Durante una fiesta familiar reciente no pude evitar pensar en lo frágil que es la normalidad. Mientras celebrábamos con sancocho, música, cuentos y risas, en otras partes del mundo la guerra impide incluso cumplir años. La paz, la libertad y la democracia son bienes inmensos que nuestro país disfruta y tradicionalmente solemos dar por sentados. Pero un país que quiera conservarlos debe cultivar instituciones fuertes, educación cívica, participación ciudadana y un compromiso ético con el diálogo. La estabilidad no es un regalo perpetuo sino una tarea diaria. Recordarlo es la única forma de evitar que, algún día, descubramos demasiado tarde lo que dejamos de cuidar.
