Jon Batiste entra en Mozart por una puerta que muchos intérpretes clásicos dejaron abierta: la improvisación. Black Mozart, disco continuación de su Beethoven Blues, propone un diálogo íntimo con un compositor al que solemos escuchar como monumento, cuando en vida fue también un músico de reflejos rápidos, humor agudo y extraordinaria capacidad para inventar en el instante.
Batiste parte de una idea poderosa: si Mozart improvisaba, transformaba materiales y dejaba espacios para la espontaneidad, tocarlo hoy exige algo más que veneración. Exige conversación. Desde ahí, el pianista estadounidense filtra sus melodías a través del blues, el jazz y otras tradiciones afroestadounidenses sin borrar su arquitectura original.
El resultado funciona mejor cuando esa libertad parece descubrir conexiones ocultas. En “Facile-Batiste”, la Sonata K. 545 se abre hacia una fantasía de acordes repetidos; “Alla Blues” conduce el Rondo alla turca hacia otro lenguaje rítmico; “Country Zart” insufla a la obertura de Las bodas de Fígaro una energía inesperada. También hay humor, ligereza y juego, cualidades profundamente mozartianas.
La mayor virtud del disco está en recordar que el canon clásico sigue vivo cuando permite apropiación, riesgo y personalidad. Batiste no trata a Mozart como reliquia, sino como interlocutor. Su lectura puede incomodar a quienes buscan fidelidad estilística estricta, pero precisamente ahí reside su interés: devuelve a Mozart algo que la tradición académica domesticó durante siglos, la sensación de que su música todavía puede ocurrir ante nosotros, aquí, ahora. Y en ese presente, Batiste encuentra un Mozart menos de museo, más humano, juguetón y peligrosamente contemporáneo.
