Existen personas que entienden que nacieron para determinados puestos públicos, de los cuales son merecedores. No conciben esa función o cargo como la oportunidad o la vía de servir a los demás.
Tampoco se sienten honrados por ocupar dicha función, entienden que es la institución y el cargo los que deben estar agradecidos de tenerlos a ellos. Y que los demás están en deuda con ellos.
Por este tipo de pensamiento, entienden que, si son funcionarios, los recursos públicos, el patrimonio colocado en el presupuesto de las instituciones públicas, son para darles uso como si fuera su propiedad, herencia o peculio personal.
Esa conducta nace y se va cultivando desde los espacios ciudadanos, gremios, asociaciones, grupos comunitarios, escuela o familia, y es favorecido por un contexto social de individualismo, de “sálvese él que pueda”.
En el ámbito social o colectivo, estos personajes nunca aceptan las decisiones de la mayoría, sobre todo si les son desfavorables. Y como funcionarios en el ámbito público, recurrentemente irrespetarán la ley en procura del beneficio suyo y de su grupo.
Entonces en un espacio de toma de decisión colectiva, si el resultado aprobado es diferente al suyo, nunca se someten, ni lo respetan, llegando a boicotear las acciones de la voluntad colectiva, con el alegato de que esa mayoría “está equivocada” o que hubo una manipulación, posiblemente una trampa o fraude.
Esa práctica se debe a la ausencia de la cultura democrática, que es algo más que una conceptualización, más que un simple protocolo. La cultura democrática es un quehacer sustentado en la participación para la transformación de realidades adversas desde y para la colectividad.
Cultura democrática es la madurez que alcanza un conglomerado para resolver los asuntos colectivos, haciendo predominante el interés de la mayoría, que se convierte en interés principal, el prioritario. Es el predominio de lo general sobre lo particular, es decir, de los intereses colectivos frente a los intereses de las minorías.
Autor: Bernardo Adán de la Cruz P.
