Por Ericka Bardot
lasletraspequeñas.substack.com
El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará las elecciones de medio término, que bien podrían considerarse un ensayo general de las presidenciales de 2028. Se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado. Los republicanos defenderán una mayoría estrecha en la Cámara baja y una ventaja de 53 a 47 en el Senado, donde los demócratas necesitarán una ganancia neta de cuatro escaños para alcanzar la mayoría.
Donald Trump estará ausente de las boletas, aunque su nombre dominará la contienda. Él mismo ha convertido estas elecciones en una especie de referéndum sobre su gestión, hasta el punto de ofrecer su propia versión de los 200 pesos y el pica pollo: 5,000 dólares en efectivo a cada adulto que vote «por él». Su aprobación ronda el 32 %, según Reuters/Ipsos, una cifra que contrasta con las promesas que lo devolvieron a la Casa Blanca: fortalecer la economía, controlar la frontera y dejar atrás las guerras ajenas.
El guion comenzó a complicarse. El costo de vida sigue siendo una preocupación y, en febrero, comenzó la guerra con Irán, un conflicto que se ha prolongado sin un desenlace claro. Según el Pew Research Center, el 65 % de los estadounidenses desaprueba la gestión presidencial del conflicto y el 52 % tiene poca o ninguna confianza en que se alcancen los objetivos militares.
La ironía resulta difícil de ignorar: el candidato que prometía cerrar el capítulo de las guerras interminables terminó escribiendo uno nuevo, con el precio de la gasolina como recordatorio semanal del conflicto.
En 2024, el voto latino protagonizó uno de los giros inesperados de la elección. Muchos de esos votantes respaldaron las promesas de firmeza económica y control fronterizo. Dos años después, según NBC News y Telemundo, el 59 % prefiere un Congreso demócrata, frente al 35 % que se inclina por los republicanos. Además, dos tercios consideran que las deportaciones han ido demasiado lejos, mientras los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) se han convertido en parte de la vida cotidiana de numerosas comunidades.
Sin embargo, esos resultados requieren una lectura cuidadosa. La misma encuesta encontró que el 83 % apoya la deportación de inmigrantes indocumentados que hayan cometido delitos graves. El desacuerdo de una parte importante del electorado latino parece concentrarse en los métodos utilizados para ejecutar la política migratoria.
Las consecuencias de estas elecciones también alcanzan a República Dominicana. Durante los primeros nueve meses de 2026, el país recibió US$9,489.8 millones en remesas y, en septiembre, el 80.9 % de los envíos formales llegó desde Estados Unidos, donde residen más de 2.5 millones de dominicanos. La relación económica y humana entre ambos países convierte las decisiones de Washington en asuntos de interés directo para la sociedad dominicana.
Esta elección revela, además, una contradicción que trasciende a Trump. Muchos de los votantes que hoy desaprueban la guerra o los métodos de ICE respaldaron hace dos años las promesas de firmeza del presidente. Entre las expectativas depositadas en un gobernante y lo que sus seguidores terminan tolerando existe una distancia difícil de medir mediante las encuestas.
Por su parte, la ventaja demócrata parece alimentarse más del rechazo al Gobierno que del entusiasmo por la alternativa. Los demócratas tienen la ventaja del suplente que entra en escena porque el titular perdió la voz, aunque todavía debe convencer al público de que merece el papel. Un electorado desencantado con ambos partidos podría terminar decidiendo la elección mediante la abstención.
Las encuestas favorecen a los demócratas en la Cámara de Representantes, mientras el Senado presenta un panorama más difícil para la oposición. Una victoria demócrata ampliaría las posibilidades de fiscalización del Ejecutivo. Si los republicanos conservan ambas cámaras, Trump afrontará la recta final de su mandato con mayor margen de maniobra legislativa.
El 3 de noviembre conoceremos cuánto respaldo conserva Trump y hasta qué punto los demócratas han logrado convencer a un electorado dividido. Será también una oportunidad para medir la paciencia de un público que, dentro de dos años, tendrá que decidir quién protagonizará la siguiente función.
