Compartiendo soledades

Ella llega al parque a la hora de siempre con su cuidadora; después de alcanzar el octavo piso, perdió la cuenta de su edad que se le antoja avanza muy rápido. A pesar de las décadas vividas, mantiene su coquetería de peinarse un moño y pintarse la boca desde que sale de su casa. Se mantiene perfumada todo el tiempo porque son las reglas de higiene que le enseñaron desde pequeña y perdida la lozanía de la juventud, solo le queda estar presentable. Sus hijos están casados y tienen sus propias vidas, le ha costado comprender que a ellos les toca tejer sus propias historias como ella también lo hizo junto a su esposo cuando salió de su casa, quien, tras una larga enfermedad, se le adelantó en la despedida terrenal.

El tiempo pasa lento entre las mismas actividades, con una rutina diaria que no admite muchos cambios en que se ha acostumbrado a estar con ella misma, a cavilar y a esperar con ansias las llamadas de los nietos para que le cuenten sus nuevas aventuras, aunque no quiere ser impertinente con su insistencia.

Él llega puntual al parque, aún en sus saltos de memoria o los achaques propios de la edad que han ralentizado su andar mantiene intacta su apreciación de la belleza femenina y ver a la señora del banco de enfrente le alegra el día y le motiva a despertarse cada mañana. Él intuye que no le es indiferente porque le sonríe y lo mira fijamente como invitándolo a que se siente a su lado, pero él no acaba de atreverse. A lo mejor más tarde, piensa que está muy mayor para hacer el ridículo.

Después de semanas en el mismo ritual, ella lo busca con la mirada y él hasta decidió afeitarse para verse mejor exhibiendo un rostro que, aun con las arrugas, se ve mejor liberado de esa barba canosa. Esta vez se atreve a acercarse, entre tímido y dudoso, porque se siente alentado con la expresión receptiva de ella que lo hace sentir acogido. Ya superado el primer paso es más fácil los próximos días conversar, intercambiar recuerdos y hasta recetas de medicinas en la que son expertos a fuerza de consumirlas.
Así pasan las horas que antes llenaba el tedio entre risas, remembranzas y las quejas propias de que el pasado fue mejor, de que los hijos no los llaman lo suficiente o de lo caro que está todo y que no rinde el dinero. Día a día han ido llenando sus espacios antes vacíos y han comprendido que cuando dos soledades se acompañan es más fácil transitar la existencia.

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