La desfinanciación de la cultura es un golpe directo a la libertad creadora, que convierte la autonomía artística en pura ficción. Se proclama la autonomía del artista, mientras se le deja en condiciones precarizadas. Sin infraestructura, sin recursos, sin condiciones mínimas para desarrollar su obra.
Una libertad que sólo existe como slogan es la forma más cínica de esclavitud.
Así, el “mercado” aparece como sustituto natural, prometiendo circulación y visibilidad. Pero lo que distribuye está absolutamente atado a algoritmos y a métricas de “rentabilidad”. La pluralidad se extingue, la experimentación se convierte en lujo y la complejidad queda atrapada en el último círculo del infierno moderno: la invisibilidad.
El “mercado” festeja la independencia del creador, mientras lo obliga a ser gestor de su propia marca y productor en serie de contenidos que puedan competir por “segundos de atención”.
Tampoco vamos a creer que los Estados son garantía de libertad. Si opera como tutor ideológico, las restricciones son igual de nocivas. Pero sí podemos advertir que su retirada absoluta es aun más devastadora. No debería dictar contenidos, pero sí apoyar las condiciones de posibilidad: educación, circuitos de distribución, infraestructura mínima, redes de circulación y un sin fin de “etcéteras”.
Hoy por hoy, en época de redes, sus algoritmos y de inteligencia artificial, lo que éstas invisibilicen porque “no rinden”, Estado y medios deben resguardarlo y promoverlo como bien común, patrimonio de memoria y horizonte de futuro.
La disputa es por el reparto mismo de lo sensible: qué voces, qué sonidos, qué memorias debemos impulsar en la esfera pública.
La desfinanciación cultural empobrece tanto a artistas como a toda la comunidad porque nos deja atados, culturalmente, a los dictámenes del algoritmo, invisibilizando la imaginación colectiva. Y una sociedad sin imaginación se vuelve dócil, manipulable e incapaz de concebir alternativas.
El ataque a la cultura es, siempre, un ataque a la libertad.
