servicio.

Es peligro, porque en un país de debilidades institucionales, él tiene la conciencia de que es quien otorga sus valores morales como colectivos, sin necesidad que estas sean aprobadas por las instituciones porque está consciente de que es él atribuye valor a las cosas, quien crea los valores.

El Aristócrata ayuda al desdichado, pero no por compasión, sino impulsado por la fuerza vana que llena al que se siente dueño de todo.

Abril llama a la transparencia, a desterrar de las funciones públicas a los aristócratas que socavan el orden de las instituciones. Es abril el mes de la Ética Ciudadana, tiempo de recordar al civilista Ulises Francisco Espaillat, ejemplo por excelencia de que las instituciones se sobreponen a las personas, de que el bien común está por encima del bien particular.

La fecha de ascenso de Ulises Francisco Espaillat a la primera magistratura de la nación llama a recomponer las veedurías públicas, a reformular las comisiones de ética de las instituciones públicas y a dejar el legado de que, si algo merece hacerse, merece hacerse bien, con ética y valores.

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