Políticamente incorrecto

Con el paso del tiempo he descubierto que, si uno mira hacia atrás los últimos cinco años, lo más prudente es admitirlo: yo entré a la vida política con los ojos vendados. No por inocencia —que a estas alturas sería un pecado de juventud ya imperdonable—, sino por esa ilusión civilizada de creer que el poder, aunque turbio, conservaba algún pudor. Sabía que la corrupción existía, como existe el polvo en las casas: se barre, se disimula, se aprende a vivir con ella. Lo que no sospechaba era la escala, la soltura y esa alegría de mano suelta con que se ha instalado en el discurso público, como si fuese una virtud doméstica.

Yo creí, al principio, que el problema principal era ideológico. Que bastaba con discutir ideas, programas, visiones de país. Hoy sé que muchas de esas discusiones eran apenas una coartada elegante, una cortina de humo culta para ocultar intereses más pedestres. Algunos políticos han perdido el respeto no solo por la ley, sino por el dinero mismo: se habla del robo de millones de pesos en el Estado con la tranquilidad con que en Barahona se habla de hojas de plátano, abundantes, baratas, desechables, siempre reemplazables.

Lo más inquietante no es el delito, sino su normalización. La corrupción dejó de ser un escándalo para convertirse en un dato del paisaje. Se comenta en voz baja, se relativiza, se justifica con un cinismo práctico: “Todos lo hacen”, “si no robas eres tonto”, “aprovecha ahora”. Así la ética se vuelve un lujo y la decencia una rareza que estorba.

He aprendido que el daño no está solo en el dinero que desaparece, sino en la confianza que se evapora. Cuando el ciudadano asume que el sistema está diseñado para saquearlo, la política deja de ser una casa común y se vuelve un mercado de trampas. Nadie cree, nadie cuida, nadie espera.

Este aprendizaje incomoda porque obliga a revisar complicidades, silencios y excusas. Caminar ciego también es una responsabilidad. Ser políticamente incorrecto, en este contexto, no es provocar por deporte: es negarse a llamar normal a lo indecente, aunque cierre puertas, aunque te deje solo. Nombrar el problema es, quizá, el primer gesto de resistencia. Callar es cómodo, pero termina saliendo caro, sobre todo cuando el silencio se convierte en costumbre colectiva. Y entonces sí: nos quedamos sin país y sin futuro compartido.

Demuéstrame que estoy equivocado…

Posted in DE UNA SENTADA, Opiniones

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