Dedir que no

“Me rebelo, luego existo”.

Esa frase de Albert Camus entraña más de lo que sus cuatro palabras podrían sugerir.

Camus la explica de la siguiente manera:

“¿Qué es un rebelde? Una persona que dice que no.”

Alguien, quien dice: “Esto ha estado pasando por demasiado tiempo.”

O, “Hasta este punto sí, más allá de el no”.

O, “Hay un límite más allá del cual, no deberás pasar”.

En otras palabras, la palabra “no” afirma la existencia de un límite.

Uno puede rebelarse ante una opresión sufrida, o ante el espectáculo de la sufrida por otros.

En fin, el decir que no conlleva valentía, esencial para ser libres y dignos.

El dramaturgo estadounidense Arthur Miller analizó la cuestión desde otra perspectiva: ¿Posee el hombre común y corriente la capacidad de ser héroe?

Al igual, Camus afirmó: Todo aquel que cuestione o desafíe sus circunstancias, para afirmar su humanidad, es un héroe, o heroína.

Y es que nuestros intereses personales y nuestras vidas cotidianas nos arropan, y nos limitan.

¿Por qué decir que no, si haciéndolo pongo en peligro una posición importante, mi carrera, mi familia, mi bienestar?

En el mundo moderno se necesita de esta morel negativa.
Estamos viviendo en sociedades donde más productos y servicios están disponibles para nuestro consumo, y si no podemos acceder a ellos, a nuestros deseos. Este deseo de adquirir y poseer nos gobierna, a veces, inconscientemente. Nos impulsa a asentir una decisión arriesgada y moralmente cuestionable. Esto es particularmente prevaleciente, en sociedades que como la nuestra se ha convertido en una costumbre mostrar lo que tenemos.

No todas las sociedades son como la nuestra. Hay sociedades que debido a educación de sus ciudadanos y a sus experiencias históricas se comportan socialmente de una manera más discreta. Recuerdo que fui a visitar a mi hijo en París, cuando trabajaba como consultor en una empresa alemana. Cuando nos encontramos en la calle, me preguntó: “¿Qué haces vestido así?” “Pero, esta es una chaqueta de sport norteamericana”, le contesté. Resulta que en Francia es socialmente inaceptable ponerse una chaqueta con botones dorados. Esto es visto como un comportamiento pretencioso y ridículo. Aún más, la mayor muestra de amistad que un francés puede tener con un compañero de trabajo es invitarlo a una gran propiedad con viñedos, con el entendido, entre amigos, que no se lo revelará a nadie. Quizás este comportamiento proviene del trauma de la Revolución Francesa, donde en lo que la burguesía francesa ha llamado la Plaza de la “Concordia”, la infernal máquina del Sr. Guillotín cortó miles de cabeza.

Cabe preguntarnos, ¿no deberíamos los dominicanos comportarnos de manera más discreta? ¿Nos ayudaría dicho comportamiento a apaciguar nuestros deseos por cosas materiales, e inducirnos a actuar de manera más moral? Simplemente permitiéndonos decir que NO.

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