Ahora resulta que la conversación es la caída de los influencers, ¡qué novedad! Antes tuvo otros nombres y mañana tendrá otro. La maquinaria digital necesita tema, antagonista y, si es posible, cadáver. Y pocos espectáculos entretienen tanto como ver caer a alguien a quien nosotros mismos ayudamos a subir.
Los dioses de nuestro pequeño Olimpo digital han dejado de gustarnos. Algunos porque envejecieron, otros porque se repitieron, otros porque dejaron de parecer aspiracionales y comenzaron a parecer simplemente ricos, cansados o insoportablemente felices. Qué decepción descubrir que aquella vida perfecta tenía hipoteca emocional, patrocinadores y aro de luz.
Durante años confundimos influencia con aspiración. Pensamos que mirar era admirar, que admirar era desear y que desear era una forma bastante económica de pertenecer. Queríamos la casa, el cuerpo, la pareja, el viaje, la mesa de mármol impoluta y, sobre todo, ese entrenamiento perfecto a las once de la mañana de un martes laborable. Luego descubrimos, con inocencia conmovedora, que no podíamos reconocernos en alguien cuya vida transcurre entre privilegios.
¿Dónde estaba exactamente el spoiler? Ahora celebramos la supuesta caída de aquellos influencers como si hubieran aparecido espontáneamente en una esquina de internet. Como si nadie le hubiese dado al botón de seguir, compartido sus rutinas, comprado sus códigos de descuento o convertido cada desayuno en una pequeña liturgia de consumo. Sus vidas fueron construidas con la materia prima de toda ficción eficaz: atención sostenida.
Y los mismos que ayer elevaron a dioses hoy ejercen de jueces.
Desde que el mundo orbita en scroll aceptamos un orden bastante absurdo: primero idolatramos, luego imitamos, después nos cansamos y finalmente castigamos al ídolo por haber aceptado el pedestal que nosotros mismos levantamos. Es el circo romano con algoritmo, filtro y envío gratis.
No creo demasiado en la caída definitiva de los influencers. Se quedarán ahí, dando vueltas en su pecera, hasta que el aburrimiento y la próxima notificación vuelvan a hacernos confundir mirar con creer. Entonces aparecerá otro dios, le daremos follow, compraremos su autenticidad en cuotas y, cuando nos cansemos, también diremos que siempre supimos que era falso.
Internet no destruye dioses. Los fabrica con nuestra atención y luego nos vende entradas para el sacrificio. Y nosotros volveremos a hacer fila, convencidos de haber aprendido algo.
