Cara de póker

Impasible, inexpresivo, inescrutable, pareciera que no siente ni padece. En su cara no hay sentimiento con el que pueda interpretarse su interior, las alegrías no le provocan una sonrisa, pero tampoco las penas, una lágrima.

Desde hace más de cuarenta años acude puntualmente a sus labores, poncha tarjeta y cumple el horario como un reloj. El peso de los años le ha encorvado su cuerpo ya de por sí delgado y enjuto, los pocos cabellos que le quedan han perdido su color original para dar paso a un grisáceo amarillento, engominado a la perfección hacia atrás, como ya no se usa, que acomoda con su pequeño peine negro de bolsillo. El semblante se le ha hecho más serio, si cabe, con las arrugas de la boca que han ido profundizándose, poca gente le ha visto la dentadura, a menos que lo sorprendan comiendo, lo que rara vez ocurre.

Nadie conoce su familia y no participa en actividades de la oficina, nunca falta a sus labores ni le dirige la palabra a nadie que no fuera un supervisor si tuviera que dar alguna información, su mundo son los papeles que no tienen sentimientos ni le piden cuentas. Escribe, firma y sella, la misma rutina por décadas, no puede fallar.

Ha visto muchos jefes entrar y salir, igual que compañeros que se van, no se apega a nadie, ni se encariña con ninguno. Es su lugar de trabajo y no de crear relaciones personales, no las necesita ni le ve sentido a hacer amigos en el espacio laboral.

Sin hablar, se acomoda a las reglas de los incumbentes y no extraña a los que se marchan. No es zalamero ni crítico, le disgustan los camaleones que se desbordan de simpatía cuando ingresa un nuevo jefe y lo ignoran cuando deja de serlo. Es ajeno a esas miserias humanas, pero por dentro las repudia; mientras, prefiere ser confundido con un archivo o parte del decorado, está a disposición en lo que sea estrictamente necesario, ni tan solícito como para hacerse indispensable y le pongan a su cargo atribuciones que le correspondan a otro, aunque tampoco tan inoperante que haya que prescindir de él porque no rinde ninguna labor.

Ha podido sobrevivir a la modernización de los procesos y a la digitalización de los expedientes porque tiene como ventaja que su puesto no es apetecible y que necesita poco para sobrevivir en un cuartucho cuya ubicación nadie conoce. Su recorrido diario es su razón de existir, no concibe la vida de otra forma. Cuando muera nadie lo notará, como tampoco mientras vive, ha sido su decisión y es su rara forma de ser feliz.

Posted in Opiniones

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas