El liderazgo autoritario se corresponde con el contexto de ausencia de participación colectiva y la cual se asume como normal, en el escaso ejercicio de derechos fundamentales, coronado con la dádiva que viene a ser un instrumento a favor de la relación excluyente de la clase dominante. Esa dádiva se convierte en favor o limosna hacia un pueblo arropado por la insatisfacción de las necesidades básicas, y con la paradoja de que lo repartido corresponde a los propios recursos de la colectividad empobrecida.
Esta esencia autoritaria del liderazgo en un país reaparece en coyunturas específicas, cuando surgen movimientos de reclamos ciudadanos. Si la clase política se siente amenazada, desarrolla el argumento de la conspiración contra el “orden y la estabilidad” e intenta sofocar esos movimientos con actos de agresión, pues son la expresión del libre ejercicio de los derechos de esos hombres y mujeres, que en ese accionar pueden descubrir que no son esclavos, sino ciudadanos poseedores de derechos.
En otros casos, si el movimiento de protesta tiene impacto momentáneo, pero poco arraigo social, el grupo gobernante ofrece el diálogo, negocia atender las demandas, pero generalmente incumple los compromisos contraídos.
La prolongada predominancia de modelos cosméticos, de democracia defectuosas, autoritarias o despóticas, se expresa en el bajo nivel de educación y empoderamiento de la ciudadanía sobre sus derechos o prerrogativas.
En este tipo de realidad política se va traduciendo en desesperanza y desilusión. Así se configura el agotamiento del imaginario de los colectivos humanos, de pensar, concebir y abrazar la existencia de otra realidad, aunque sus anhelos de cambiar esa realidad se encuentran en ellos de manera latente, y procuran escapar de ese estado de iniquidad y desigualdad, apostando con ser agraciado con el premio mayor de la lotería.
En una democracia real la clase gobernante debería desarrollar políticas para que quienes integran ese conglomerado social ubicado en la escala de marginalidad y pobreza, no sean convertidos en mendigos, sino en personas productivas y dignas.
Autor: Bernardo Adán de la Cruz
