El horrendo crimen del conductor de camión recogedor de basura en Santiago revivió el problema de los motoristas, considerados ahora un grupo social asociado a desorden y a la violencia. Ese homicidio debe ser ejemplarmente castigado, pero también miremos más allá. Nuestros más de 3 millones de motoristas no son culpables de ser una “plaga”. Son el reflejo de un Estado que no educa (la mayoría tiene solo educación primaria o inferior); no regula (la mayoría no tiene licencia); no promueve desarrollo humano. Satanizar los motoristas es irnos por las ramas. Si queremos menos violencia y más convivencia, miremos más arriba; la raíz no está en la calle, sino en nuestra histórica ausencia de políticas públicas.
