El autoritarismo está contenido en las visiones, formas de proceder, de relacionarse de los grupos gobernantes frente a los gobernados, alimentado de manera recurrente con la toma de decisiones arbitrarias y por lo tanto desconocedora de las demandas prioritarias de las grandes mayorías.
Este accionar de la clase gobernante se convierte en el caldo de cultivo que arroja como resultados sociedades conservadoras o democracia defectuosa.
Las dinámicas de las sociedades con cultura democrática pobre tienen como cotidianidad acciones verticales e impositivas, en un tipo de relación unilateral entre representantes y representados. Es decir, de una sola vía: de arriba hacia abajo, con un acentuado culto personalista y mesiánico.
Un síntoma que se produce en esas sociedades es la deficiencia en la aplicación de leyes o normas existentes, las cuales se convierten en simples formalidades, tan solo para aparentar avances.
Entonces esa sociedad pasa a padecer de debilidad institucional, en la cual, para pequeños grupos de poder, por su condición económica, política, ante la infracción de la ley o comisión de algún delito, se encuentran exentos de sanciones; para ellos no existe régimen de consecuencia.
En determinados momentos de la historia por las luchas de los pueblos y de su ciudadanía, las sociedades alcanzan cierto grado de libertad y se hace menos necesaria para la clase gobernante el uso de la violencia y represión, pero en esencia el ejercicio del poder en la sociedad sigue siendo autoritario.
En ese nuevo grado de apertura, la ciudadanía adquiere el derecho a hablar, aunque en lo sustancial, sus demandas prioritarias no son atendidas.
Por la falta de participación colectiva, sus reclamos quedan como resabios individuales, vulnerándose derechos fundamentales, como el derecho a la salud, la educación, acceso al agua, vivienda, al trabajo, haciéndose imperceptible en la cotidianidad la violación de esas potestades o derechos.
Autor: Bernardo Adán de la Cruz P.
