El analfabeto político

En estos días he tenido mucho tiempo para pensar en la Feria del Libro de Madrid, no porque uno se convierta en un filósofo bajo los toldos del Retiro, sino porque entre firma y firma te da por observar. A veces más que firmar libros parece que firmamos recibos. Lo importante, en todo caso, no es el libro: es el gesto. La mirada de alguien que te pone en sus estanterías, el chico que viene con nervios a decirte que le gustó lo que escribiste sobre la poesía, la señora que te cuenta su vida en cuatro frases, y tú piensas que ojalá escribiera ella, que tiene más mundo que tú y mejores frases.

Entre esas conversaciones, me vi metido en una tertulia que no parecía una tertulia sino una trinchera. Se hablaba de política y de libros, y uno que llevaba gafas de pasta gruesa, el tipo de gafas que usa quien quiere parecer interesante incluso dormido, citó a Bertolt Brecht. “El peor analfabeto es el analfabeto político”, dijo. Lo soltó con una solemnidad tan firme que por un momento parecía que hablaba en mármol.

La frase la he leído mil veces, y siempre me pareció una especie de advertencia que llegó tarde. Porque el analfabeto político no es tonto, es cómodo. Sabe lo que cuesta el pan, pero prefiere creer que es culpa del panadero. Cree que la política es algo que hacen los otros, Y mientras tanto, vive sin pagar impuestos y se indigna si le multan. Dice que todos los políticos son iguales pero no sabe el nombre de su diputado ni de su regidor.

Ese intelectual del que no diré el nombre (porque tampoco me acuerdo), venía a decir que estamos rodeados de analfabetos políticos. Yo creo que no. Yo creo que estamos mejor. Que el político ya no puede esconderse detrás de un micrófono, que el ciudadano ha aprendido a gritarle desde el celular. Que hay ruido, sí, pero también una cierta conciencia. Y que el votante, aunque a veces se equivoque, al menos vota.

El problema no es la ignorancia. Es la desmemoria. Olvidar que lo que no se decide, se impone. Y que no participar es ceder el sitio. Como en la Feria del Libro, donde quien no escribe ni firma, al menos compra. Y al comprar, elige.

Posted in DE UNA SENTADA, Opiniones

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