La corrupción no es una sorpresa. Es más, como esa humedad en las paredes de una casa vieja: al principio la ves, te molesta, dices “esto hay que arreglarlo”, pero pasa el tiempo y ya la integras en la decoración. Forma parte del paisaje. Como los mítines. Como los debates donde nadie debate nada.
Ahora bien, cuando los partidos hablan de luchar contra la corrupción, uno siente lo mismo que cuando un alcohólico promete dejar de beber después del próximo brindis. No es cinismo. Es costumbre. Porque el sistema de partidos en este país —y en muchos otros— se ha convertido en una máquina que primero te seduce y luego te traga. El idealista entra por la puerta con una carpeta de principios y a los seis meses le ves en una terraza con gafas de sol y asesores, hablando de lo mucho que ha cambiado todo.
Los partidos están asalariados por corruptos, y a veces, son los corruptos los que terminan diseñando los partidos. Se supone que hay códigos éticos, pero los códigos se interpretan como quien lee un horóscopo: “Bueno, depende de cómo lo mires, no está tan mal”. Las leyes se vuelven suaves. Los fiscales llegan tarde. Y cuando pillan a alguien, se defiende con la naturalidad de quien encuentra un radar en la autopista: “A ver, todos vamos rápido, solo que a mí me han pillado”.
Se viene un torneo electoral. Ya no para ver quién es el mejor, sino quién es el menos corrupto. Un podio al revés: gana el que huele menos a podrido. Triste, pero real.
Y entonces surge la pregunta que no suena en los discursos: ¿y si probamos con otra forma de hacer política? ¿Y si dejamos de repetir los nombres de siempre como si fueran marcas de yogures y apostamos por alguien que no haya pasado por la trituradora? ¿Y si, de paso, le damos la oportunidad a una mujer, por ver si este país con nombre femenino deja de tolerar ese flagelo que lo está dejando cada vez más pobre?
No se trata de milagros. Se trata de agotar ya el repertorio de excusas. La corrupción no es una enfermedad incurable, pero sí necesita que dejemos de aplaudir al paciente cada vez que dice que se siente mejor. Demuéstrame que estoy equivocado…
