Si tu algoritmo es como el mío, seguramente lleva días lleno de todo lo que está pasando en Venezuela. Pero, ¿cuántas veces nos ha sucedido eso en los últimos años?
Demasiadas, sí. Lo lamentable es que, así como toda noticia que ocasiona el tan mencionado “hype” en las redes sociales, el algoritmo olvida para pasar a la siguiente. Este tiene una virtud que solemos confundir con memoria: sabe volver urgente cualquier cosa. Una bandera entre escombros, un video temblando, una cifra que sube, una familia buscando.
Durante estos días, Venezuela ocupa cada pantalla. Compartimos, comentamos, sentimos rabia. Luego la máquina detecta que nuestra atención se agotó y abre paso a lo siguiente: un escándalo, un estreno, otra tragedia. Así funciona la economía del “feed”, las plataformas premian la reacción inmediata, no la responsabilidad sostenida. Su lógica consiste en capturar segundos, no en acompañar días de duelo, búsqueda y desplazamiento. El desastre se vuelve una tendencia; las personas, una métrica de rendimiento.
Por ello, respetuosamente y con mucha gratitud anticipada, vengo a recordarte que Venezuela no solo nos necesita hoy, sino mañana, pasado y el mes siguiente. Porque, aunque los “likes” y los compartidos bajen, los escombros seguirán allí y nuestros hermanos afectados también.
¿Qué puedes seguir haciendo? Sigue compartiendo. Si tienes el poder de amplificar con tu cuenta todo lo que se te antoje y de seguir consumiendo (o creando) “contenido”, dale voz a quienes no la tienen. Puede orientar donaciones o visibilizar necesidades.
La solidaridad útil, la de verdad y no “la viral”, tiene calendario: volver a donar cuando el tema dejó de estar en la tendencia; preguntar a venezolanos cercanos qué necesitan; revisar fuentes antes de amplificar rumores o apoyar organizaciones con capacidad real en el terreno.
Y, lo más importante, sigue empatizando. En nuestra República Dominicana, este humilde emplazamiento tiene rostros: compañeros de trabajo, vecinos, estudiantes, emprendedores, cuidadores. La distancia entre Caracas y Santo Domingo cabe en un vuelo de una hora; pero vale recordar que la distancia moral se agranda cada vez que convertimos una emergencia humana en una historia de consumo rápido.
