Expedientes impecables

Un ejemplo lejos en el tiempo que quizá nos sirva es el del juez Garzón cuando en 1998 acorraló a Pinochet en Londres con una orden de detención por varios delitos, y si el dictador chileno pudo escapar 17 meses después fue por una puerta ajena al derecho, no por insuficiencia de pruebas. Ese proceso icónico sirve para explicar que la mejor manera de otorgar seriedad a la persecución del crimen y la corrupción es investigar primero y denunciar después. En el país hemos tenido varios juicios “históricos” que terminan en nada, por lo que la esperanza es, ahora inclusive con nuevo código penal, que haya expedientes impecables del que solo se pueda zafar el culpable por hacerse el loco o por suicidio, nunca por fallas en la investigación.

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