Primero habrá que retroceder en el tiempo, regresar a ese momento especial cuando en un recorrido por vidrieras olvidadas la descubrimos en un maniquí que nos miraba con la indiferencia de los muñecos que se exhiben para todos o quizás para nadie.
Después, cuando la pongamos en agua con jabón ella misma, como si cobrara vida al retornar sus colores al brillo original, seguramente nos traerá antiguas memorias de otros días de fiesta y las risas de los amigos, la urgencia de un viaje o la tardanza en llegar a cualquier parte, al trabajo, a una cita, a una reunión con gente que nos esperaba con indiferencia.
Cuando haya terminado de limpiarse, tras retorcerla para quitarle toda el agua, la colgaremos de un alambre, sujeta por broches de madera que la mantendrán en su lugar mientras ella se ríe con el viento que le infla las mangas y la mueve y la agita como si jugara a convertirse en un improvisado equilibrista.
Seguramente el sol, la brisa, el paso de las horas, todos ellos se llevarán los restos de humedad y quedará nada más ese aroma a detergente que nos hace pensar que todo lo que huele igual está perfectamente limpio, pero no, todavía faltan unos cuantos pasos para terminar ese ritual que completará el rescate de esa cómplice de instantes especiales y vivencias antiguas.
Como si alisáramos una vieja y amarillenta carta de amor oculta en los cajones más recónditos de la casa, como si la mano que escribió esas palabras y los ojos que miraron por primera vez aquellas letras se hicieran presentes para protestar contra el olvido, contra la devastación del tiempo, como si al releer esas líneas compuestas hace décadas estuviéramos decretando la abolición de todas las ausencias, habrá que colocarla sobre la tabla de planchar.
El calor del metal le irá devolviendo su antigua lozanía, la suavidad de aquella tela que una vez fue nueva y ahora resucita con tonos que guardan demasiados detalles especiales, acaso una lágrima emotiva ante un poema recitado en voz muy queda bajo una luna enternecida, una mancha de labial que ya no está, pero persiste…
Solo resta colocarla delicadamente en una percha y tratar de que conserve intactas esas viejas memorias, esos momentos que llamamos vida…
