Hay baja mundial en el consumo de alcohol. La disminución no es drástica, pero confirma una tendencia sostenida hacia hábitos más moderados, impulsada por mayor conciencia de salud, cambios culturales y nuevas alternativas de socialización sin alcohol. Es un curso del que nuestro país no escapa. Datos de la DGII y la DGA revelan caídas en las recaudaciones por impuestos a bebidas alcohólicas y en las importaciones de licores. Bueno, luce que beber ya no es sinónimo automático de socialización ni de identidad colectiva. Este descenso es oportunidad para replantear nuestras costumbres y desmontar la presión social que normaliza el exceso. Menos alcohol no implica menos alegría; sí más libertad.
