Un filósofo ilustre afirmó algo que aplica para el que desee un sitio en la historia: Que la verdadera memoria es quedar en la memoria de los hombres por las buenas obras. Eso, junto a la buena fama, tiene más valor que una estatua o monumento de esos que erigen hasta para personas solamente dignas para el zafacón de la historia. Para llevar la buena fama hasta la sepultura se precisa de civismo, desinterés y de entereza para poder aceptar la consecuencia de sus actos. Y si es alguien que se proclama defensor del progreso y el bienestar de su pueblo, la responsabilidad es mayor. En el caso dominicano implicaría que ese alguien se alinee con todo lo que atente contra esta democracia que tanto sudor y lágrimas ha costado.
